Queridos hermanos y hermanas:

Con el rezo de nona ha concluido en tiempo de Cuaresma y, después de haber celebrado la misa crismal, adelantada al miércoles santo, hemos entrado con esta celebración de la misa en la Cena del Señor en la celebración anual del Triduo pascual. En este primer día del Triduo centra la meditación de la Iglesia y la celebración litúrgica la institución de la Eucaristía y del ministerio sacerdotal, juntamente con el mandamiento del amor.

La Eucaristía contiene la nueva alianza en la sangre del Señor, que sustituye la figura que la precedía: la alianza antigua, establecida por Dios con su pueblo de Israel por medio de Moisés, al instituir la pascua, que había de celebrarse según el calendario judío, el 14 del mes de Nisán, correspondiente a este mes de abril de nuestro calendario. Diez días antes, como hemos escuchado en la narración del libro del Éxodo, las familias debían procurarse el cordero que se sacrificaba el día de Pascua y debía ser consumido por entero en la cena pascual del atardecer en cada hogar. Esta pascua hebrea conmemoraba el «paso» del Señor castigando a Egipto con la muerte de los primogénitos y liberando de la esclavitud a los israelitas, que salieron camino de la tierra prometida aquella noche del «paso» del Señor.

En el marco de la celebración festiva de la cena, en cada hogar el más pequeño entre los hijos preguntaba al padre de la familia por el sentido de aquella celebración pascual que, sin embargo, estaba destinada a ser superada por la pascua de Cristo; es decir, a ceder el lugar que ocupaba aquella pascua al «paso de Jesús de este mundo al Padre», como acabamos de escuchar en el evangelio de san Juan. El evangelista, recogiendo el testamento de Cristo y el sentido de sus acciones, dice que Jesús sabía que “había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre” (Jn 13,1). El mismo Jesús habla a los discípulos en estos términos, mientras ruega por ellos al Padre: “Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo y yo voy a ti” (Jn 17,11).

Esta paso de Jesús al Padre acontece mediante el sacrificio de su inmolación en la cruz, que el Señor anticipa sacramentalmente a sus discípulos en la noche de la Cena, instituyendo la Eucaristía, que es comunión en su Cuerpo, entregado por nosotros, y en su Sangre, derramada para el perdón de los pecados.

De este hecho determinante de la vida de la Iglesia hace mención en la primera carta a los Corintios el apóstol san Pablo, quien nos transmite el hecho y afirma que le la celebración de la Eucaristía le ha sido transmitida a él mediante la tradición apostólica que procede directamente del Señor, añadiendo: “Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva” (1 Cor 11,26). El Apóstol expresa así el carácter redentor de la muerte de Jesús que se hace presente en la Eucaristía con el sacrificio de la cruz, y es verdadero sacrificio de la Iglesia. En él el sacerdote, que actúa en la persona misma de Jesús, recoge la ofrenda de sí que hacen los fieles y la asocia a la ofrenda de Cristo. La santa Misa es el sacrificio espiritual de la Iglesia, verdadero sacrificio de alabanza (sacrificium laudis) y sacrificio propiciatorio, para el perdón de los pecados y expiación en nuestro favor, porque en la Eucaristía se hace presente en sus efectos para cada uno de los fieles que la celebran el mismo sacrificio de la cruz.

La Eucaristía es el sacramento de la fe que congrega y construye la Iglesia como verdadero sacramento de la unidad de la comunidad de la Iglesia; de suerte que, como dice san Pablo a los corintios, los que participan en la Eucaristía y se alimentan del cuerpo del Señor se hacen una misma cosa con él: “El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es comunión en la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión en el cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos de un mismo pan” (1 Cor 10,16-17).

El Papa Juan Pablo II, en su bella encíclica sobre la Eucaristía recuerda que la Eucaristía, por ser participación en el Cuerpo y Sangre del Señor no sólo se distingue de la comida y el alimento corporal, sino que es el alimento sacramental que crea la comunión y educa la comunión;, y que en consecuencia, requiere de quien se acerca a la Eucaristía clara conciencia de su situación ante Dios y ante el prójimo. La Eucaristía contiene el sacrificio de la redención en la sangre de la nueva alianza mediante la cual han sido borrados nuestros pecados. San Pablo recrimina san a los corintios la identificación de la comida eucarística con la comida que alimenta el cuerpo, y les invita a examinarse antes de recibir el alimento celestial de la Eucaristía, “porque quien come y bebe sin discernir el cuerpo [del Señor] come y bebe su condenación” (1 Cor 11,29).

