Queridos diocesanos:

Como cada año en esta solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor, damos fin a la procesión de exaltación y alabanza de la Santísima Eucaristía en esta Plaza de la Catedral, testigo de tantos acontecimientos en la vida de nuestra Iglesia diocesana.

La presencia pública de la Eucaristía en nuestras calles es un testimonio fiel de nuestra fe en este admirable misterio de amor divino. Cristo ha querido prolongar en el sacramento del Altar su presencia entre nosotros hasta el final de los tiempos. En este sacramento de amor está presente Cristo con su sacrificio por nosotros. Jesús, el hijo de la Virgen María que es Hijo de Dios, está presente en la Eucaristía con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Es el mismo que por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo y, nacido de María Virgen, fue crucificado y resucitó de entre los muertos. Hoy, ante el Sacramento de su presencia, renovamos la fe en su divina persona y confesemos con el apóstol Pedro, el Príncipe de los Apóstoles: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16).

Gracias, queridos diocesanos, por vuestra presencia en torno a Cristo Eucaristía, llegados desde vuestras parroquias. Gracias a las autoridades y a los representantes de instituciones y entidades sociales, por su presencia en esta procesión eucarística.

Ahora, cuando tantos pretenden ocultar la presencia de su Cruz en la sociedad, queremos manifestar el alcance social y público de nuestra fe, convencidos de que el carácter uniforme o plural de una sociedad es resultado de su propia evolución histórica y del desarrollo de la cultura, pero no puede ser el resultado inducido e impuesto por los poderes públicos con la pretensión de someter la sociedad a una determinada ideología sin caer en la intolerancia y el totalitarismo.

Damos gracias a Dios porque los sentimientos cristianos de gran parte de la sociedad siguen alimentando el sentido de la vida, como siguen orientando la conducta de las personas, de las familias y de una sociedad mayoritariamente cristiana, a pesar de las agresiones reiteradas a los sentimientos cristianos de la mayoría social.

Confesamos nuestra fe en Cristo sacramentado y nos proponemos vivir de su amor y acrecentar nuestra actitud de servicio para con todos, como promotores de la justicia y de la paz, abogados de los más pobres y desvalidos.

En esta hora de dificultades sociales y crisis económica, cuando tantos carecen de trabajo, renovamos nuestra voluntad de solidaridad fraterna, abriendo la mesa eucarística a su prolongación en la comunión fraterna de bienes con los más necesitados. Hago un llamamiento para que la ayuda a Caritas redunde en el mayor beneficio de los pobres y necesitados, y el amor cristiano inspire la aspiración social a la justicia, promoviendo el respeto a la dignidad de cada persona, particularmente de los seres humanos más débiles y desvalidos, como los concebidos y no nacidos, los enfermos y los ancianos desamparados y los inmigrantes. Nos mueve a ello la fe en Cristo, Pan de Vida partido por nosotros, sacrificado para que tengamos vida, y repartido  para que vivamos de él.

A Cristo Jesús, “Camino, Verdad y Vida” (Jn 14,6), Redentor de la humanidad y Pastor celestial de nuestras almas, que nos conduce a las verdes praderas de su Reino en el redil de su amor, “Dios bendito por los siglos” (Rom 9,6): la gloria y el honor, porque murió por nosotros y, resucitado de entre los muertos, vive nosotros presente en la Eucaristía, para ser alimento de vida eterna y para que el mundo se salve por Él. Amén.

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