Queridos hermanos sacerdotes,
hermanos y hermanas

Nos hemos reunido en vigilia de oración para dar gracias a Dios por el don admirable de la vida y suplicar su perdón por todos los pecados cometidos contra el don sagrado de la vida humana; para pedirle que nos asista con su divina gracia, a fin de que con su ayuda sepamos dar testimonio de Él, hontanar de toda vida, origen y meta, manantial y consumación de la vida plena y feliz que Él mismo es, y de la cual ha querido hacernos partícipes.

Dios nos ha llamado a la existencia y todo viviente alienta por él, como dice el salmista: “Si escondes tu rostro, desaparecen, les retiras tu soplo y expiran, / y retornan al polvo que son. Si envías tu aliento, son creados, y renuevas la faz de la tierra” (Sal 103,27-30). El libro del Génesis dice en una bella narración literaria que, después de haber creado los cielos y la tierra y haber llenado las aguas y los aires de vivientes, hizo Dios que la tierra produjera animales vivientes según su especie; y añade que, después, creó al ser humano a su propia imagen: “…a imagen de Dios los creó, varón y mujer los creó” (Gn 1,27). Los bendijo y les dio dominio sobre todos los vivientes y les dijo: “Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla…” (Gn 1,28).

El ser humano participa de la imagen divina de una doble manera, que lo adentra en las dimensiones del misterio de Dios. Al crearlo varón y mujer, quiso Dios constituirlo en el amor, hacer de él un ser personal abierto al amor de su prójimo, reflejo del misterio del amor divino. Es la razón profunda de por qué el hombre no puede vivir sin los demás, aislándose en sí mismo, porque necesita de los demás para vivir. Ha sido creado para el amor y sin amor no hay vida humana. Cada ser humano desea en lo más profundo de su ser amar y ser amado. Al mismo tiempo, quiso el Señor de la creación hacer partícipe al hombre de su dominio sobre toda la realidad creada, de modo que, por su soberanía sobre las cosas, Dios mismo apareciera ante él como el verdadero y único Señor de la creación. No es difícil entender que toda la dignidad del ser humano se fundamenta en ser imagen y semejanza de su Creador.

Esta semejanza es la que confiere a cada ser humano, ciertamente, aquella dignidad que no se agota ni el los sentimientos hacia los demás que nos hacen solidarios, ni en la aspiración a la libertad y a la autonomía de nuestra conducta. Es verdad que bastan estos sentimientos, cuando son auténticos, para que los seres humanos se respeten y respeten la vida de todos como un valor que se nos impone por sí mismo. La razón, sin embargo, está abierta a comprender en mayor profundidad la dignidad del hombre, al descubrir en Dios el fundamento de la conciencia moral y religiosa de la humanidad. Sin Dios la condición inviolable de la vida humana se queda sin fundamento último y trascendente. No se necesita, ciertamente, ser cristiano para respetar la vida y defenderla como valor fundamental, pero sin Dios la defensa de la vida descansa tan sólo en el orden positivo del derecho que los hombres quieran reconocerse a sí mismos. Cuando la razón niega a Dios se estrecha replegándose sobre sus propias sombras y oscuridades.

Con Dios, el derecho natural queda fundamentado en su última verdad. El derecho natural está por encima de las decisiones de los parlamentos y del Estado, porque es anterior, y es criterio último de los derechos fundamentales de la persona humana. Cuando estos derechos fundamentales de la persona se conciben de modo secularizado y sin referencia a Dios, terminan por ser arbitrariamente comprendidos. Se conciben tan sólo justificados por el pacto entre los ciudadanos que los reconocen como tales. He dicho con frecuencia que los derechos fundamentales se tienen o no se tienen. Si no se tienen, nadie los puede otorgar arbitrariamente. Si se tienen hay que reconocerlos y defenderlos con al ley.

El derecho a la vida es un derecho fundamental, que sólo por amor a Dios y a los demás uno mismo puede perder en plena libertad, conforme aquellas sublimes palabras de Jesús: “Por eso el Padre me ama, / porque doy mi vida / para recobrarla de nuevo. / Nadie me la quita; / yo la doy yo libremente. / Tengo poder para darla y poder para retomarla de nuevo” (Jn 10,17-18). Es así como se hace comprensible el mandamiento divino: “No matarás” (Dt 5,17). Dios hizo patente a Caín que la sangre de su hermano asesinado estaba clamando ante él, pero al mismo tiempo declaraba sagrada la vida del mismo Caín: “Quienquiera que matare a Caín, lo pagará siete veces” (Gn 4,15).

La fe descubre el valor verdadero de la entrega, generosamente ofrecida, de la propia vida a favor de la vida de los demás. La fe, en efecto, nos descubre que sólo el amor puede llevar a una entrega libre de la vida, pues Dios no permitirá jamás que se pierda aquel que muere por su amor en el martirio o que entrega la vida por amor al prójimo, porque Dios es el creador y remunerador de la vida. Jesús dijo a sus adversarios que Dios “no es un Dios de muertos, sino de vivos” (Mc 12,27; cf. par.). Nadie, sin embargo, puede inmolarse suprimiendo la vida de los demás, en actos de terror que son contrarios a Dios y profanan su nombre. Nadie puede suprimir la vida de los demás, ni siquiera por una compasión mal entendida, para aliviar el sufrimiento. La vida es don de Dios y ha de ser respetada desde su concepción a la muerte natural.

