Lecturas bíblicas: Eclo 24,1.3-4.8-12.19-21

                        Sal Jdt 13,18b-e.19

                        Gál 4,4-6

                        Lc 11,27-28

         Excelentísimo Cabildo Catedral y Comunidad de la Orden de Santo Domingo;

Ilustrísimo Sr. Alcalde; Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades civiles y militares;

Queridos sacerdotes y diáconos;

Religiosas, Cofrades de la Virgen y demás fieles laicos.

Queridos hermanos y hermanas:

“Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley,

para rescatar a los que estaban bajo la Ley,

para que recibiéramos el ser hijos por adopción”.

(Gál 4,4-5)

         Estas palabras del apóstol san Pablo revelan la finalidad de la encarnación del Verbo de Dios en las entrañas de la Virgen María. El Hijo de Dios se hizo carne “para rescatar a los que estaban bajo la Ley” (4,5), porque la Ley era causa de la muerte del hombre, ya que el pecador no puede cumplir la Ley. Desde el principio de la humanidad el pecado ha reinado en el mundo, por eso el Apóstol refiriéndose a Adán dice que “por un hombre  entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, ya que todos pecaron” (Rom 5,12). Causa del pecado fue la Ley, no porque la Ley sea en sí misma pecaminosa, ya que la ley es la guía para el bien y su salvaguarda, sino porque el hombre no cumple la voluntad de Dios, no cumple sus mandamientos.

El pecado es una realidad contundente en la historia, por eso negarlo es ceguera imperdonable; es, de hecho verdadero pecado contra el Espíritu Santo. Por eso dice el evangelista san Juan: “Si decimos: «No tenemos pecado», nos engañamos y la verdad no está en nosotros (…) Si decimos: «No hemos pecado», le hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros” (1 Jn 1.10).

El pecado es una realidad que se nos impone por su propia evidencia, y su fuerza se manifiesta en la inclinación al mal y la destrucción que el pecado trae consigo desde el origen de la humanidad. La fuerza del pecado se manifiesta en forma extrema en la violencia homicida, que comienza, dice Jesús, con el desamor, con el insulto y la descalificación del adversario (cf. Mt 5,21-22). Por eso el evangelista afirma: “Quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos” (2,11). Las guerras del próximo Oriente y la violencia fratricida en algunos países africanos, con la cruel persecución de los cristianos y de las minorías religiosas que, ejerciendo sus derechos inalienables, no se pliegan al imperio a las corrientes islamistas que imponen el terror como forma de sometimiento, han llenado de tristeza este tiempo para el descanso, las vacaciones y fiestas anuales, que no logran hacernos olvidar tan cruda realidad.

Sin embargo, está no está fuera de nosotros. Vivimos presionados por la fuerza del mal, está en nosotros. Es verdad, dice el Apóstol, que la impotencia del hombre para cumplir la Ley trajo consigo el imperio del pecado, puesto que los hombres no cumplen los mandamientos y no secundan la voluntad de Dios. El delito y desobediencia del primer Adán y con él de la humanidad pecadora trajeron consigo la muerte, pero no estamos fatalmente sometidos al mal; por Jesucristo, añade san Pablo, “la obra de la justicia de uno procura a todos la justificación que da la vida” (Rom 5,18). Concluye el Apóstol recordando que gracias a la obediencia de Cristo, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” y, si por Adán reinó el pecado y la muerte en el mundo, “así también reinará la gracia en virtud de la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor” (Rom 5,21).

Esta es la razón y motivo para que el Hijo de Dios naciera en el tiempo de una mujer: “para rescatar a los que estaban bajo la Ley” (Gál 4,5a). El Hijo eterno se hizo temporal para rescatarnos de la muerte. Un rescate que consiste en la liberación del pecado, origen de la muerte eterna, mediante la justificación del pecador gracias a la justicia de Cristo, que a nosotros nos libera de la culpa. Así, por obra de la gracia y de la misericordia de Dios nos fueron perdonados los pecados “para que recibiéramos el ser hijos por adopción” (4,5b).

Dios que nos creó a su imagen y semejanza, fundamento de la dignidad del ser humano, y, nos hicimos pecadores culpablemente; pero Dios, en su designio de misericordia, nos recobró del pecado para hacernos hijos adoptivos suyos. San Pablo reitera en la carta a los Efesios esta finalidad de la encarnación del Hijo de Dios, porque en él fuimos creados y por medio de él hemos sido redimidos, elegidos en Cristo “antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor (…) para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo” (Ef 1,4-5). Para esto nació Jesucristo de la Virgen María, la mujer bienaventurada, que acogió en sí misma la voluntad de Dios y guardó su Palabra. En ella Dios se hizo hombre, para que los hombres viniéramos a participar de la vida divina, vencidos en la cruz de Cristo el pecado y la muerte.

