X Aniversario de la Asociación privada de fieles «Providencia»

Queridos hermanos y hermanas:

Se cumplen ahora diez años de la erección canónica de la Asociación privada de fieles «Providencia», y de la aprobación de sus estatutos. Un tiempo corto aún para una asociación nacida con voluntad de duración, pero suficiente para constatar su alcance apostólico y benefactor para la vida de nuestra Iglesia particular, por su misma inserción canónica diocesana, pero también para aquellas Iglesias hermanas en las que esta asociación de fieles ha logrado hacerse presente en tan corto espacio de tiempo.

Hoy damos gracias a Dios porque en el tiempo transcurrido esta obra de fundación tan reciente ha conseguido una aceptación amplia como para poder dar cabida en ella a tantos fieles que se sienten llamados a servir a la Iglesia mediante su adscripción a la asociación «Providencia». En este tiempo transcurrido, en efecto, los que formáis parte de la asociación habéis dado prueba de una voluntad apostólica y de servicio que queremos apreciar y agradecer, porque acertadamente habéis comenzado por fortalecer la propia confesión de fe y la formación en la doctrina y moral católicas, respondiendo así a la propuesta de formación permanente que hacía el santo papa Juan Pablo II como programa de fortalecimiento de la vida cristiana de los fieles, en su Exhortación apostólica postsinodal sobre los fieles cristianos Christifideles laici de 1988.

Así, además de proponer la formación integral de los fieles laicos, dando un lugar propio y singular a la formación espiritual, “llamado como está (cada bautizado) a crecer ininterrumpidamente en la intimidad con Jesús, en la conformidad con la voluntad del Padre, en la entrega a los hermanos en la caridad y en la justicia” (CL, n.60b), el santo papa señalaba que “se revela hoy cada vez como más urgente la formación doctrinal de los fieles laicos, no sólo por el natural dinamismo de profundización de su fe, sino también por la exigencia de «dar razón de la esperanza» que hay en ellos, frente al mundo y a sus graves y complejos problemas” (CL, n. 60c).

Justamente en este VI domingo de Pascua, escuchamos el mensaje de la primera carta de Pedro, que pide a los discípulos de Jesús sepan valorar el precio de su redención y den cauce a la gracia de Dios que los hace santos. Así es, en verdad, porque con la íntima relación que se establece por la gracia de la redención y la santificación de cada bautizado con Cristo, crece el conocimiento de su persona; y en la experiencia de Cristo, crece el conocimiento del misterio de Dios y del hombre que nos ha sido revelado en el acontecimiento pascual. Así, pues, mediante la capacitación doctrinal que produce la catequesis, particularmente de adultos, y la formación moral que emana del conocimiento del dogma de Cristo el cristiano se equipa y pertrecha adecuadamente para poder comunicar la fe a los contemporáneos; y como dice san Pedro, con la disposición que lleva consigo estar “prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere” (1 Pe 3,15).

De esta suerte, el ímpetu apostólico de quien ha conocido a Cristo produce frutos de salvación para el prójimo. La narración que hace el libro de los Hechos de los Apóstoles que acabamos de escuchar es confirmación fehaciente de cómo la fe viene por la predicación, como explica san Pablo a los Romanos; y por la fe, que viene de la audición, acontece la integración en la Iglesia, fruto verdadero de la justificación, es decir, de la aplicación al pecador de la justicia de Cristo.

Dar razón, pues, de la esperanza llevará al ministro del evangelio a la predicación bien preparada, mediante la cual explana la proclamación del evangelio, al tiempo que su palabra capacita a la comunidad de los fieles para que, instruida en la fe, esté a la altura de cada situación personal y social, a la altura de la cultura de cada tiempo. La predicación y la catequesis ayudan sobre manera a los fieles a tener conciencia clara por su propia identidad; y abren el camino a una formación más intensa. Justamente esta formación es algo buscado por vosotros y se ve favorecida de hecho por el compromiso de haberos asociado para mejor alcanzar el objetivo del apostolado; o dicho de otro modo, considerando la meta de vuestra fe: el perfeccionamiento personal conforme a la voluntad de Dios para cada uno, el camino que cada uno ha de recorrer para alcanzar la santificación, que siempre es obra de Dios, pero que pide nuestra colaboración.

La santificación es inseparable del crecimiento en el conocimiento del misterio de Cristo, algo que no podemos alcanzar por nosotros mismos, sino que sólo podemos lograr en la medida en que estemos unidos a Cristo como los sarmientos a la vid, porquedice el Señor: “sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5b). El cristiano alcanza esta unión con Cristo mediante la acción del Espíritu Santo en él, porque es el Espíritu quien lleva al corazón del que ha sido justificado por la gracia de la redención, fruto del el amor de Cristo por nosotros, la presencia de la Trinidad que convierte al redimido en morada del Padre y del Hijo.

