Queridos diocesanos: Hemos sacado la custodia a la calle para que el Señor, resucitado y glorioso, realmente presente en la Eucaristía, recorra nuestras calles. Hemos ofrecido al Redentor del mundo el homenaje de adoración y de acción de gracias de nuestro amor, porque con su muerte y resurrección nos ha alcanzado la vida para siempre. El quiso quedarse con nosotros hasta la consumación de los siglos en este sacramento augusto y admirable, en el prolonga su presencia real bajo las especies del pan y del vino consagrados. Verdaderamente en este pan de vida está el Señor con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. ¡Este es el sacramento de nuestra fe! Este es pan de vida para que el que come de él no muera para siempre y resucite en el último día. Este es el pan de peregrinos camino de la patria celestial, donde la humanidad redimida vivirá para siempre de la vida divina que este Pan bajado del cielo nos anticipa.

En la medida en que se pierde la capacidad de adoración de la Eucaristía como misterio de la presencia real de Cristo con su sacrificio redentor por nosotros realizado en la cruz, avanza en el interior de la Iglesia la secularización, como ha dicho el Papa Benedicto XVI. Esta secularización nos hace perder la conciencia de que hemos sido perdonados y rescatados de la muerte eterna por el sacrificio de la cruz. La secularización de la vida de la Iglesia nos convierte en una sociedad portadora de cultura y de bienes sociales, pero carente del Bien sumo que es Cristo. Por eso, en la medida en que se oscurece la conciencia de fe de haber sido creados a imagen de Dios en la semejanza de Cristo, se pierde también el sentido de la verdadera dignidad del ser humano, se pierde la conciencia de su verdadero fundamento, que reside en esta semejanza del hombre con Cristo, el Hijo de Dios, en quien todos hemos sido hechos hijos adoptivos de Dios.

En este año paulino, a los dos mil años del nacimiento del Apóstol de las naciones, sus palabras sobre la Eucaristía cobran una particular intensidad: “El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? El pan es uno solo y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismos pan” (1 Cor 10,1-17). Cristo nos ha revelado que somos verdaderamente hijos de Dios y sin él la fraternidad entre los hombres se disuelve en compromisos de solidaridad de muy frágil consistencia, porque los egoísmos y los antagonismos, la pasión del lucro y del poder nos torna hostiles ante los demás e insensibles ante los más débiles y necesitados. Sin Dios y sin Cristo el hombre está permanentemente inclinado a ver en el otro, no un prójimo, sino un potencial rival y enemigo, haciendo quebradiza y precaria la paz social. El respeto a la conciencia religiosa de grupos minoritarios no puede representar la agresión a la conciencia religiosa, personal y pública, de la inmensa mayoría social de un país de tradición católica. Si expulsamos a Cristo de nuestra sociedad, después de haber conocido y amado el Redentor del hombre, dejaremos a las jóvenes generaciones sin la luz poderosa del Evangelio, y las sumergiremos en la confusión, la duda y el temor. Cristo es la revelación del amor de Dios por el mundo.

En Cristo, pan de vida, Dios nos revela la verdadera filantropía. La Eucaristía nos invita a dar de comer a los hambrientos y a ocuparnos de los necesitados. Quiero hacer una llamada especial a todos, para que, en estos tiempos de dificultad económica y social, no falte a nuestros hermanos necesitados la fraterna solicitud de nuestro amor. El distintivo de los discípulos de Cristo es el amor, por eso que no termine esta Jornada de la Caridad de Dios sin que haya crecido en nosotros el amor al prójimo, para que la mesa de la Eucaristía en una verdadera comunión de bienes. Sed generosos hoy y siempre, para que cuando seamos examinados de amor, en el atardecer de la vida, podamos ser reconocidos por Cristo como verdaderos discípulos suyos. ¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar!

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