Lecturas bíblicas:     Ez 18,25-28

                         Sal 24,4bc-5.6-9

                         Fil 2,1-11

                         Mt 21,28-32

         Queridos sacerdotes y diáconos, religiosas y fieles laicos;

         Hermanos y hermanas en el Señor:

         En este domingo XXVI del tiempo ordinario del año, jornada que el Santo Padre Francisco ha querido sea jornada de oración por el Sínodo extraordinario dedicado al matrimonio y a la familia, el Señor nos concede celebrar esta ordenación sagrada. Ordenamos presbítero a nuestro diácono Javier Ruiz Pérez, una vez ha concluido su formación y ha dedicado un tiempo amplio a colaborar en la formación de los seminaristas menores como formador él mismo. Damos gracias a Dios por este don admirable del ministerio sacerdotal que hoy le conferimos a Javier, que además es maestro y, como tal, conoce la pedagogía que requiere buena parte del ejercicio ministerial que le confiamos, como es el trato con los niños y los adolescentes, con los jóvenes a los que ha de instruir en la fe e introducir en la vida cristiana. Hoy le acompaña su familia y paisanos compartiendo la alegría de este día y trasladando hasta la capital de la diócesis el grupo humano donde nació a la vida cristiana y creció como joven cristiano, en las Alpujarras granadinas de su Ugíjar natal. Sed todos bienvenidos.

         La Iglesia le entrega en la celebración dominical de la Eucaristía el don admirable del ministerio sacerdotal, para que sea portador y ministro de la palabra de Dios con la autoridad de Cristo, Palabra encarnada del Padre y Revelador del misterio de Dios. A él como, en otro tiempo y bajo la antigua Alianza, al profeta Ezequiel le corresponde en adelante hablar en nombre del Señor y de la Iglesia, para ofrecer el evangelio de la vida a los hombres. Imitando la pedagogía divina, el ministro de la Palabra ha de anunciar la salvación que llega con Cristo a la historia de los hombres marcada por el pecado. Jesús vino para librarnos del pecado y de la muerte eterna y la prolongación de su palabra en la palabra de sus ministros tiene la misión de llevar a todos los seres humanos a aquella novedad de vida que trae la salvación.

Los ministros del Evangelio, tal como le sucedió a los profetas, no podrán, ciertamente, llevar a cabo su misión sin denunciar el pecado y llamar a la conversión, porque los ministros de la Palabra están investidos de la autoridad de Cristo que llama a la reconciliación con Dios; y ofrece el perdón a quien se arrepiente de los pecados y confía plenamente en la misericordia de Dios. La conversión es la meta de la predicación y el comienzo del camino que lleva a la santidad de vida, verdadera vocación del cristiano. Esta misión del ministro se expresa de forma autobiográfica en la vida y el ministerio del apóstol san Pablo, que dirigiéndose a los Corintios exclama: “Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios! A quien Dios hizo pecado, lo hizo pecado por nosotros para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5,20-21).

En el ministerio del sacerdote de la nueva Alianza se prolonga la misión de los profetas que Cristo llevó a cabo en plenitud como Profeta del Padre. Una misión ciertamente difícil y a veces onerosa, no fácilmente tolerada por el pecador ni por una sociedad en la que la cultura ambiente que ha adormecido en las personas la conciencia de pecado. Una cultura ampliamente compartida que ha diluido en la colectividad la responsabilidad personal imposible de excusar, atribuyendo a la sociedad la responsabilidad propia y en ella exculpando su mal proceder.

Si nos detenemos en la primera lectura, vemos que el profeta Ezequiel hace suya esta misión que Dios le ha confiado de denuncia del pecado, para que despierte la conciencia de la propia responsabilidad que cada ser humano tiene en sus propias acciones. No vale que el justo se escude en su justicia cuando peca, porque entonces le condena el mal que comete, del mismo modo que Dios perdona el pecado del malvado si éste se arrepiente y cambia de conducta. Así lo dice el profeta: “Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió” (Ez 18,26). Y añade: “Si el malvado recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá” (Ez 18,28).

La llamada a la responsabilidad moral interpela al justo igual que al pecador, porque pone de relieve el carácter moral de las acciones humanas, la imposibilidad de sustraerse al juicio divino, con el cual se confrontan las acciones de cada uno de los hombres. A veces las leyes de este mundo declaran no punibles las acciones injustas de los hombres, pero esto no las exime de su valoración moral. Es lo que sucede con la vigente ley del aborto que forma parte de nuestro ordenamiento legal y que el Gobierno no ha querido modificar. El aborto merece, a la luz de la revelación divina, un juicio moral negativo sin paliativos: es una acción injusta y en sí misma un grave pecado contra los mandamientos de Dios. No se puede revestir de bondad hasta convertirlo en un derecho amparado por la ley, porque aunque la ley así lo sostenga, moralmente sigue siendo un acto intrínsecamente malo. Por el contrario, la defensa de la vida del ser humano concebido y no nacido siempre es algo positivo, algo bueno, algo verdaderamente progresista, porque, en efecto, es progreso y es moralmente progresista defender siempre la vida contra los atentados que la ponen en peligro o la aniquilan; pero sobre todo es progreso y es moralmente progresista defender la vida de los más débiles, de los seres inocentes e indefensos que son los seres humanos concebidos y no nacidos, en gestación en el seno de su madre.