El Espíritu Santo para cuya venida nos preparamos, en la cincuentena pascual que va de la Pascua de Resurrección a Pentecostés, es el gran don del Resucitado a sus discípulos; es el don que Cristo suplica al Padre para que la ausencia física del Señor resucitado sea suplida por su nueva forma de presencia en que hace posible el Espíritu Santo “el Defensor esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad” (Jn 14,16-17). Mediante esta presencia se nos muestra —como dice san León Magno— «de un modo más excelente y sagrado, como Hijo de Dios, al ser recibido en la gloria de la majestad del Padre, y al alejarse de nosotros por su humanidad, comenzó a estar presente entre nosotros de un modo nuevo e inefable por su divinidad» (San León Magno, Sermón sobre la Ascensión 2,1-4: PL 54, 397-399).

Cristo dice en el Evangelio de san Juan que hemos proclamado hoy que el mundo no puede recibir el Espíritu porque “no lo ve ni lo conoce, pero vosotros, en cambio —les dice a los discípulos—, lo conocéis porque vive con vosotros y está en vosotros” (Jn 14,17b). Cristo glorificado envía a su Iglesia el Espíritu de la verdad que da testimonio de Cristo y dispone mente y corazón de los discípulos para que den testimonio de Jesucristo ante los hombres; el testimonio que es proclamación de la verdad de salvación acontecida en el misterio pascual. Después de la ascensión del Señor a los cielos, la ausencia física del Resucitado es sustituida por la acción pneumática, esto es, espiritual de la divina persona del Espíritu Santo, como acabamos de decir. Pues bien, por la acción del Espíritu Santo en nosotros el creyente sabe y tiene certeza plena de la presencia de Cristo en él, lo que acontece en aquella comunión de la Iglesia, en la que se integra el bautizado. Se trata de una certeza de la cual dice Jesús en la última Cena, en el discurso del adiós a sus discípulos, que es garantía del conocimiento de la presencia de Jesús en el Padre y de los discípulos en Jesús: “Entonces sabréis que yo estoy en el Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros” (14,20).

Este saber de la presencia de Jesús en sus discípulos tiene una piedra de toque o prueba: la guarda de los mandamientos de Jesús. Estar y permanecer en Jesús es en el evangelio de san Juan lo mismo que guardar los mandamientos de Cristo. En la primera carta de san Juan dice el apóstol evangelista: “Quien dice: «Yo le conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él. Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud” (1 Jn 2,3-5). El amor a Cristo tiene su prueba en la guarda de sus mandamientos.

Es muy oportuno recordar aquí que vuestra asociación de fieles se propone junto con el compromiso apostólico y la formación permanente de sus miembros la vitalización renovadora de la vida de la Iglesia mediante la caridad, apoyando las obras de la Iglesia, y haciendo de este compromiso instrumento asimismo de apostolado. La permanencia en Cristo es inseparable de la inserción en la Iglesia y de la experiencia de gracia sacramental de la vida cristiana. Quien se nutre de la gracia que Cristo ha querido mediar en la acción de la Iglesia se halla unido al Señor, y en esta unión de forma inclusiva están en Cristo los hermanos. El mandamiento del amor lleva así a plenitud la comunión con Cristo al incluir en este amor el amor al prójimo. Este es el sentido profundo de la guarda de los mandamientos de Cristo como amor al Señor: “El que acepta mis mandamientos y los guarda ése me ama; al que me ama, lo amará mi Padre y yo también lo amaré y me revelaré a él” (v. 14,21).

Permitidme una referencia a la jornada que celebramos hoy: la llamada «Pascua del enfermo», porque en este día se solemniza la comunión de enfermos y la oración por cuantos sufren por causa de la enfermedad. Entre los prójimos de los que Dios quiere que nos ocupemos se hallan los enfermos, algunos de los cuales necesitan particular asistencia y cuidado de nuestra parte. La Iglesia nos pide la oración y el apoyo a las obras de atención pastoral para con los sufren, tengamos presentes a quienes, asociados en el dolor a la pasión del Señor, nos recuerdan el valor redentor de su dolor y el alcance sacrificial de nuestra preocupación y atención a los enfermos, pues que cuanto hagamos por los demás lo hacemos por Cristo y nuestra comunión con él incluye a los hermanos de Cristo, que lo son nuestros.

Quiera el Señor premiar vuestro compromiso de apoyo a las obras de la Iglesia y que estos años transcurridos os ayuden a hacer memoria con el corazón agradecido para tomar impulso y proseguir en el camino emprendido por vuestra asociación. Que la Santísima Virgen Nuestra Señora de la Providencia os ayude en esta tarea apostólica y eclesial, ella que fue regazo providente de su Hijo, conforme al designio del Padre, y amoroso regazo de quienes somos discípulos de Cristo. En este día en que tantas comunidades religiosas y asociaciones hacen memoria de María Auxiliadora, pidamos a la Virgen María que ayude con su intercesión maternal a los cristianos que sufren a causa de su fe y encomendemos en particular a los cristianos de China que la veneran en el santuario mariano de Nuestra Señora de Sheshan en la populosa ciudad de Shangai.

Lecturas bíblicas: Hech 8,5-8.14-17

                            Sal 65,1-7.16.20

                           1 Pe3 3,15-18

                          Jn 14,15-21

Iglesia conventual del Sagrado Corazón de Jesús

Almería

24 de mayo de 2014

                                              

                                               + Adolfo González Montes

                                                      Obispo de Almería

Pin It

BANNER02

728x90