Lecturas bíblicas: Hech 2,14.22-28

                        Sal 15,1-2.5.7-11

                        1 Pe 1,17-21

                          Lc 24,13-35

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos el domingo III de Pascua, y acabamos de proclamar el evangelio según san Lucas, que narra la experiencia pascual de los discípulos de Emaús. Estos seguidores de Jesús estaban desencantados después de lo sucedido con él, porque no habían entendido cuanto anunciaron los profetas: “que era necesario que el Cristo padeciera esto y entrara así en su gloria” (Lc 24,26). Les faltaba fe para descubrir en la pasión de Jesús el camino de la resurrección gloriosa. Jesús caldea sus corazones y les abre los ojos de la fe para que puedan reconocerle y caigan en la cuenta de que el Crucificado es el mismo que ha salido ahora a su encuentro, una vez resucitado de entre los muertos.

Se cumplen en estos días los setenta y cinco años de la llegada a Dalías de la sagrada imagen del Cristo de la Luz, que entraba en esta iglesia parroquial el 3 de mayo de 1939. Desde entonces esta imagen sagrada de Cristo crucificado ha iluminado la vida de fe de los fieles de esta villa, y de tantas personas que llegan hasta aquí guiados por la luz de la fe, que descubre el sentido de la vida y alivia los sufrimientos. Esta hermosa escultura del Crucificado ha sido para los fieles que aquí acuden, peregrinando hasta ella, el reclamo de la fe que Cristo infunde en el corazón de sus discípulos, ayudándoles a superar las decepciones y los sufrimientos de la vida.

Por medio de esta imagen de Cristo los fieles miran a Aquel a quien los pecados de la humanidad llevaron al suplicio de la cruz, para contemplarlo transfigurado; para ver en él al que reina desde el madero. Se cumplen así las palabras proféticas que el evangelista aplica a Cristo crucificado, de cuyo costado herido por la lanza del soldado “al instante brotó sangre y agua” (Jn 19,34). El evangelista recuerda las palabras de Zacarías: “Mirarán al que traspasaron” (Za 12,10; cf. Jn 19,37).

         El hombre rechaza el dolor y el sufrimiento, ansiando la liberación definitiva de cuanto le oprime; y Cristo para aliviar el dolor humano quiso cargar sobre sí los pecados del mundo. La cruz de Jesús no es sólo expresión suprema de la solidaridad de Dios con el hombre, sino medicina de curación definitiva para superar los males que aquejan al ser humano desde el pecado del origen. Como dijo Pedro la mañana de Pentecostés, al anunciar a los congregados la resurrección de Jesús: “Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte” (Hech 2,24). La resurrección ilumina el misterio de Cristo, porque en ella se revela el plan de Dios para salvar al mundo: llevar su amor por la humanidad al límite aceptando incluso la muerte en cruz de su propio Hijo.

Es el mismo que fue crucificado el que sale al encuentro de los discípulos para iluminar su cruz y mostrarles las heridas de los clavos y la lanza, transfiguradas y convertidas en señales luminosas. En las heridas radiantes del Resucitado la fe descubre el sentido del sufrimiento infligido a Cristo, porque en ellas se revela el amor y la misericordia de Dios con la humanidad pecadora. Entendemos que la primera carta de san Pedro reclame que hemos de proceder con justicia, rompiendo con la complicidad del pecado; porque nos aguarda el justo juicio de Dios, si no convertimos el corazón y despreciamos el amor que Dios nos ha manifestado en la cruz de Jesús. Es una advertencia clara al pecador, porque su salvación está en la confesión humilde de la fe, pues hemos sido “rescatados no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha” (1 Pe 1,18-19).

La devoción a Cristo crucificado fortalece la fe en la redención y da cauce a la esperanza, a pesar del pecado y de las debilidades humanas. Las llagas de Cristo nos ayudan a no desfallecer en el cumplimiento de los mandamientos. Como decía el santo Padre José María Rubio, de cuyo nacimiento en esta villa se cumplen ahora cincuenta años: Hay que «hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace». Sólo la voluntad de Dios ayuda al hombre a superar los males que él mismo ha desencadenado por el pecado.

Cristo ha resucitado para salir a nuestro encuentro y partir para nosotros el pan de la Eucaristía. Los discípulos le reconocieron en la bendición y fracción del pan. Es en la Eucaristía, que tanto amó el san José María Rubio, donde el Resucitado se hace presente con su sacrificio redentor, para ofrecernos el pan de la vida. Pidamos al Espíritu Santo, don del Resucitado, que nos conduzca al encuentro de Cristo en la fracción del pan, convertido por el mismo Espíritu en el Cuerpo del Señor.

Así se lo pedimos a la Madre del Redentor, para que hagamos, como ella, de la voluntad de Dios razón y motivo de vida, y de alegría esperanzada, porque Dios resucitó a su Hijo venciendo las ataduras de la muerte. Que así sea.

Iglesia parroquial de Santa María de Ambrox

Dalías, 4 de mayo de 2014

                                                           + Adolfo González Montes

                                                              Obispo de Almería

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