Sr. Vicario episcopal para la Vida consagrada; queridas Religiosas y hermanas de las sociedades apostólicas, y miembros de los institutos seculares de vida consagrada:

Gracias por vuestra felicitación en este encuentro navideño. También yo quiero desearos una feliz Navidad, en la convivencia fraterna de vuestras comunidades y en el servicio generoso que prestáis a las parroquias, y a los sectores sociales a cuya evangelización y ayuda asistencial de diverso género os entregáis cada día. Vivís así vuestro carisma para alabanza de Dios y servicio de los hombres.

Estos días he tenido ocasión de dirigirme a un buen número de religiosas en Madrid y he querido subrayar cómo la vida de consagración representa un testimonio del amor imperecedero de Dios, del cual venimos y al cual estamos destinados. Es el testimonio de lo que permanece para siempre frente a todo lo pasajero de este mundo: el testimonio que emerge del carácter escatológico de la vida religiosa. Vuestra opción por Cristo es de definitiva permanencia en el amor que Dios nos ha revelado en la debilidad del Niño de Belén.

Hoy, cuando se está dando cobertura legal a la muerte de los inocentes y desvalidos seres humanos en gestación, sentimos con especial fuerza el reclamo de Dios a contemplar al recién Nacido reclinado en el pesebre de Belén, y pensamos en todos los niños del mundo. Muchos de vuestros carismas han hecho de al infancia y de la juventud una vocación de servicio a los más necesitados y de orientación de la vida humana hacia su mayor y más rica personalización. Hoy sentimos más hondamente que hace unos años la necesidad de que la Iglesia no renuncie a ofrecer una educación de la infancia y de la juventud, verdaderamente al servicio de un proceso de personalización que sólo la atención del educador a cada niño y adolescente puede lograr. El carisma de la enseñanza es inseparable de la atracción de los niños y jóvenes a Jesús con la ayuda de santa María, madre y educadora.

Es característica inseparable de vuestra vocación el amor y generoso servicio a los más necesitados y socialmente desprotegidos, que da forma y expresión al carisma de muchos de vuestros institutos. No cejéis en el empeño del servicio, justamente cuando la crisis económica y social que padecemos ha arrojado a la indigencia a tantos hermanos nuestros: personas y familias enteras, inmigrantes asalariados que están llevando la peor parte de esta situación, que deseamos pasajera y que requiere una pronta solución. Estáis llamadas muchas de vosotras a ser testigos del amor de Dios entre los hombres, sirviendo a los enfermos y a los pobres, a los necesitados que padecen diversos géneros de pobreza, pero no olvidéis que sólo lo lograréis si permanecéis fieles a vuestra vocación de consagración, dando testimonio de Cristo y atrayendo a los hombres a él.

Quiero, pues, agradeceros cuanto hacéis siguiendo a Cristo en pobreza, castidad y obediencia; todos los diocesanos agradecemos vuestra presencia en esta Iglesia particular para realizar vuestras vocaciones y carismas. Agradezco vivamente vuestra colaboración con el apostolado y la acción pastoral que impulsa nuestra diócesis, bajo las orientaciones del Obispo y de los sacerdotes con los que colaboráis.

Que el Hijo de Dios hecho hombre os bendiga por el misterio de su Nacimiento en nuestra carne, y que contempléis estos días con María la revelación del amor de Dios a los hombres.

Almería, a 17 de diciembre de 2009

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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