La gravedad del nuevo proyecto de ley del aborto, tal como los Obispos españoles han puesto de relieve en distintas ocasiones, estriba en que, de hecho, este proyecto de ley deja al arbitrio de la madre un falso derecho a decidir sobre la vida del hijo de sus entrañas. Sólo la perversión, incluso inconsciente, de la conciencia moral puede calificar el aborto como un derecho. El Vaticano II declaró que el aborto y el infanticidio son un “crimen abominable” (Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 51). Nos hallamos ante la calificación legal de derecho a un delito gravísimo, que consiste en la violación del más fundamental de los derechos de los seres humanos: el derecho a la vida, el derecho a nacer que tiene todo ser humano en gestación desde el mismo instante de su concepción.

Cuando en el nuevo proyecto de ley se reconoce “el derecho a la maternidad libremente decidida” en referencia al aborto, para dar cumplimiento a la decisión de dejar o no vivir al ser humano en gestación (art. 3.2), no se trata de afirmar que “toda mujer tiene derecho a elegir si quiere o no quiere ser madre: significa, más bien, que tiene derecho a decidir derecho a decidir eliminar a su hijo ya concebido” (Comisión permanente de la CEE, Declaración sobre el anteproyecto de “ley del aborto” [Madrid, 17 de junio de 2009], n. 4). Pretender encubrir lo que se dice apelando a la “salud reproductiva” de la madre resulta una intolerable manipulación del lenguaje para encubrir la inmoralidad de la realidad que se pretende sancionar como buena. Hay que decirlo con claridad: este proyecto de ley falsea la función de la sanidad y de la medicina, poniéndolas al servicio de la muerte.

La Iglesia no dejará jamás sola a la mujer embarazada, como no debiera dejarla sola la sociedad ni un Estado responsable, si verdaderamente quiere ser promotor del bien común, y cumplir con el deber que tiene de proteger la vida y promover el cauce normal querido por Dios para concebir la vida y alumbrar un ser humano a la existencia: el matrimonio y la familia. La vida es el mayor bien que Dios nos puede otorgar y la promoción de la familia sólo puede redundar en beneficio de la sociedad. Esto no significa que se haya de dejar en el desamparo las familias monoparentales ni a las adolescentes y jóvenes que se ven solas ante el embarazo no deseado. Hemos de dar todo nuestro apoyo a las mujeres que se hallan solas ante el embarazo no deseado, para que nuestra frontal oposición al aborto se traduzca en una apuesta por la dignidad de la mujer y la promoción de una cultura de la vida contra una cultura de la muerte. El proyecto de ley del aborto ante el que nos encontramos facilita a las gestantes la eliminación de sus hijos, en lugar de proteger la maternidad y la familia para evitar que las mujeres se conviertan en víctimas del aborto (ibid., nn. 15-19).

Para combatir la plaga horrenda del aborto que tanto repugna a la sensibilidad de cualquier conciencia moral, y que sólo el pasado año causó 112.000 abortos reconocidos en España, se hace necesaria una educación sexual de los adolescentes y de los jóvenes que sea algo más que aprendizaje de los métodos anticonceptivos; algo más que una incitación a la práctica de la sexualidad con seguridad y sin riesgo, promoviendo modelos de conducta sexual contrarios a la dignidad de la persona humana. Una educación basada en una ideología de género no presta atención a la verdadera naturaleza de la sexualidad y del amor humano ni a la luz de la razón ni a la luz de la fe, porque desconoce y oscurece el fundamento antropológico de la condición sexuada de la persona. Quienes creemos en Dios y creemos en la revelación en Cristo del misterio del hombre no podemos permanecer impasibles ante el curso de una educación mal concebida, que no parecer tener en cuenta la dignidad de la persona ni la naturaleza espiritual del ser humano, que es capaz de actos responsables basados en la recta percepción moral de su naturaleza y trascendencia.

La fe no está contra la razón ni contra la ciencia, pues ambas, la luz de la razón y la luz de la fe, vienen de Dios y ambas conducen a Dios. La conducta de la persona ha de estar está iluminada por la luz espiritual de que goza una conciencia rectamente formada sobre la naturaleza y alcance de los actos humanos. Por esta razón, todos los católicos deben tener muy presente la enseñanza del magisterio de la Iglesia y la doctrina del Vaticano II, que declara: “En la regulación de la procreación no les está permitido a los hijos de la Iglesia, apoyados en estos principios, seguir caminos que son reprobados por el Magisterio [de la Iglesia], al explicar la ley divina” (GS, n.51). Siguiendo la enseñanza conciliar, ante este proyecto de ley, los Obispos españoles han dicho con claridad que esta nueva ley supondría “un serio retroceso respecto de la actual legislación despenalizadora, ya de por sí injusta” y que, en consecuencia “ningún católico coherente con su fe podrá aprobarla ni darle su voto” (Declaración, n.31).

La Conferencia Episcopal ha querido consagrar este año 2009 a la oración por la vida, y estamos aquí para orar unidos por la vida. Elevemos a Dios con fe y esperanza nuestras súplicas, para que quienes tienen la responsabilidad de gobernar las sociedades, tengan como criterio de actuación que siempre y en cualquier circunstancia el bien común sea la regla de oro que oriente la actuación de todos, promoviendo la vida del ser humano concebido y no nacido, y defendiendo y amparando la vida de cuantos sufren cualesquiera vejaciones y violaciones que atentan contra la dignidad de la persona.

Con María, que llevó en sus entrañas al Hijo eterno de Dios hecho hombre por nosotros, elevemos nuestras plegarias al Dios origen y consumación feliz de la vida humana, en cuya misericordia confiamos.

Catedral de Almería, a 16 de octubre de 2009.

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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