Queridos diocesanos:

Un año más venimos acompañando la imagen sagrada de la Santísima Virgen del Mar, que las aguas del Mediterráneo trajeron hasta nosotros, para que la protección de la Madre de Dios acompañara la vida cristiana de estas tierras a lo largo de los siglos.

Un año más ante esta imagen amada de Nuestra Señora, nos dirigimos a la Madre de Cristo Señor, para invocar su ayuda y amparo maternal, para recabar de ella auxilio en la necesidad y en la tribulación, pero también para dar con ella gracias a Dios misericordioso por su constante bendición sobre nosotros, pues sabemos que “en la vida y en la muerte, somos del Señor” (1 Rom 14,8). La presencia de la Madre de Cristo llena de gozo la vida de nuestras gentes, que a ella acuden con fe confiada, atraídas por un impulso de amor que brota de sus corazones agradecidos y es obra de la gracia divina.

Hoy volvemos de nuevo nuestro rostro hacia María, dando gracias a Dios por su  amparo mientras vamos desgranando como cuentas del Rosario nuestra oración:

«Virgen María, Patrona nuestra, Santa María del Mar:

Venimos ante tu imagen sagrada cargados con nuestros gozos y esperanzas, y con nuestras tristezas y pesares, preocupados como estamos por la situación presente, que esperamos superar con el empeño y la solidaridad de todos, con el amor de unos por los otros, núcleo y corazón del mensaje de tu Hijo, que nos dice: “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos  a los otros” (Jn 13,35).

Hoy queremos renovar el propósito de ser fieles a nuestra condición de cristianos, reconociendo en todos los seres humanos hijos de Dios y miembros de la gran familia del Padre.

Nosotros hemos conocido el evangelio de Jesús tu Hijo e Hijo eterno de Dios, y sabemos que esta vida nuestra es don del amor divino que hemos de preservar, para gastarla por tu amor.  Te pedimos nos ayudes a ser en todo momento defensores de la vida y protagonista de una civilización de la vida y del amor.

Queremos amparar la vida de los más necesitados: de los que van a nacer, para que en ellos el proceso de la vida humana alcance la plenitud de gracia que supone haber nacido y venir a ser hijo de Dios mediante el desarrollo natural que acompaña del despliegue de toda criatura concebida, don de la Vida que es Dios, Padre de todos los vivientes.

Ayúdanos a amparar a los que malviven por falta de trabajo, sin hogar y lejos de la patria. Ayúdanos a no desentendernos de los que han buscado junto a nosotros una vida mejor y más humana.

Protege a los niños, adolescentes y jóvenes de los peligros de una cultura agnóstica y sin Dios, que deshumaniza la mente y el corazón, y deja a la intemperie la esperanza de vivir con sentido.

Queremos acompañar el dolor de cuantos sufren en su cuerpo o en su espíritu y pedirte que los libres de su angustia y asocies su dolor al dolor de tu Hijo y al tuyo, padecido por nosotros. Haznos agradecidos a la vida y a la fe de nuestros mayores mostrándonos solícitos de su ancianidad.

Fortalece el amor verdadero del hombre y la mujer, amor que dimana de tu Amor divino y es fuente del matrimonio y de la familia, para que nuestra sociedad sea fuerte y estable, capaz de afrontar  el mañana.

Bendice a nuestras familias, tú que eres la Madre amorosa de cada uno de los hijos que Cristo te entregó en la cruz.

Te suplicamos, Señor y Madre nuestra, que nos ayudes a permanecer fieles a la fe recibida de la predicación del Evangelio entre nosotros y que nos han transmitido nuestros padres. Ayúdanos a vivir esta fe privada y públicamente de modo coherente, dando testimonio de tu Hijo sin temor alguno.

Te pedimos que intercedas ante Jesús, tu Hijo e Hijo de Dios, para que la fe cristiana pueda desarrollarse en nuestros días en la paz de una sociedad reconciliada.

Madre de Dios y Madre nuestra, que todos comprendan que Dios es la garantía y el fundamento de una sociedad pacificada, porque Dios es el origen y meta de nuestra vida, el sentido de nuestra existencia y la gloria y felicidad de los vivientes, al que queremos tributar la gloria por los siglos, mientras bendecimos la hora en que con tu respuesta de fe entregaste al Hijo de Dios nuestra humanidad, al decirle al ángel: «Hágase en mí según tu palabra».

Permítenos que nos asociemos a las generaciones que desde entonces te han llamado dichosa entre las mujeres y han sido bendecidas en Cristo Jesús, fruto bendito de tu vientre.

Nos unimos al la salutación del ángel Gabriel para decirte ahora llenos de gozo y esperanza:

Dios te salve, María, llena eres de gracia.

El Señor es contigo,

bendita tú eres entre todas las mujeres;

y bendito es el fruto de tu vientre Jesús.

Santa María, Madre de Dios,

Ruega por nosotros pecadores,

ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén»

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