Lecturas bíblicas: Sab 5,1-4.14-16

     Sal 88,2.5.12-13.16-19

     1 Cor 1,18-25

     Jn 15,9-17

Excelentísimo Cabildo Caltedral;

Ilustrísimo Sr. Alcalde;

Excmas. e Ilmas. Autoridades civiles y militares;

Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta de san Indalecio nos congrega hoy para celebrar la Eucaristía en honor del Patrón de la diócesis san Indalecio, obispo fundador de la Iglesia hispanorromana de Urci que, con el paso del tiempo, dio lugar a la Iglesia de Almería. En las tierras de Almería otros evangelizadores de la primera hora plantaron también la Iglesia de Cristo, dando lugar a las demarcaciones de los primeros obispados de la costa mediterránea del sur de Hispania, como fueron Abla, Vergi, Baria y Abdera, de las cuales hay confirmaciones documentales que nos permiten conocer la ordenación canónica de la Iglesia en estas tierras peninsulares. En ellas se desarrolló la vida cristiana desde muy temprano, fruto de la predicación de la época apostólica, y su legado alimentaría a los cristianos mozárabes durante la dominación musulmana hasta su emigración, en unos casos, y el pleno sometimiento de la población en otros.

La etapa hispanorromana y la etapa hispano-visigótica de nuestra historia forman parte de nuestra identidad como nación evangelizada. Hoy, esa identidad está amenazada por la fuerte secularización de nuestra sociedad, regida por una cultura que se aleja de la visión cristiana de la vida: todo un reto para la empresa de la nueva evangelización. Los cristianos estamos hoy llamados a dar testimonio de la verdad que hemos conocido afrontando las dificultades de la hora presente, pero conscientes de que la ordenación democrática de la sociedad hace posible la libre predicación del Evangelio y la propuesta del modelo de vida cristiana como programa capaz de inspirar la mejor ordenación de la sociedad.

La Iglesia a nadie impone la fe de Cristo, pero no puede ser desplazada de la vida pública sin forzar la con ciencia de los ciudadanos. La fe cristiana sigue orientando la conciencia de un alto porcentaje de la población de nuestro país, que sigue declarándose cristiana, con diversos grados de adhesión a la práctica religiosa y a la doctrina de la Iglesia. Las encuestas ofrecen cifras que requieren cierta reserva, dada la agresión constante a que los medios someten al cristianismo y, en particular, a la Iglesia Católica. Podemos decir que una cierta tendencia a abdicar de la propia identidad religiosa se ha apoderado de las sociedades europeas históricamente cristianas. Bien es verdad que no en todos los países avanza el laicismo de la misma forma, pero el radicalismo de quienes pretenden imponer una visión anticristiana de la vida en nada favorece la libertad religiosa, que se pretende reprimir llevando la religión al recinto interior de la conciencia y de las meras creencias.

En esta situación, el cristiano tiene que saber dar razón de la esperanza que tenemos en Cristo, como aconseja Pedro a los cristianos de la primera hora diciéndoles que si tienen que sufrir por causa de la justicia de la fe serán bienaventurados; y añade: “Más bien, glorificad a Cristo en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadez y respeto, teniendo buena conciencia” (1 Pe 3,15-16a).

El cristiano está llamado a afrontar las dificultades de cada época, consciente de que la evangelización de la cultura y de la sociedad en muchas circunstancias no ahorra sufrimientos al evangelizador. Tanto es así que el Príncipe de los Apóstoles añade: “Pues es mejor sufrir haciendo el bien, si así lo quiere Dios, que sufrir haciendo el mal” (1 Pe 3,17). Palabras que reflejan de hecho las dificultades de la evangelización de la primera hora y, sobre todo, la persecución que acompañó a quienes se adherían a la práctica de la vida cristiana.

Tengamos en cuenta cuanto dice el san Pablo en la primera carta a los Corintios, que hemos escuchado: “El mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de perdición; pero para los que están en vías de salvación —para nosotros— es fuerza de Dios” (1 Cor 1,18). Estamos celebrando en estas semanas pascuales el triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte, y el gozo de la Pascua se levanta sobre la resurrección del Señor descubriéndonos el camino que lleva a la gloria como un camino de pasión y de cruz. Bien iluminadoras son las palabras de san Pedro, al considerar la participación de los cristianos en los sufrimientos de Cristo: “Así, pues, dado que Cristo sufrió según la carne, también vosotros armaos de la misma mentalidad” (1 Pe 4,1); es decir, la imitación y el seguimiento de Cristo incluye la cruz a causa del nombre de Cristo. El ultraje por el nombre de Cristo hace bienaventurados a sus discípulos, por lo cual san Pedro concluye: “Así, pues, que ninguno de vosotros tenga que sufrir por ser asesino, ladrón, malhechor o entrometido, pero si es por ser cristiano, que no se avergüence, sino que dé gloria a Dios por este nombre” (1 Pe 4,16).