Vivimos hoy en un ambiente cultural que no tolera la culpa como realidad objetiva, que el ser humano contrae por sus malos actos. Hay quienes no sólo se mofan públicamente de la moral cristiana, sino que consideran que la conciencia de la culpa es sólo inducida por prejuicios religiosos de los que sería preciso liberarse. Sin embargo, la culpa emerge en la conciencia como resultado de aquellos actos moralmente malos en sí mismos. Algo que acontece en virtud de una ley moral natural, impresa en el corazón del hombre e iluminada por la luz de la razón, capaz de distinguir entre el bien y el mal.

Una sociedad radicalmente permisiva, como la que quiere imponer el relativismo de nuestros días, sólo puede conducir al desarme moral de las sociedades y a la indefensión de las personas frente al mal. Lo habéis escuchado al Papa Benedicto XVI durante su pontificado, los estamos escuchando al Papa Francisco. Los obispos hemos hablado de este relativismo como atmósfera cultural que diluye la responsabilidad moral que evalúa los actos humanos. No es aceptable en una sociedad democrática y al mismo tiempo mayoritariamente cristiana que quienes tienen la responsabilidad de las instituciones públicas se plieguen por principio a las minorías no cristianas, que demandan de las mismas dar la espalda a la conciencia moral de la mayoría. Las instituciones públicas no pueden soslayar el deber, sancionado por nuestro ordenamiento jurídico, de tenerla en cuenta las creencias religiosas de la sociedad; y si es justo y democrático tener en cuenta la singularidad de las minorías, no pueden obviarse las creencias mayoritarias de una sociedad abierta.

Hago esta referencia a nuestra realidad social, porque hablar del pecado no puede parecer obsoleto en una sociedad mayoritariamente cristiana, aun cuando la cultura imperante sea relativista. Al honrar hoy a la Virgen María, hemos de tener presente que la grandeza de María estriba en la limpieza de toda mancha de pecado, libre de culpa, con que la que el Creador quiso adornarla, haciendo de ella la “primogénita de todas las criaturas” (Eclo 24, 5b), y la más hermosa de todas ellas, para ser digna morada de su Hijo. A ella aplica Cristo el principio de toda justicia: “dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (Lc11,28). María es la hija de Sión, figura y recapitulación del pueblo elegido, donde Dios quiso que residiera la divina Sabiduría que se manifiesta en la Alianza antigua en la Ley entregada por Dios a Moisés. Cumplidora de la palabra de Dios, en María Dios construyó en la nueva Alianza la morada de su Hijo, Sabiduría encarnada, que se hace visible en Jesucristo nuestro Señor.

Si queremos mantenernos como verdaderos discípulos de Jesús y ser cristianos, hemos de imitar a María y guardar la palabra de Dios, cumplir los mandamientos. Hemos de cumplir la ley de Dios viviendo según la mente de Dios creador, que nos ha puesto en el corazón del hombre la ley moral natural y con su sabiduría divina y su bondad dispuso la redención por medio de Cristo del hombre caído. Seamos testigos del Evangelio en una sociedad degradada por el relativismo y la inmoralidad, que se manifiesta en la corrupción de cuantos se enriquecen a costa del bien común, esclavos del egoísmo, mientras desatienden las necesidades de las personas y las familias. Una sociedad moralmente degradada por la envilecimiento del ejercicio de la sexualidad convertida en mercancía de consumo, gobernada no por la bondad o maldad intrínseca de los actos humanos, sino por el placer inmediato y la acumulación avara del dinero. Una sociedad que pretende borrar del lenguaje y de la ley que el matrimonio se funda sobre el amor del marido y la mujer; una sociedad que no logra expulsar la violencia doméstica, que conmociona la paz social, y no promueve la maternidad con los derechos laborales de la mujer.

Volvamos hoy nuestros ojos y nuestro corazón a la imagen sagrada de nuestra Patrona, para que esta sagrada imagen de María Madre de Dios nos ayude a implorar de la Virgen su ayuda maternal para mejorar nuestra vida, par que lleguemos a ser imagen de su divino Hijo. Que su maternal intercesión ampare nuestras familias y nos ayude a transmitir la fe con acierto frente al relativismo imperante; y nos haga compasivos, capaces de compartir nuestros bienes y de amar incluso a quienes nos ofenden.

A ella acudimos hoy como Madre de misericordia, para felicitarla en su día con el canto de la Iglesia:

«Dichosa eres, santa Virgen María,

y digna de toda alabanza:

de ti ha salido el sol de justicia,

Cristo nuestro Señor». Amén.

Almería, a 30 de agosto de 2014

Santuario de la Virgen del Mar

+ Adolfo González Montes                                                             

       Obispo de Almería

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