Lecturas bíblicas: Hech 10,34a.37-43

                        Sal 117,1-2.16-17.22-23

                        Col 3,1-4

                        Jn 20,1-9

         Queridos hermanos y hermanas:

Cristo ha resucitado, su sepulcro está vacío; y porque vive para siempre, su vida la experimentan los que creen en él y le aman, los que son sus testigos ante el mundo, capaces de poner en riesgo su propia vida y perderla por su amor, dando a conocer a los hombres la verdad que han conocido. Hoy como siempre, desde aquellos los primeros pasos de la Iglesia, el anuncio de la resurrección de Jesucristo viene acompañado de la incomprensión y de la persecución, a veces del martirio. Sin embargo, no es posible acallar la verdad conocida: Jesús está vivo y su vida divina es la esperanza de los hombres, porque en la muerte de Jesús Dios ha ofrecido al mundo el perdón de los pecados.

La Iglesia anuncia desde sus orígenes que la salvación de la humanidad ha acontecido en la muerte y resurrección de Cristo. Este es el contenido de la tradición de fe que alimenta y sustenta la vida de la Iglesia, tal como nos lo transmite san Pablo: “que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras” (1 Cor 3b-4). Es el anuncio apostólico, el mensaje de la Iglesia. Es el mensaje que Pedro comunica a los judíos la mañana de Pentecostés, lo que reitera con los apóstoles ante el sanedrín y lo que vuelve a decir en casa del centurión romano Cornelio, como acabamos de escuchar: “Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección” (Hech 10,41).

         La resurrección ilumina la vida y la misión de Cristo, y revela el misterio de su divina persona, que ya se puso de manifiesto en el bautismo por Juan en el Jordán; pues, al ser ungida por el Espíritu Santo la santa humanidad de Jesús en el bautismo, el Padre daba a conocer su misión mesiánica y de salvación. En el ejercicio de su misión de salvación Dios Padre revelará la condición de Hijo propia de Jesús, que se manifiesta en la autoridad de su palabra y en sus milagros. El Bautista dio testimonio de que Jesús es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29), “el que bautiza con Espíritu Santo” (Jn 1,33b), porque sobre él baja el Espíritu y se queda sobre él” (Jn 1,33a). La voz del Padre le acredita en el bautismo y esa misma voz divina le acredita como Hijo amado en la transfiguración en la montaña santa (cf. Mt 17,5 y par).

La resurrección saca a plena luz el misterio de la persona de Jesús, es la gran revelación que el Padre hace del Hijo, para que el mundo crea en él; porque es en el Hijo entregado para la vida del mundo donde Dios Padre ha manifestado todo su amor y misericordia para con los pecadores, ha dado a conocer la vocación del hombre y su destino. EDn Jesús Dios ha revelado su designio de salvación, de hacer de los hombres “hijos de Dios”, partícipes de la vida divina, que llega por Jesucristo. Mediante la resurrección de Jesús Dios da a conocer cuál es la meta de la vida mortal; y en participación de los muertos en la resurrección de Jesús quedará superada la figura histórica y mortal de nuestra existencia.

Así, pues, gracias a la resurrección de Cristo, podemos entender lo que dice san Pablo a los Colosenses, instruyéndoles sobre los efectos del bautismo, que nos configura sacramentalmente con la muerte y resurrección dl Señor: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba no a los de la tierra” (Col 3,1-2).

En un mundo como el nuestro, en el que las aspiraciones de los hombres no superan el deseo, a veces desesperado, de supervivencia, donde los que más tienen aspiran a tener más; en este mundo en el que los seres humanos se enfrentan por el poder y el dinero, el placer y una vida basada en un materialismo cerrado a la trascendencia, el anuncio de la resurrección de Cristo viene a recordarnos la verdadera medida del hombre. La resurrección viene a descubrirle al hombre tanto lo que para él es posible en esta tierra como a lo que Dios le ofrece como vida futura y definitiva. La fe no aparta de esta vida, sino que la orienta hacia la vida eterna, dándole sentido y abriéndola, más allá de los egoísmos humanos, a su consumación por la gracia de Dios, que todo lo sostiene por su bondad y su misericordia.

Un mundo sin Dios no tiene otro futuro que la muerte eterna, que traería consigo la quiebra de toda felicidad. Nadie habita en las estrella, ni —como se dice ahora, con tanta superficialidad, para honrar la memoria de los muertos— tampoco habita nadie, una vez muerto, en cualquier lugar. Los muertos sólo podrán estar en Dios, si Dios existe y ha resucitado a Cristo de entre los muertos. Sin Dios y sin Cristo, los muertos no están en ningún lugar, a pesar de la nostalgia que de los seres queridos desaparecidos anida en el corazón de cuantos los han amado; y a pesar de las honras fúnebres con fondo musical y declamaciones poéticas, que una sociedad que ha puesto a Dios entre paréntesis se empeña en convertir en religión laica. Sólo la palabra viva de Dios puede dar la vida eterna y hacer que los muertos vivan para siempre.

El sepulcro vacío de Cristo es el gran testigo de su resurrección que corrobora la experiencia de las apariciones del Resucitado. Son las huellas históricas de una experiencia de Cristo vivo, que llama a la fe en el poder de Dios y en el valor redentor de la muerte de Cristo. Es lo que transmite el evangelio de san Juan que hemos proclamado: María Magdalena no reconoció lo sucedido en el sepulcro y pensó que se habían llevado del sepulcro al Señor, hasta que el Resucitado la llamó por su nombre: “¡María” (Jn 20,16), y le encomendó transmitir el mensaje de Pascua. Con la resurrección de Jesús Dios nos ha ofrecido en lugar donde encontrarle, pero no ha querido ahorrarnos la fe; por eso dijo el Resucitado a Tomás, el discípulo que no podía creer la noticia pascual: “¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto” (Jn 20,29).

Jesús declara dichosos a aquellos que creerán por la predicación de los apóstoles, testigos de la Pascua del Señor. El evangelio ofrece el camino de la fe en la palabra de los testigos, que nos ayuda a interpretar los signos de la resurrección. El discípulo amado entró en el sepulcro, “vio y creyó, porque hasta entonces no habían comprendido que la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20,9).

Queridos hermanos, al terminar la celebración del Triduo pascual, después de haber terminado el ejercicio de la Cuaresma, renovemos las promesas del bautismo y hagamos el firme propósito de mantenernos como verdaderos creyentes en Cristo resucitado, miembros vivos de la Iglesia, testigos de Cristo en el mundo. Que así nos lo conceda el Señor y su santísima Madre, que acompañó a su Hijo del pesebre a la cruz, desde el primer dolor de la profecía de Simeón al mayor dolor del Calvario, cuando contempló la crucifixión de Jesús y lo recibió muerto en su regazo. Ella se alegró con su gloriosa resurrección, que llenó la esperanza de su corazón de madre y de creyente, y entregada a Juan como madre espiritual de los discípulos de Jesús, nos acompaña e intercede por nosotros como madre de la Iglesia.

S. A. I. Catedral de la Encarnación

20 de abril de 2014

Domingo de Pascua

                                               + Adolfo González Montes

                                                    Obispo de Almería

Pin It

BANNER01

728x90