PALABRAS DE SALUDO Y FELICITACIÓN A LOS REPRESENTANTES DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

 

La Navidad del Señor me ofrece la oportunidad de encontrarme con los representantes de los medios de comunicación, para felicitarles muy de corazón por la estimable ayuda que prestan a la Iglesia Católica. Los medios, en efecto, contribuyen de modo decisivo a hacer posible la crónica anual de la vida de la Iglesia y, por eso mismo, de la obra de evangelización.

En el gobierno de la Iglesia, el Papa cuenta con el sínodo de los Obispos, un organismo de análisis, reflexión y consulta que le ayuda a orientar la vida de la Iglesia según las necesidades y circunstancias de cada momento, haciéndole llegar la voz de los Obispos de todo el mundo, los cuales presididos por él y bajo su dirección forman el Colegio episcopal. Entre los últimos documentos del Papa, resultado de esta colaboración con él de los Obispos, se encuentra la importante Exhortación apostólica sobre la Iglesia en Europa Ecclesia in Europa, resultado de la sesión de la penúltima convocatoria ordinaria del sínodo.

En esta Exhortación, Juan Pablo II dice que la Iglesia Católica tiene una dimensión institucional dentro de la sociedad. No es posible ignorar esta apreciación de la sociología de la Iglesia que hace el Papa y que responde a su trayectoria histórica y a su condición social como colectividad organizada según ley que le es propia, el Derecho canónico; y que tiene que ver también, como es obvio, con el alcance social de la doctrina y actuación pública de la Iglesia, en permanente diálogo institucional con los Estados. No debería olvidarse que la Iglesia Católica tiene una organizacióninternacional, resultado de su propia naturaleza como entidad religiosa.

Este carácter institucional da a la Iglesia una particular presencia social que los medios reflejan con mayor o menor fidelidad a la verdad de las cosas que en la Iglesia acontecen y que, como es natural, repercuten en la vida del conjunto de la sociedad.

En este sentido, los medios de comunicación prestan una ayuda inestimable a la difusión de la vida de la Iglesia y, por lo mismo, aunque a veces de manera indirecta pero no por eso menos significativa, a la difusión del mensaje de la Iglesia. Un mensaje que no es sólo ni primordialmente, en contra de ciertas informaciones, un mensaje de valor moral más o menos discutible, sino la pública declaración de que en la persona de Jesús de Nazaret Dios ha hablado de modo definitivo a la humanidad. Otra cosa es que, efectivamente, el Evangelio lleve consigo un determinado código moral de conducta.

En cualquier caso, gracias a los medios de comunicación el cristianismo aparece como la crónica de lo que de verdad es misión de Iglesia: presentar a Jesucristo como Salvador del mundo. No nos mueve a los cristianos una ideología ni sólo una interpretación del mundo y de lo que pasa en él, sino una persona, a quien confesamos Hijo de Dios encarnado y revelación del misterio de Dios, a quien nadie ha vista jamás.

A veces lo medios de comunicación pierden de vista esta comprensión que la Iglesia tiene de su propia misión, y la presentan en pugna con los diversos grupos sociales como un colectivo de presión social tendente a imponer su visión de las cosas, contemplada no sin interés con demasiada frecuencia como una visión de tantas y que, por eso mismo habría de relativizar aun con la descalificación por principio. Por otra parte, los medios tienden a veces con demasiada frecuencia a hacer crónica de la Iglesia narrando lo que puede aparecer como anómalo y, sencillamente, como simple patología, olvidando con ello, a veces no sin inconfesado interés, la crónica real de la vida ordinaria de la Iglesia .

Con todo, yo quiero decirles hoy que, aún así, esto sucede porque la sociedad percibe en la Iglesia que su anuncio es de tal efecto sobre la vida de los ciudadanos que no puede desdecir de él la vida de los eclesiásticos y de los cristianos en general. Si lo sabemos recibir con humildad los cristianos saldremos purificados, soportando a veces manifiestamente por causa de Jesús la injusticia.

Otras veces los medios hablan de otras religiones y de su organización social partiendo del punto de vista organizativo de la Iglesia y de los conceptos institucionales de la religión cristiana. Así, por ejemplo, se habla del “clero chiíta” o musulmán y no de sus dirigentes religiosos, con sus apelativos y nombres propios; de decir, de sus imanes, muftís y ulemas. Se habla de un ayatolá iraní como si de un cardenal de la Iglesia Romana se tratara. Se genera de este modo en la opinión pública un allanamiento de la identidad religiosa del clero cristiano y, particularmente del clero católico, que supone una injusticia conceptual contra el cristianismo. ¿Se hará deliberadamente? El Islam carece de sacerdocio y, de hecho, no es susceptible de que se aplique a sus dirigentes la atribución de identidad que responde al concepto sacramental del clero católico. ¿Hablaríamos del “clero judío”? Probablemente no; más bien hablaríamos de los “rabinos judíos”. ¿Por qué hablar entonces del “clero chiíta”?

Es sólo un ejemplo. Vistas las cosas en positivo, podríamos sacarle suficiente partido los cristianos, si concluyéramos de lo dicho que esto significa también algo bueno para el cristianismo; es decir, si concluyéramos afirmando que así se pone bien a las claras que el hecho cristiano es tan genuinamente religioso que, al menos en Occidente, los medios no saben o no pueden hablar de religión sino por referencia al hecho cristiano. No está mal, ciertamente, pero genera notable confusión en la opinión pública en una sociedad como la de hoy, que se dice plural a ultranza. Los medios tienden a simplificar para mejor comunicar, y es el precio que a veces se paga por su servicio. ¿No será demasiado alto? ¿No habría que hacer algo para evitar la confusión de la opinión pública en materia de religión? Una cosa parece clara: los medios tienen el reto de un mejor conocimiento de la identidad de las religiones y, aunque a algunos les parezca otra cosa, han de esforzarse por conocer mejor la identidad de las Iglesias cristianas, su culto y la condición religiosa y social de sus ministros.

Dicho esto, no me duelen prendas en decir ahora que lo que la Iglesia debe a los medios es también mucho y hemos de agradecérselo sin ambages, porque gracias a los medios de comunicación, de un modo u otro, el diálogo entre la Iglesia Católica y la sociedad es una constante de la percepción y conciencia social de los ciudadanos. ¿No vamos a estarles agradecidos? A veces incluso su servicio a la presentación de la fe es tal que no dudo en atribuir a tantos profesionales de los medios el apelativo de “evangelistas ocasionales”. Una cosa palia la otra, los medios oscurecen la vida de la Iglesia y los medios esclarecen el mensaje, narrando la crónica de las Iglesias particulares y dando cuenta del magisterio de sus Obispos; y siguiendo el curso de la Iglesia universal y el del magisterio religioso y moral de quien es su representación más visible y respetado, por el alcance mundial de su palabra, el Papa Juan Pablo II, Sucesor de san Pedro.

Por todo ello, quiero felicitar hoy a los protagonistas de los medios y agradecer a Dios el trabajo de tantos extraordinarios profesionales que los trabajan, dando cauce en ellos a la presencia de la Iglesia en la sociedad, y por medio de la Iglesia, abriendo la mirada de los ciudadanos a la persona y mensaje de Jesús, nacido en Belén para que su estrella de salvación brille también para los hombres de nuestro tiempo.

Almería, 28 de diciembre de 2004

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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