Homilía en el Domingo XXVII del Tiempo Ordinario

Lecturas bíblicas: Is 5,1-7

                        Sal 79, 9.12-16.19-20

     Fil 4,6-9

     Mt 21,33-43

Queridos hermanos sacerdotes;

Ilustrísima Señora Alcaldesa y Corporación Municipal;

Respetadas Autoridades;

Queridos hermanos y hermanas:

Próximos a la fiesta patronal de la Virgen del Rosario, queréis rendir hoy un especial homenaje de amor a Nuestra Señora en este domingo, cercano a la fiesta litúrgica de la Virgen del próximo día siete, solemnizando la misa dominical y celebrando la procesión de la tarde. De esta forma, ponéis de manifiesto que vuestra veneración y amor por la bienaventurada Virgen María inspira vuestra fe cristiana, herencia de generaciones, cuyas raíces se hunden en los tiempos apostólicos, en los cuales fue predicado el Evangelio de Cristo en estas costas mediterráneas por discípulos de los apóstoles.

Conviene ahora, para fortalecimiento de nuestra fe, que todos nos dejemos iluminar por la palabra de Dios que hemos escuchado en este domingo vigésimo séptimo del tiempo ordinario del año. El evangelio que acabamos de proclamar nos habla de la desobediencia de los malos viñadores, a los que el propietario de la viña había encomendado su custodia confiándoles como aparceros su cultivo, pero ellos se aprovecharon de sus frutos y maltrataron a los enviados del propietario, que tenían el encargo de recoger el fruto y pedirles el rendimiento de cuentas de la viña. Los viñadores, sin embargo, además de apedrear y maltratar a los enviados llegaron incluso a matar a uno de ellos; finalmente, llevados por su maldad dieron muerte al hijo del dueño con ánimo de apropiarse definitivamente de la viña.

Esta parábola de los viñadores homicidas nos coloca con realismo ante la profunda y desconcertante respuesta de los hombres a Dios a lo largo de la historia de la salvación. La libertad humana es la que hace la grandeza del hombre como sujeto de responsabilidades morales, pero el hombre sucumbe con facilidad al espejismo que le hace creer que es dueño de su destino de forma absoluta; no se atiene al orden moral que la razón humana puede conocer, porque el pecado ofusca su inteligencia y pervierte los sentimientos de su corazón. El ser humano es capaz de conocer la ley moral natural impresa en el corazón del hombre por el Creador, que nos ha hecho “a imagen suya” (Gn 1,27) y sólo culpablemente, como dice el apóstol san Pablo, desconoce la ley natural: “Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables” (Rom 1,20). Por eso, Dios tomará cuentas de los pecados de los hombres, si no se arrepienten y cambian de conducta. San Pablo pregunta al pecador: “O ¿desprecias, tal vez, las riquezas de Dios de bondad, de paciencia y de tolerancia, sin reconocer que esa bondad de Dios te impulsa a la conversión?” (Rom 2,4).

Dios, queridos hermanos, no es enemigo de la libertad del hombre; quiere que el hombre transite por caminos de bien, que conducen al puerto seguro de la consumación humana. Los mandamientos de Dios son ese camino seguro por el que transitar, de suerte que cumplir la ley de Dios es condición de felicidad eterna. La ley de Dios impresa en el corazón humano es la huella del Creador, que sostiene la tendencia natural del corazón humano al bien; pero el hombre, tentado por el demonio, desarrolla en su interior deseos de renunciar al bien, subyugado por imágenes que él mismos se hace de lo bueno, unas imágenes que están marcadas por la huella del pecado y la inclinación y tendencia del hombre al mal disfrazado de bien, e incluso de bien supremo. Sucede así, como agrega el Apóstol, que los hombres a lo largo de la historia se han apartado de la ley de Dios, porque “se ofuscaron en sus razonamientos y su insensato corazón se entenebreció: jactándose de sabios se volvieron necios” (Rom 1,21b-22).

El hombre no hace buenas las cosas que son malas por el hecho de legislar una conducta en sí misma contraria a los mandamientos de Dios. La moralidad de la ley es una cuestión previa al ordenamiento jurídico, que será bueno si sigue el cauce moral de los valores y las virtudes; y será malo, si los tiene en cuenta, guardando el orden moral. Como el hombre es libre puede rechazar los mandamientos de Dios y, más aún, volverse contra Dios y hacerlo en nombre de su libertad, pero cuando lo hace así, no sólo yerra, sino que consecuentemente se labra su condena eterna.