Ciertamente que la fe religiosa ilumina esta visión de la vida y su condición sagrada como fruto del amor del Creador, pero la sola razón basta para intuir y argumentar el carácter inviolable de la vida humana, como lo ha puesto siempre de manifiesto el magisterio de la Iglesia. Así lo afirma el Papa Francisco, sin dejar resquicio alguno a la duda. Dice el Papa: «Frecuentemente para ridiculizar alegremente la defensa que la Iglesia hace de sus vidas (de los no nacidos), se procura presentar su postura como algo ideológico, oscurantista y conservador. Sin embargo, esta defensa de la vida por nacer está íntimamente ligada a la defensa de cualquier derecho humano. Supone la convicción de que un ser humano es siempre sagrado e inviolable, en cualquier situación y en cada etapa de su desarrollo. Es un fin en sí mismo y nunca un medio para resolver otras dificultades» (Exhortación apostólica Evangelii gaudium, n. 213).

El profeta Ezequiel afirma la imposibilidad de soslayar la responsabilidad moral de los actos humanos, por más que se apele a la sociedad y a la cultural ambiente para diluir la dimensión personal que de la culpa en la ejecución de las malas acciones. Nunca, sin embargo, es tarde para la conversión y el cambio de conducta, tal como sucede en la parábola del Evangelio. Es buena la disposición a hacer el bien, es buena la pronta respuesta del hijo que responde al padre que irá a trabajar a la viña cuando se lo pide, pero no basta la disposición, es necesario cumplir la voluntad del padre. A pesar de la mala respuesta que el hijo poco dispuesto a ir a la viña dio a su padre, se arrepintió de su mala disposición y cumplió lo que se le pedía; y obrando así, manifestó con obras que había enderezado su mala disposición obrando bien. Los pecadores públicos que se arrepienten se adelantan —dice Jesús— a quienes, pueden aparentar ser religiosos, pero no dejan de comportarse mal.

Al pastor corresponde, como atalaya puesto por Dios en la comunidad, llamar al arrepentimiento del pecado y a la conversión. San Agustín, en el sermón sobre los pastores que hemos leído estos días en el oficio divino exhorta a los pastores a no callar y denunciar el pecado, de suerte que por el silencio del mal pastor, el pecador muere inevitablemente: «muere en su pecado y en su impiedad; pero lo ha matado la negligencia del mal pastor». Y después concluye el gran Padre de la Iglesia: «Por eso precisamente, a nosotros nos toca no callarnos» (San Agustín, Sermón 46, 20-21: CCL 41, 546-548).

Ciertamente, el sacerdote es ministro de la palabra de la salvación, su mensaje es un mensaje de esperanza que viene de la misericordia de Dios, pero es parte de este mensaje la valoración de las malas acciones como merecedoras de la condena de Dios fundada en el imperativo de los mandamientos de la ley divina. Es misión del sacerdote ayudar a los fieles a formarse una conciencia moral capaz de distinguir las buenas y malas acciones como contrarias o consecuentes con la voluntad de Dios, siguiendo la senda trazada por Jesús: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (5,48). No en vano el sacerdote está llamado a ser guía de almas y director de conciencias. No lo podrá ser si él mismo no se esfuerza por cumplir aquello que predica a otros, si no se conduce de modo verdaderamente ejemplar ante los fieles a los que está llamado a guiar en el camino de la santidad. Es así como su llamada a la conversión adquiere la fuerza profética que es propia del maestro de fe y moral, del ministro de la Palabra.

En su condición de llamado al seguimiento de cerca de Cristo, el sacerdote sigue las huellas del Señor, exhortando con san Pablo a los fieles a la imitación de Cristo, para superar las rivalidades y las envidias, la vanidad de la vida fundada sobre las apariencias y la falta de piedad verdadera para con Dios y el prójimo. En una sociedad en la que se ha oscurecido el sentido moral de las acciones humanas, el sacerdote actúa como despertador de las almas, para encauzarlas al bien que consiste en el amor de Dios y del prójimo. Esta misión espiritual es contenido propio de la caridad sacerdotal, que induce al bien a los que pastorea, poniéndoles delante a Cristo despojado de su divina condición y convertido en un hombre cualquiera por nuestro amor, como lo describe el Apóstol a los Filipenses; porque “[Cristo Jesús] se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” (Fil 2,8).

Quiera el Señor que la nueva andadura que hoy comienzas, querido hijo Javier, te lleve a la entrega de la vida por aquellos que él pondrá a tu cuidado y que te confía para que seas imagen viva del que es el único y verdadero buen Pastor de nuestra almas, que vino para dar su vida por las ovejas. En este día gozoso de tu ordenación sacerdotal Cristo se une de tal manera a ti que, a partir de hoy, serás tú quien actuará en su propia persona, para ayudar a los hermanos que él pondrá a tu lado a encontrar el camino del bien, abandonando la tentación y el pecado; desechando de sus vidas las malas acciones y abriendo su conducta a la voluntad divina, que hace bueno al hombre y le colma de felicidad duradera.

Que así te lo alcance de su Hijo la Santísima Virgen María, que Jesús nos dio por Madre, para que de su mano maternal desempeñes el ministerio sacerdotal que hoy te confiamos.

S. A. Catedral de la Encarnación

Almería, 28 de septiembre de 2014

                                               + Adolfo González Montes

                                                      Obispo de Almería

                  

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