Dar testimonio de Cristo, lema para el Octavario

          El lema que este año orienta el Octavario de oración por la unidad de las Iglesias son las palabras del Resucitado a los discípulos: “Vosotros sois testigos de todas estas cosas” (Lc 24,48). Con ellas Jesús resucitado les recuerda que ya antes de padecer les había hablado de su misión y cómo el designio del Padre sobre él incluía su pasión y muerte, para dar así cumplimiento a cuanto estaba escrito de él “en la ley de Moisés, en los libros de los profetas y en los salmos” (Lc 24,44). El Resucitado apelaba así a que los discípulos habían dar testimonio público de cómo, en verdad, había encontrado cumplimiento cuanto la Escritura hablaba de él. En consecuencia, debían proclamar la Buena Noticia del amor misericordioso de Dios por la humanidad, revelado en Jesús, fundamento de una esperanza nueva y cierta que abrió la historia humana al futuro de salvación, que aguarda a cuantos creen que Jesús murió y resucitó por nosotros.

          Este mensaje que el mismo Resucitado encomendó a los discípulos es el mensaje de ayer, de hoy de la Iglesia y de todos los tiempos, la misma «Iglesia una y santa» que el Señor “entregó a Pedro (cf. Jn 21,17), para que la pastoreara; encargándole a él y a los demás Apóstoles que la extendieran y gobernaran (cf. Mt 28,18s), y la erigió como columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3,15)”[1].

 La Iglesia es apostólica porque no anuncia otro mensaje que el evangelio de la vida y la salvación predicado por los Apóstoles, para dar a conocer a Cristo a los hombres y mujeres de todas las latitudes, culturas y lenguas, a quienes les ha sido dado oír la predicación apostólica por medio de la Iglesia. Por su universalidad pudo ser llamada desde la Antigüedad cristiana «la Católica», implantada ampliamente en el mundo, pero cuya tarea sigue siendo la misión de dar a conocer a Cristo como revelador del Padre y redentor del mundo.

 El recuerdo de la Conferencia de Edimburgo de 1910, estímulo para la misión de los cristianos en la unidad de la fe

 El Octavario de Oración por la unidad de los cristianos tiene este año de 2010 un motivo particular para orar por la fidelidad permanente de la Iglesia a su misión evangelizadora. Este año se cumple el primer centenario de la Conferencia Misionera Mundial de Edimburgo, convocada por las sociedades misioneras protestantes en 1910, a la que se sumaron con entusiasmo muchos anglicanos próximos al catolicismo. Se trataba de superar el obstáculo de la división de las nuevas comunidades cristianas en los territorios de misión, donde las «Iglesias jóvenes» se enfrentaban al difícil interrogante que suscitaban las misiones: ¿dónde hallar el verdadero cristianismo? Las sociedades misioneras habían comprendido por propia experiencia que era necesario, por fidelidad a Cristo, superar la rivalidad y el proselitismo y aunar esfuerzos en la común tarea de llevar a Cristo al corazón de los pueblos.

 La magna  asamblea misionera de Edimburgo ayudó de modo decisivo a descubrir hasta qué punto las diferencias  doctrinales y las distintas estructuras o «constitución» de las Iglesias demandaban un diálogo doctrinal que impulsara el ecumenismo, para mejor predicar a Cristo. Cien años después, las Iglesias cristianas han realizado un largo recorrido hacia la unidad visible de la Iglesia. Los católicos afirmamos con el Concilio Vaticano II que la Iglesia fundada por Cristo y “constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica”, pero al mismo tiempo reconocemos que la única Iglesia de Cristo tiene en las otras Iglesias y Comunidades cristianas “muchos elementos de santificación y de verdad que, como dones propios de la Iglesia de Cristo, empujan hacia la unidad católica”[2].

 Los Obispos de la Comisión para las Relaciones Interconfesionales desearíamos que este año, al orar por la unidad de los cristianos, tuviéramos presente cuánto se ha conseguido ya en el camino hacia la unidad doctrinal en la fe y en la misión. Hoy, después de más de cuatro décadas de diálogo y colaboración desde la clausura del Vaticano II, el ecumenismo cuenta en su haber con una aproximación cada vez mayor de las Iglesias al misterio de la Iglesia como sacramento de salvación para el mundo. Sus logros son un don del Señor que nos anima e impulsa a superar  nuevos obstáculos. Entre estos obstáculos, se encuentran todavía los recelos que suscita la presencia de unas Iglesias en territorio donde históricamente se hallan otras implantadas, inseparables de la identidad de pueblos y naciones cuya identidad se halla modelada por la fe cristiana.

 Respeto a la libertad religiosa de las personas y a los derechos de las comunidades eclesiales

 La cuestión, sin embargo, de los llamados «territorios canónicos» todavía es causa de perturbación en la vida de las Iglesias. Pidamos al Señor que ningún modelo de misión cristiana ceda a la tentación del proselitismo, y que todas los cristianos respetemos los derechos de la conciencia de las personas, derechos que ampara la verdadera libertad religiosa, garantía de una conducta religiosa ejercida en libertad ante Dios y los hombres tanto para las personas como para las comunidades de las Iglesias.

 Hemos de orar para que definitivamente se cierren las heridas del pasado, conscientes de que los cristianos de hoy vivimos en una sociedad en libertad, de mentalidad y cultura que nos hacen diferentes a los cristianos de las sociedades confesionales de otro tiempo. Recordemos las palabras del Papa Juan Pablo II, cuando afirmaba en su Encíclica sobre el empeño ecuménico a favor de la unidad, que “el compromiso ecuménico debe basarse en la conversión de los corazones y en la oración, lo cual llevará incluso a la necesaria purificación de la memoria histórica[3].

