Mensaje de Navidad

 

 Queridos diocesanos:

 Las fiestas navideñas vienen a recordarnos que el comienzo de nuestra Era tiene su punto de partida en el nacimiento de Jesucristo en Belén de la Virgen María. Nuestra visión de la vida y nuestra cultura no pueden ser explicadas ni comprendidas sin la configuración de la vida que desencadenó la predicación del evangelio de Jesús. Por eso celebrar su nacimiento nos coloca un año más ante nuestra propia identidad y nuestro origen cultural. Fue la fe en Jesús como Hijo de Dios y Salvador del mundo la que ha inspirado a lo largo de veinte siglos en tan alto grado la civilización occidental, que por eso se ha llamado civilización cristiana.

En estos días se agolpan en nosotros sentimientos de bondad y generosa apertura a los demás porque vemos el amor de Dios manifestado en la debilidad de un niño que es la presencia de Dios hecho hombre por nuestro amor. El portal de Belén nos descubre que los seres humanos somos hermanos, y que sólo reconociendo nuestro común origen y destino, podremos acertar a ordenar nuestra convivencia de un modo acorde con la dignidad y los derechos fundamentales de la persona. Es verdad que es posible establecer unas pautas de conducta y llegar a un cierto consenso sobre algunos valores fundamentales que la razón puede percibir y apreciar, pero estos valores sólo aparecen en su solidez cuando la inteligencia humana los descubre  fundados en Dios creador. El fundamento religioso de los valores es la garantía de la consistencia del orden moral; del mismo modo que el fundamento religioso de los derechos humanos es la garantía de la inviolabilidad de los derechos fundamentales de la persona. Sólo la existencia de Dios puede dar consistencia moral a la vida humana en totalidad.

He querido recordar esta convicción fundamental porque la amenaza que se cierne sobre la vida es altamente preocupante. Si llegara a introducirse en nuestro ordenamiento jurídico la arbitrariedad que representa someter la vida de los no nacidos a una ley de plazos, ¿en qué seguridad quedaría el ser humano en el vientre de su madre? La agresión a la vida concebida y no nacida no se puede encubrir con derechos inexistentes. Si la eutanasia llegara a despenalizarse, ¿quién estará seguro en la enfermedad y en la ancianidad? Los cristianos aportamos al bien común esta convicción sobre la sacralidad de la vida, que es inseparable de la cultura cristiana. Una convicción compartida también por otras religiones y que se extiende a las más significativas mayorías sociales. Razón también por la cual nos parecen preocupantes algunos hechos  de intolerancia hacia los signos cristianos que pueblan el escenario de la vida de un país de tradición cristiana. Una laicidad positiva es la que no excluye aquello que es convicción de la sociedad y que identifica su existencia histórica como colectividad organizada.

Termina el año con la amenaza del terrorismo sobre nuestra sociedad y en nuestra mente siguen vivos los golpes que los terroristas han asentado a la convivencia arrebatando la vida a tantas personas. Hemos de recordar una vez más que al terrorismo no le asiste legitimidad ninguna y que es inmoral cualquier negociación con el terror conculcando la ley justa y el ordenamiento jurídico de una sociedad. En nuestro corazón están hoy las víctimas de tantos crímenes que han sembrado países enteros de dolor.

Por otra parte, la crisis económica ha venido a sumarse a la crisis espiritual que padece nuestra sociedad. El retraimiento de la economía y la amenaza de la recesión se cierne sobre las economías domésticas más humildes oscureciendo el inmediato futuro de tantos miles de personas que se han quedado sin trabajo, de tantas familias que no pueden afrontar la carestía de la vida y padecen las consecuencias de un desorden moral que está en el origen de la crisis. Por eso invito a todos a la solidaridad cristiana y a moderar el consumo. El materialismo en el que estamos inmersos ha hecho olvidar a muchos que no se pueden obtener ganancias ilícitas, y que la riqueza y el bienestar son fruto del trabajo honrado. No hay progreso verdaderamente humano sin respeto a la ley y dignidad moral en la vida personal.

 A nadie puede ofender que recordemos el principio moral de que quienes tienen alguna responsabilidad pública de cualquier género están obligados a hacer cuanto esté en su mano para lograr el bienestar general, sin servirse del cargo para provecho propio situándose al margen del bien común. Sería una grave deslealtad con el orden y la paz social pretender favorecer tan sólo a los que son ideológicamente afines. Una sociedad que quiera salir de una crisis que tiene de fondo graves desórdenes morales en el uso de la riqueza y la manipulación de las finanzas, no puede ignorar las verdaderas causas de la quiebra económica y social en que se halla sumergida, si quiere poner el remedio al mal que padece.

Todos deseamos que desaparezcan las causas de esta crisis moral, que también se manifiesta en los brotes de violencia entre inmigrantes que han tenido lugar este año. Nuestro pueblo es generoso y acogedor y desea que la ley ampare los derechos de nacionales y extranjeros, pero que también salvaguarde los derechos y libertades de todos contra quienes ejercen la violencia y perturban la paz social y el orden público.

La Iglesia hará cuanto esté en su mano para seguir ayudando a los más necesitados. Todos podemos ayudar a Caritas diocesana, que tanto bien hace, y que este año ha tenido el público reconocimiento de la provincia. Un gesto que todos los católicos y las personas de buena voluntad sabemos apreciar de verdad.

Os pido, para terminar, que volvamos juntos los ojos hacia la gruta de Belén y contemplemos en el desvalimiento del Niño Dios que, en la humildad de nuestra carne, ha querido compartir nuestra suerte. Con los ángeles y los pastores vayamos gozosos a Belén para adorar a nuestro Redentor, que desde el pesebre hasta la cruz quiso ser uno de nosotros para enseñarnos qué es amor y llenar nuestro corazón de esperanza.

         Felicito muy de corazón a todos los diocesanos y a los cristianos ortodoxos que viven entre nosotros y también celebran estas fiestas comunes de Navidad. Extiendo mi felicitación a cuantos se alegran por el nacimiento de Cristo, aun cuando no participen de nuestras convicciones de fe. Deseo a todas las familias unos días de gozo entrañable que fortalezca la unidad familiar. Tengo presentes a los enfermos y a los inmigrantes, y a cuantos viven lejos de sus hogares. Para todos pido la bendición de Dios y los mejores frutos de paz y prosperidad para el nuevo año que se acerca. ¡Feliz Navidad!

Almería, 24 de diciembre de 2008

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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