Queridos hermanos y hermanas:

La solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor nos sitúa de nuevo en el corazón de la fe cristiana. Ciertamente cada domingo, fiesta por excelencia de la resurrección de Cristo, nos introduce en el misterio pascual, cuyos efectos de salvación nos alcanzan a cada uno de los que participamos en la celebración dominical de la Eucaristía. La muerte y resurrección del Señor se hacen presentes cada domingo, y también cada día, en la celebración de la Misa; pero en la fiesta del Corpus Christi la Iglesia ha querido exponer ante los fieles, en solemne celebración litúrgica, el misterio de fe que encierra la Eucaristía como memorial de nuestra salvación. Lo hace para glorificar al Padre, que por amor creó al hombre y por amor lo redimió enviando a su Hijo unigénito al mundo; y para glorificar a Cristo, en cuya entrega a la muerte por nosotros Dios Padre ha revelado su amor por la humanidad. Esta glorificación acontece en el Espíritu Santo, lazo de amor entre el Padre y el Hijo y, por cuya acción en la Iglesia, somos introducidos en la comunión de la santa e indivisa Trinidad.

Este misterio de comunión divina se hace realidad en la participación de la mesa eucarística, donde reside el verdadero alimento de vida eterna. Es Jesús mismo quien lo aclara a los judíos que le preguntan cómo puede suceder que el Hijo del hombre les dé a comer su carne. La respuesta de Jesús remite al Padre, de quien procede toda vida: “El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí” (Jn 6,58). Jesús es la Palabra de Dios hecha carne y sangre de nuestra humanidad, y la clave de comprensión de las palabras de Jesús está en el hecho de la encarnación del Verbo, que “se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14). Porque se hizo carne y sangre de nuestra humanidad, la Palabra de Dios ha entrado en la historia de los hombres.

Jesús es la Palabra encarnada de Dios alimento de vida eterna superior al alimento del maná que Dios dio a los israelitas en el desierto, camino de la tierra prometida. Aquel maná venido del cielo no pudo evitar la muerte de los israelitas nuestros padres, la Eucaristía es el alimento que resucita. Dice san Cirilo de Alejandría: «La Palabra de Dios, habiendo unido a sí misma nuestra carne de una manera sólo por él conocida, nos ha dotado con su poder dador de vida» (Com. ev. s. Lucas, 142: Payne-Smith, 405-406).

En el evangelio de san Juan que hemos escuchado, Jesús contrapone el alimento de su propia carne y sangre al alimento extraordinario que Dios otorgó a los israelitas. Jesús se remite al maná del desierto para hacerles comprender mejor cómo el hombre sólo puede vivir de Dios. Los israelitas creyeron que iban a perecer en el desierto, pero Dios les dio el maná, para enseñar a su pueblo elegido “que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios” (Dt 8,3). Aquel alimento era figura del alimento que es Cristo Jesús, porque ahora Dios Padre les ha dado su propia vida divina en la persona de su Hijo, convertido en alimento de salvación por su entrega a la pasión y a la cruz. Jesús se refiere a sí mismo como aquel que va a ser inmolado, partido para ser comido y dar vida al mundo. Su sangre vertida en la cruz se convierte en la bebida de la salvación.

Conocen este nuevo y definitivo manjar bajado del cielo quienes aceptan en la fe que Jesús viene de Dios. Es el Padre quien revela el misterio de la persona del Hijo y se lo concede a cuantos acogen la palabra de Jesús, que les dice a sus oyentes: “Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,44). Mediante la luz de la fe, que el Espíritu Santo infunde en el que cre, se alcanza el conocimiento de Jesús; se llega a saber de verdad quién es Jesús, que no es el hijo de José como creían sus contemporáneos, sino el Hijo de Dios hecho carne.

La fe en Jesús es la victoria sobre el mundo, dice el evangelista: “¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (1 Jn 5,5). Creer que Cristo es Hijo de Dios es conocer el misterio de la Eucaristía, sacramento de la muerte y resurrección del Señor, sacrificio de salvación donde se hace presente el amor de Dios por el mundo. La falta de fe en la Eucaristía es falta de fe en la divinidad de Jesucristo. Cuando hoy no se repara en la santidad de la Eucaristía y se comulga indebidamente, como si de un simple símbolo se tratara, se ignora la verdad del alimento eucarístico: que es verdaderamente la carne y la sangre del Hijo de Dios. En la Eucaristía Jesús nos entrega su cuerpo partido por nosotros y repartido como alimento de los que somos mortales, a fin de que lleguemos a alcanzar la vida eterna. En la Eucaristía se nos da a beber su sangre derramada por nosotros, que es «bebida que nos purifica» (Misal Romano: Prefacio I de la Santísima Eucaristía).