 La Iglesia Católica respeta el carácter histórico y la impregnación cultural que las Iglesias ortodoxas tienen en los países del Oriente Europeo, sin dejar de atender pastoralmente a los católicos de rito latino y a los que conservan el rito oriental y han querido mantener su comunión plena con el Sucesor de Pedro dentro de la unidad católica. La inmigración nos ha puesto en contacto con muchos católicos de rito oriental que han tenido que sufrir a causa de esta voluntad de plena comunión con la Sede Apostólica.

 Hoy tenemos entre nosotros comunidades de estos católicos orientales que forman parte de nuestras Iglesias diocesanas. Su presencia nos ayuda a comprender mejor a los hermanos ortodoxos, que comparten con ellos la tradición litúrgica, la espiritualidad oriental y la disciplina eclesiástica. Hemos de acoger a nuestros hermanos ortodoxos sin olvidar la plena comunión que tenemos con nuestros hermanos católicos orientales; y tratar de construir, especialmente en estos momentos de crisis social y económica, una relación de afecto y fraterna preocupación por unos y otros, conscientes de las necesidades que han dado lugar a las migraciones que ellos ahora, igual que tantos españoles antes, han padecido en común. Tengamos en cuenta las palabras de san Pablo: “En todo caso, es el amor de Cristo el que nos apremia” (2 Cor 5,14). La caridad de Cristo, en verdad, nos urge y nos interpela, ayudándonos con su ejemplo de amor total hasta la muerte por nosotros a vivir en permanente entrega a los hermanos.

 Exhortamos a los sacerdotes a tener en cuenta las Orientaciones pastorales que los Obispos aprobamos para la atención de  los católicos orientales en España en 2003, como las que aprobamos para prestar la mejor hospitalidad pastoral posible a los orientales no católicos en 2006. Creemos que estas orientaciones prestan un servicio indudable a la mejor relación entre cristianos de distintas confesiones y ritos, y ayudan a llevar adelante un compromiso ecuménico que enriquece nuestro recíproco conocimiento y estima.

 El caso de los anglicanos que han pedido la plena comunión de la Iglesia Católica

          Ante las numerosas y reiteradas peticiones de entrada en la plena comunión católica, el Papa Benedicto XVI ha publicado recientemente la Constitución «Anglicanorum coetibus» (20 de octubre de 2009), que abre a los anglicanos que así lo deseen, obrando en conciencia y en el pleno ejercicio de su libertad religiosa,  la posibilidad de entrada en comunión con la Sede Apostólica, manteniendo la tradición espiritual y litúrgica que les es propia, mediante su adscripción a Ordinariatos personales, para cuantos corporativamente quieran entrar en la Iglesia Católica.

          Es éste un caso particular que no responde a ninguna acción de carácter proselitista por parte de la Iglesia Católica, que en palabras del Papa, sigue empeñada en la prosecución del diálogo ecuménico doctrinal y del diálogo de la caridad con las Iglesias de la Comunión anglicana, igual que con las demás Iglesias y Comunidades eclesiales. Al abrir esta puerta de entrada en la Iglesia Católica, la Santa Sede no toma una iniciativa contraria al diálogo ecuménico, porque, en efecto, “la Iglesia Católica asume con esperanza la acción ecuménica como un imperativo de la conciencia cristiana iluminada por la fe y guiada por la caridad”[4]. Estas palabras de Juan Pablo II las hacía suyas Benedicto XVI, añadiendo que el diálogo ecuménico “es un intercambio de dones en el que las Iglesias y las comunidades eclesiales pueden poner a disposición su propio tesoro”[5]. Al crear estos Ordinariatos para los grupos anglicanos que vienen a la Iglesia Católica, el Santo Padre quiere dar “una respuesta generosa a la legítima  aspiración de estos grupos anglicanos”[6].

          Por otra parte, la Declaración del Arzobispo católico de Westminster y del Primado anglicano de Cantorbery, del pasado 20 de octubre, decía: “La Constitución Apostólica representa el reconocimiento de un acuerdo sustancial en fe, doctrina y espiritualidad que sea da entre la Iglesia Católica y la tradición anglicana. Sin los diálogos de estos últimos cuarenta años  no hubiera sido posible, ni cabría alimentar la esperanza de lograr la plena unidad visible”. Así, pues, los anglicanos que ahora han pedido la plena comunión católica tienen este importante respaldo ecuménico.

          Con estas palabras, queremos contribuir a aclarar la importante decisión tomada por el Santo Padre y al mismo tiempo reiterar la voluntad de nuestro compromiso ecuménico con nuestros hermanos anglicanos.

          Sólo nos queda encomendar a la oración de todos los mejores logros de la unidad, porque siempre son fruto del Espíritu Santo; y alentar a la misión común obedeciendo el mandato de Cristo de llevar a los hombres de nuestro tiempo el mensaje de la salvación.

 + Adolfo, Obispo de Almería, Presidente

 + José, Obispo de Tuy-Vigo

 +Román, Obispo de Vic

 +Cesar Augusto, Obispo auxiliar de Madrid

[1] Vaticano II: Const. dogm. Lumen gentium, n.8. 

[2] Lumen gentium, n.8.

[3] Juan Pablo II, Encíclica Ut unum sint, n.2.

[4] Ut unum sint, n.8.

[5] Benedicto XVI, Discurso en el encuentro ecuménico de Colonia (19 de agosto de 2005).

[6] Comunicado de prensa que acompañó la publicación de la Constitución Apostólica.

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