Queridos hermanos y hermanas,

Queridos catecúmenos:

¡Verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya! Es el grito de la Iglesia convertido en felicitación recíproca entre sus miembros al mismo tiempo que mensaje transmitido a los cuatro vientos. Ciertamente, tenemos razón para felicitarnos y no podemos callar lo que hemos conocido, el anuncio angélico a las santas mujeres: “No está aquí: Ha resucitado, como había dicho” (Mt 28,6).

A él miraba toda la historia de la salvación. Cristo Jesús es su clave y meta. En su sangre hemos sido redimidos y la esperanza de la salvación es el anuncio universal de la Iglesia.

Hemos realizado ritos de belleza y calado en la simbología sacramental de la fe, y después de la liturgia de la luz, símbolo de Cristo resucitado hemos escuchado el pregón pascual, que anunciaba el gran acontecimiento redentor de Cristo, el misterio pascual. La lectura de la palabra de Dios ha ido iluminando las etapas de la historia de la salvación: de la creación del mundo a la prueba de fe de Abrahán, padre de los creyentes, al que Dios pide el sacrificio de su propio hijo, destinado por Dios a heredar las promesas hechas a su padre. Isaac fue sustituido por el carnero que Abrahán inmoló en su lugar, siguiendo las indicaciones divinas y anticipando así la inmolación del Cordero inocente que quita los pecados del mundo; porque, en verdad, “la creación del mundo en el comienzo de los siglos no fue obra de mayor grandeza que el sacrificio pascual de Cristo en la plenitud de los tiempos” (Oración de la segunda lectura de la vigilia).

         En las lecturas bíblicas hemos escuchado el tránsito que va del éxodo, con el que Dios salvó a Israel por medio de Moisés de la esclavitud del Faraón, a las profecías de redención: Dios reunirá a los dispersos de Israel tras el cautiverio, porque “con misericordia eterna te quiero —dice el Señor, tu Redentor—” (Is 54,8). Él prepara a todos los sedientos agua, también para los que no tienen dinero; y trigo, y vino y leche de balde (Is 55,1); porque dice el Señor: “mi Palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad, y cumplirá mi encargo” (Is 55,11). La palabra de promesa de Dios es redención del hombre, porque es una palabra eficaz, que cumple aquello que profiere. La historia de la salvación lo acredita: “Dad gracias al Señor, invocad su nombre, contad a los pueblos sus hazañas, proclamad que su nombre es excelso” (Is 12,4bcd).

Las profecías anuncian el agua viva para cuantos caminan a la luz del Señor, porque no hay otro Dios fuera del Señor; y vive quien conoce la sabiduría divina que se halla contenida en “el libro de los mandatos de Dios, la ley de validez eterna: los que la guardan vivirán, los que la abandonan, morirán” (Ba 3,1).

Este anuncio del agua viva apunta a la revelación de Dios en Jesús, el portador del agua viva, aquella agua que sacia plenamente la sed, pero que se halla no en el pozo de Jacob, sino en las entrañas de Cristo, portador del Espíritu Santo. Es el agua de la ley nueva, cumplida en Cristo, el hombre nuevo, mediador de la nueva alianza, profetizada por, cuya ley será inscrita en el corazón de carne. Es el agua que vosotros, queridos catecúmenos habéis de recibir en el bautismo esta noche santa. A vosotros se os aplican hoy estas palabras del profeta: “Y sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación” (Is 12,3).

Después de un largo período de catecumenado, sois hoy iniciados en los sacramentos de la fe. En vosotros sucede hoy lo que dice el apóstol san Pablo: por el bautismo somos incorporados a Cristo, a su muerte y sepultura, para dar muerte al hombre viejo y renacer al hombre nuevo que Dios nos ha dado en Cristo, “para que así como Cristo fuer despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva” (Rom 6,4). El bautismo nos configura místicamente con la muerte y la resurrección de Cristo, para que en nosotros nazca el hombre interior redimido y salvado por la obra redentora del Salvador.

Los ya bautizados renovaremos esta noche nuestras promesas bautismales y volveremos a ser purificados por el agua bendecida con la que vosotros seréis ahora bautizados. Vosotros, iluminados por Cristo en el bautismo, recibiréis la unción del Santo: seréis crismados con el Óleo de la alegría y de la salvación: el santo Crisma que os comunica el Espíritu Santo, para que por el agua y el Espíritu Santo seáis en Cristo una criatura nueva. Como Cristo, una vez resucitado ya no muere más, así vosotros: “consideráis muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor Nuestro” (Rom 6,11).

Hoy sois plenamente integrados en la comunidad de la Iglesia hechos miembros de su cuerpo místico de Cristo por medio del bautismo, por el cual os son perdonados los pecados. El bautismo os hace hijos adoptivos de Dios y Cristo, una vez que sois purificados por el bautismo y ungidos por el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, os comunica la vida divina ofreciéndoos el alimento celestial de su Cuerpo y Sangre. Vais a participar del banquete de vida eterna, plenitud de vuestra integración en la Iglesia, congregación de los redimidos que confiesan a Jesús como Señor y Redentor nuestro.

Las santas mujeres encontraron vacío el sepulcro la mañana de Pascua y corrieron a comunicar la noticia. A vosotros, queridos catecúmenos, se os llama hoy a ser testigos de esta verdad que habéis conocido y que da sentido a vuestra vida. También nosotros, los que vivimos como bautizados, acogemos este renovado anuncio de la resurrección de Cristo, que nos llega con la celebración de esta Pascua para renovación de todos los creyentes, también de los mediocres y tibios, de los poco practicantes, para que saliendo de nuestros egoísmos y faltas de fe, nos dejemos renovar por el anuncio pascual y la gracia de la redención que constantemente nos ofrece la Iglesia por medio de los sacramentos.

Cristo resucitado rejuvenece la Iglesia constantemente, incorporando a ella nuevos hijos al tiempo que hace gustar a todos la alegría de la vida nueva. De esta gran experiencia de la fe somos testigos y Cristo nos llama a anunciarle al mundo que está vivo y que resucitado vive para siempre; porque “Jesucristo es el mismo ayer y hoy y para siempre” (Hb 13,8).

Lecturas bíblicas: Gn 1,1-31; 2,1-2; 22,1-18

                        Ex 14,15-15,1

                        Is 54,5-14; 55,1-11

                        Ba 3,9-15.32-4,4

                        Ez 36,16-28

                        Rom 6,3-11

                        Mt 28,1-10

S. A. I. Catedral de la Encarnación

19 de abril de 2014

Sábado Santo

                                               + Adolfo González Montes

                                                          Obispo de Almería

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