En la polémica que Jesús sostiene con sus adversarios alude veladamente a su muerte cruenta y al derramamiento de su sangre como vida del mundo. Jesús es el alimento de vida eterna que se contrapone al maná del desierto. No es éste el verdadero alimento bajado del cielo, sino Jesús mismo como Hijo de Dios enviado por el Padre para salvar al mundo. En la sangre de Jesús Dios establece la alianza definitiva con su pueblo, que ya no queda limitada al pueblo de su elección, los israelitas, sino que incluye a todo el que por la fe acoge la revelación de Dios Padre y cree en el Hijo. Este sentido universal de la redención convierte la Eucaristía en el verdadero pan celestial, el “pan de los Fuertes” (Sal 78,25), es decir, el “pan de los ángeles” que resucitará a quien lo coma en el último día.

La Iglesia comprendió desde los Apóstoles que la fracción del pan eucarístico era el lugar donde Cristo daba a comer su cuerpo y a beber su sangre. La fe eucarística tiene fundamento apostólico y la celebración eucarística obedece a la palabra de Cristo al mandar a los Apóstoles hacer conmemoración de su entrega por nosotros. En la Eucaristía el pan y el vino presentados al Padre son transformados por la acción del Espíritu Santo en el cuerpo y sangre del Salvador. Dice por eso san Cirilo de Alejandría comentando la celebración eucarística: «Podríamos temer con un santo temor, al ver en los altares de nuestras iglesias esta carne y sangre de nuestro Señor. Humillado por nuestras faltas, Dios infunde su poder de vida en aquello que ofrecemos. Transforma efectivamente aquello (que ofrecemos) en su carne, por la que participamos de su vida, en aquel cuerpo que nos sustenta y esparce en nosotros la semilla portadora de vida. No dudemos de esta verdad» (ibid.). Sí es necesario repetirlo: la falta de fe en la Eucaristía es síntoma de la crisis de fe en Cristo como Hijo de Dios.

La Eucaristía es la meta de la evangelización y la fuente de la vida cristiana, que da pruebas de autenticidad en la práctica del amor al prójimo. No es posible ser cristiano y no vivir de la Eucaristía, que es fuente de la dimana el amor al prójimo como conducta de vida cristiana. Si la Eucaristía es el sacramento del amor de Dios por nosotros revelado en la entrega de su Hijo por la vida del mundo, se hace necesario concluir con san Juan: “Queridos, si Dios nos ha amado de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros (…) Si nos amamos unos a otros, Dios mora en nosotros y su amor ha llegado a nosotros a la perfección” (1 Jn 4,11-12). La lógica del amor al prójimo arranca del amor de Dios revelado en Cristo. Por eso, el apóstol concluye haciendo del amor al prójimo la prueba fehaciente del verdadero amor a Dios.

¿Cómo no tenerlo presente cuando nos disponemos a honrar a Jesucristo en el sacramento del Altar? Es imposible glorificar al Señor sin prestar atención a nuestro prójimo, a sus necesidades, atendiendo a sus ruegos y situación de necesidad y carencia. Hoy la Iglesia nos recuerda, en esta jornada eucarística, que la caridad cristiana es expresión del amor de Dios por nosotros. La caridad verdadera es amor por el hermano que vivifica la práctica de la justicia, porque es su más honda inspiración, para que la justicia no se convierta en mera respuesta a una reclamación reivindicativa, sino en la práctica de amor que dimana de la dignidad de la persona y de sus derechos fundamentales. Como ha dicho el Papa Francisco, «para Iglesia, la opción por los pobres es una categoría teológica, antes que cultural, sociológica, política o filosófica» (Exhortación apostólica Evangelii gaudium, n.1 98). El Papa se apoya en la larga trayectoria del magisterio reciente de los últimos papas, de Pablo VI hasta Benedicto XVI, para decir que la opción por los pobres es una forma de primacía de la caridad atestiguada por la tradición de la Iglesia desde los apóstoles (San Juan Pablo II, Carta encíclica Sollicitudo rei socialis, n. 42); y para concluir con palabras de Benedicto XVI diciendo que la opción por los pobres «está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza» (Benedicto XVI, V Conferencia del General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, 13 mayo 2007, 3: EG, n.198).

Hoy, jornada de Caritas debemos ahondar en los motivos religiosos de nuestra solidaridad fraterna con los necesitados y dar cabida en nuestro corazón a sus necesidades, aunque tengamos que renunciar a algunos de nuestros bienes para que no les falten los bienes básicos a los que nada tienen. Haciéndolo así, la fiesta eucarística que hoy celebramos aparecerá, a los ojos de cuantos contemplen en la procesión el paso de la custodia con la sagrada Hostia, como verdadera revelación del amor de Dios por el mundo. La contemplación de este misterio de amor divino se nos ofrece hoy en la belleza asombrosa de una tradición de fe, que es un canto de esperanza en el futuro que Dios prepara para los que creen en él, para cuantos le confiesan Hijo de Dios hecho hombre en el seno de la Virgen María para ser pan de Eucaristía.

Lecturas bíblicas: Dt 8,2-3.14b-16a

                        Sal 147, 12-15.19-20

                        1 Cor 10,16-17

                          Jn 6,51-59

Almería, a 22 de junio de 2014

Corpus Christi

                                               + Adolfo González Montes

                                                      Obispo de Almería

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