La justicia cualifica al hombre honrado, que se distancia de la conducta de los malvados e injustos, de cuantos hacen de la injusticia tenor de vida y causa de prosperidad personal o de grupo. Sin embargo, el tiempo evidencia que la justicia hace bienaventurados, mientras la práctica del mal y de la injusticia termina por sacar a plena luz la condición criminal del malvado. Si así no fuera, aún queda el juicio divino: el malvado no escapará al juicio de Dios, aunque su injusticia quede oculta a los ojos del mundo; mientras el justo recibe el premio prometido a la paciencia. La fe en Dios exige plena confianza en la justicia divina, que ayuda a tener paciencia y soportar el sufrimiento moral.

El que tiene fe, aunque aspira a que la justicia humana no deje impunes las injusticias del malvado, sabe que la justicia de los hombres puede manipularse y corromperse. El libro de la Sabiduría dice que el que tiene fe sabe que “la esperanza del impío es brizna que arrebata el viento, espuma ligera que arrastra el vendaval, recuerdo fugaz del huésped de un día” (Sb 5,14). El creyente no renuncia a la justicia humana, más aún, es parte fundamental del programa de renovación de la sociedad y fundamento de la paz social, pero sabe que la justicia de los hombres no sólo no es perfecta, sino que su ejercicio está sometido con frecuencia a intereses que la pervierten.

El evangelio que proclamamos asienta el ejercicio de la justicia sobre la ley de Dios y, cuando los hombres soslayan la ley y los mandamientos de Dios, se alejan de un ejercicio pleno de la justicia. Los mandamientos de Dios son el fundamento del ejercicio de la justicia, que ha de inspirarse en la defensa y salvaguarda de la dignidad del ser humano y de sus derechos fundamentales, de los cuales la libertad religiosa es la clave de bóveda de su reconocimiento legal y de la práctica más genuina de las libertades.

El respeto y la promoción de la libertad religiosa se fundamentan en la dignidad de la persona humana; y no en la mera tolerancia de un pluralismo religioso que no fuera otra cosa que la expresión del indiferentismo y del relativismo. De aquí la importancia que tiene considerar que la aportación que los cristianos realizan a la búsqueda y defensa del bien común es inseparable de la verdad religiosa que profesan. Del mismo modo que el fanatismo religioso pervierte la religión, la represión y marginación de la conciencia religiosa atenta contra el bien común, ya que la fe religiosa ilumina el fundamento trascendente de la ley moral natural. Los cristianos no pueden separar su compromiso con la ordenación de los asuntos temporales de la sociedad de la conciencia religiosa de su propia fe.

Es Cristo quien así lo dice: la guarda de sus mandamientos, como acabamos de escuchar en el evangelio de san Juan, es la condición y la forma de permanecer en Cristo y en su amor, como él ha guardado los mandamientos del Padre y permanece en su amor (cf. Jn 15, 10). Esta permanencia en el amor de Cristo es el fundamento de la alegría del cristiano, a pesar de las dificultades del mundo. El amor de Cristo, fundamento de esta alegría, inspira la acción de los cristianos en el mundo y sostiene su compromiso con la sociedad, a la cual aportan los valores del evangelio como realización plena de la verdad y del bien.

A los laicos cristianos corresponde acreditar la bondad de su compromiso con la sociedad y defenderlo como fidelidad a la verdad, no permitiendo que la intolerancia del laicismo descalifique el compromiso político de los cristianos por estar inspirado en su fe religiosa. El santo papa Juan Pablo II decía que los fieles laicos han de tener muy presente que no existen dos vidas paralelas, una “espiritual” y otra “secular”, cada una con sus propias leyes; y añadía invitando a la coherencia de los seglares cristianos en la acción social y política: «En efecto, todos los campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el “lugar histórico” de la manifestación y realización de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos» (Juan Pablo II, Exhortación apost. posts. Christifideles laici, 59; cf. Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, n. 4).

El Magisterio de la Iglesia no se entromete en la acción política cuando ilumina la conciencia cristiana de los fieles y exhorta a los cristianos a ser coherentes cuando aspiran a ordenar la vida pública según sus convicciones políticas. El Magisterio recuerda a los católicos comprometidos con la vida política que han de actuar de tal forma que “su acción esté siempre al servicio de la promoción integral de la persona y del bien común” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política [24.11.2002], n. 6). Los católicos que actúan en política tienen el deber, legítimo en democracia, de buscar la realización de la verdad conforme a la mente de Cristo y han de evitar secundar cuanto es contrario a la dignidad de la persona y a la defensa de los más débiles y de los pobres, de los inocentes y de cuantos necesitan mayor protección. Un cometido que han de llevar a cabo inspirándose siempre en el amor de Cristo, que dio su vida por nosotros exhortó a sus discípulos a ser consecuentes con su elección: “No me habéis elegido vosotros a mí, soy yo quien os ha elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure” (Jn 15,16).

Que santísima Virgen del Mar y san Indalecio, fundador de la diócesis y protector de la ciudad nos lo alcancen así de Cristo Jesús.

S.A.I. Catedral de Almería

15 de mayo de 2014

San Indalecio

                                               + Adolfo González Montes

                                                        Obispo de Almería

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