La unión con Cristo en la Eucaristía es la que hace sólida nuestra comunión con todos los hermanos congregados en la Iglesia, y esta comunión se expande y alcanza a todos los hombres; y se manifiesta en la caridad cristiana que ha de caracterizar la vida de cada cristiano en particular y de todos en comunión con Cristo. Cuando esto sucede y se hace visible, la solidaria cristiana se revela a ojos de los demás como verdadera fraternidad, en la que incluyen aquellos que son excluidos y marginados, los pobres y todos los necesitados, enfermos y solos, las personas ancianas y aisladas de la vida social; incluso los recluidos con privación de libertad por sus malas acciones; y, más aún, los adversarios y enemigos, a los cuales el amor cristiano transforma en hermanos, siguiendo el mandamiento nuevo del Señor.

Este es el significado que tiene el rito sacramental del lavatorio de los pies que vamos a realizar, ya que en este gesto el amor de Cristo a los discípulos se transforma en humilde servicio como forma de señorío y verdadero magisterio: “Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13,15). Ejemplo que los cristianos queremos seguir y que inspira las acciones mejores realizadas en favor del prójimo más necesitado en las comunidades cristianas, gracias al servicio diocesano y parroquial de Caritas, verdadero organismo de caridad cristiana y promoción de la justicia social.

Terminemos estas reflexiones del Jueves Santo agradeciendo a Cristo Jesús la institución del ministerio sacerdotal, inseparable de la celebración eucarística. Como Juan Pablo II quiso poner de manifiesto en su encíclica sobre la Eucaristía, la apostolicidad de la Eucaristía y la de la Iglesia son, en efecto, inseparables. Cristo fundó la Iglesia en Pedro y los Apóstoles, como enseña el Vaticano II. La Eucaristía es don de Cristo a su Iglesia y Jesús la ha entregado a quienes le representan sacramentalmente en la comunidad eclesial, para edificación de toda la Iglesia, tal como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, afirmando que la Iglesia es hoy como ayer apostólica; porque hoy, por voluntad de Cristo, “sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los Apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, a los que asisten los presbíteros, juntamente con el Sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia” (Catecismo de la Iglesia Católica, n.857).

El Papa precisa cómo esta acción de los sucesores de los Apóstoles “conlleva necesariamente el sacramento del Orden”, de suerte que “los fieles «participan en la celebración de la Eucaristía en virtud de su sacerdocio real» (LG, n.10), pero es el sacerdote ordenado quien «realiza como representante de Cristo el sacrificio eucarístico y lo ofrece a Dios en nombre de todo el pueblo» (ibid.)” (JUAN PABLO II, Carta encíclica Ecclesia de Eucharistia, n.28). El sacerdote actúa en la Eucaristía y en el ejercicicio del sacerdocio ministerial «en la persona de Cristo», que quiere decir mucho más, —explica el Papa—, que actúar en el nombre de Cristo. Sí, es mucho más, porque el sacerdote actúa en identificación sacramental y propia con el mismo Cristo, que actúa por medio de él (EdE, n. 29). ¿Cómo no agradecer a Cristo este don admirable del ministerio de los sacerdotes a pesar de las limitaciones y pecados de aquellos a quienes llama a servirle?

Agradeciendo el don admirable de la Eucaristía y del ministerio de los sacerdotes y haciendo nuestro el mandamiento del amor, pidamos al Señor que en este Jueves Santo seamos confirmados en la fe y que el Señor siga bendiciendo nuestra Iglesia con las vocaciones sacerdotales que necesitamos para edificación de su Iglesia.

Lecturas bíblicas: Ex 12,1-8.11-14

                        Sal 115,12-18

                        1 Cor 11,23-26

                          Jn 13,1-15

S.A.I. Catedral de la Encarnación

16 de abril de 2014

Jueves Santo

                                               +Adolfo González Montes

                                                      Obispo de Almería

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