Lecturas bíblicas: Is 52,13-53,12

                        Sal 30, 2.6.13-17.25

                        Hb 4,14-16; 5,7-9

                  

Queridos hermanos y hermanas:

El autor de la carta a los Hebreos describe la muerte de Cristo como ofrenda sacrificial del único Sumo Sacerdote, Jesucristo nuestro Señor. La singularidad de esta carta, sin duda entre las grandes piezas del Nuevo Testamento, es la de expresar en términos sacerdotales la redención realizada por Cristo. La carta a los Hebreos describe de forma propia aquello mismo que encontramos en san Pablo; así cuando afirma en la carta a los Romanos que Dios constituyó a Cristo Jesús en “medio de propiciación mediante la fe en su sangre, para mostrar su justicia pasando por alto los pecados del pasado en el tiempo de la paciencia de Dios” (Rom 3,25-26a).

Jesús, en verdad, es la víctima propiciatoria por nuestros pecados, la muerte de Cristo por nosotros es la prueba de nuestra condición de pecadores, por cual dice el evangelista san Juan: “Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros” (1 Jn 1,8). Cuando negamos el pecado negamos la verdad de nosotros mismos, e irremediablemente consideramos banal la muerte de Cristo haciendo mentiroso a Dios; porque Jesús ha muerto como “víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero” (1 Jn 2,2).

Esta verdad de fe la encontramos en la narración evangélica, que reproduce las palabras de Jesús la noche de la última Cena, cuando anticipa sacramentalmente para sus discípulos su inmolación en la cruz y dice al entregarles el cáliz: “Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mt 26,28). A la luz de estas palabras podemos entender que san Pablo diga que la novedad de la vida cristiana está que, por medio de la fe, hemos tenido acceso a este misterio del perdón y de la reconciliación del mundo con Dios, del cual participamos por el bautismo; porque en verdad “todo lo viejo ha pasado y lo nuevo ha comenzado” (2 Cor 5,18). Es así, porque Dios ha revelado en Cristo su misericordia y todo el bien que hemos recibido por la muerte de Cristo procede de la iniciativa del corazón bondadoso de Dios: “Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación” (2 Cor 5,19).

Comprendemos así que el autor de la carta a los Hebreos vea en la inmolación de Cristo por nuestros pecados el ejercicio supremo de un sacerdocio nuevo y eterno, que no se basa en ofrecer a Dios víctimas irracionales como los animales inmolados, sino que consiste en la ofrenda que Jesús hizo de sí mismo al Padre por nuestro amor, para el perdón de nuestros pecados. De este modo, Jesús, “aun siendo Hijo, con lo que padeció, experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen” (Hb 5,9).

¿Cómo no vamos a confiar en el perdón de Dios teniendo en Jesús el Sumo Sacerdote de la alianza nueva y eterna? Él aboga en favor nuestro y ejerce para siempre la intercesión por nosotros ante el Padre. La única condición es nuestra conversión a Dios, sin la cual no podemos recibir el perdón y la reconciliación. Es necesario que nos reconozcamos pecadores, y renunciemos a la pretensión, incluso inconsciente, de hacer mentiroso a Dios; porque los hombres tendemos por nuestra propia maldad no sólo a exculparnos, acusando a veces a los demás, sino que incluso hacemos responsable a Dios de nuestros pecados y sufrimientos. Sucede así cuando no aceptamos la verdad profunda de nosotros mismos, cuando una y otra vez negamos ser pecadores; cuando estamos dispuestos a reconocer que cometemos errores, pero no aceptamos bajo condición alguna que somos culpables y reos de muerte eterna.

Contra esta persistencia en nuestro pecado, que es realmente pecado contra el Espíritu Santo, nada puede hacer la misericordia de Dios. Somos a veces tan faltos de humildad y rechazamos de tal manera convertirnos que llegar a apelar a la misericordia de Dios para restar gravedad a nuestros hechos y actitudes pecaminosas y no convertirnos a Dios; pero la pasión y muerte de Jesús en la cruz es la prueba fehaciente de que somos pecadores, y si lo confesamos así, la cruz de Jesús y su muerte nos devolverán a la vida.

Jesús ha cargado sobre sí los males del mundo y en su cruz, como dice san Pablo, ha sido crucificada nuestra condición de pecadores. Si lo reconocemos, Dios abrirá para nosotros el torrente de su misericordia y el mundo comenzará un ca mino de regeneración; contra tanta muerte la vida se convertirá en realidad gozosa y la esperanza de alcanzarla definitivamente en Cristo devolverá al mundo la alegría. ¿Cómo negar el pecado en un mundo de corrupción y violencia, donde se conculca la dignidad de los seres humanos y se desprecia a los que sufren acumulando dolor sobre dolor?

Supliquemos hoy, por la muerte de Cristo su Hijo, el perdón de Dios para todos los pecados del mundo y la intercesión de Cristo por todos cuantos formamos parte de una humanidad que vive y muerte acosada por la fuerza del pecado y en la que la regeneración sólo puede abrirse camino por la fe en el valor redentor de la muerte de Jesucristo nuestro Señor. Adoremos su cruz redentora, altar donde ha sido sacrificada la víctima de nuestra salvación, derrotada por la violencia de los hombres, por cuya sangre vivificadora hemos sido lavados de nuestros pecados; y digamos con el himno que entona la Iglesia que congrega a los redimidos: “¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza! /Jamás el bosque dio mejor tributo /en hoja, en flor y en fruto.”

S. A. I. Catedral de la Encarnación

18 de abril de 2014

Viernes Santo

                                               + Adolfo González Montes

                                                    Obispo de Almería

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