Vivimos tiempos de especial dificultad y estamos tentados a no hacer caso de los enviados por Dios y a rechazar incluso el Evangelio de Cristo, que es el evangelio de la vida y esperanza de la vida eterna. ¿Cómo podremos apelar a nuestras tradiciones cristianas, en las cuales nos honramos, si no acogemos el evangelio de la vida y de la gracia? La maternidad espiritual de la Virgen nos pone bajo la protección de su constante intercesión por nosotros ante su divino Hijo; y en la respuesta de Cristo a la súplica de su Madre se nos descubren las entrañas misericordiosas de Dios, que accede a cuanto de él pide la santísima Virgen. Por eso acudimos confiadamente a la intercesión de Nuestra Señora. Ahora bien, si así nos confiamos a la maternal intercesión de la Virgen, ¿cómo podemos apartarnos de la voluntad de Dios y de sus mandamientos sin dejar de ser cristianos? Apartándonos de los mandamientos de la ley de Dios negamos ser hijos de la Madre del Redentor, porque negamos ser hijos de Dios haciéndonos nosotros mismos cómplices de la muerte sufrida por el Hijo de Dios para arrancarnos del pecado y de la muerte eterna. De hecho es así, porque todos somos pecadores, y Dios misericordioso, que nos perdona, pide nuestra conversión.

El hombre de nuestro tiempo, como en realidad el hombre de siempre, pero particularmente el hombre agnóstico y autónomo actual frente a Dios, se comporta como los viñadores homicidas: quiere gozar de la viña maltratando a los mensajeros y matando al Hijo. La humanidad pecadora desde la construcción de la torre Babel ha querido siempre soslayar la autoridad de Dios y su dependencia del Creador, y el resultado ha sido la confusión de las lenguas; es decir, la confusión del mal con el bien y la falta de entendimiento de los hombres entre sí, que sucede siempre cuando el mundo se construye y ordena sin Dios. Poniendo a Dios entre paréntesis el hombre da cauce al verdadero oscurantismo de una realidad humana sin principios de moralidad que iluminen el ordenamiento legal de la sociedad.

A un mundo sin Dios y sin Cristo, según la expresión del santo Papa Juan Pablo II, le falta la luz que ilumina la razón y asegura el orden moral natural oscurecido por el pecado; la luz que deja ver la transparencia del sentido que a la vida imprime el orden moral. En un mundo sin Dios, en el que se da muerte al Hijo, que es la “piedra angular” (Mt 21,42), los hombres se vuelven unos contra otros movidos sólo por los intereses del poder, del sexo, del dinero, del placer, del egoísmo confundidos con bienes supremos; en realidad estos males disfrazados de bienes son los ídolos que pueblan un mundo del que se ha expulsado a Dios. ¿Estamos ciegos para no ver que la corrupción que todo lo inunda, la trata de personas, los abusos perpetrados a la infancia, el terrorismo y la guerra como solución a los conflictos, la falta de estabilidad de los matrimonios, la desestructuración familiar, la falta de trabajo y de sentido social en la economía, y tantas otras manifestaciones del pecado no pueden tener solución si no cambiamos la mentalidad y convertimos el corazón?

Por el contrario, en un mundo en el que resuena la palabra de Dios y es acogida, mueve a arrepentimiento la demanda profética de Isaías: “¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no haya hecho? ¿Por qué esperando que diera uvas dio agrazones?” (Is 5,4). Sin arrepentimiento Dios entregará su viña a la incuria y a las alimañas, crecerán en ella zarzas y cardos, quedará sin cultivar y sin protección alguna. Este es el estado de una humanidad entregada a sus egoísmos, origen de los odios y las guerras, falta de concordia y de intereses tan contrapuestos, en los que nadie quiere ceder y se hace inevitable el conflicto.

Los cristianos estamos llamados a ser defensores de la vida, a sembrar la paz y la concordia, a llevar a los hombres a la fraternidad que se rige por la primacía del bien común y el privilegio de los más necesitados. Los cristianos hacemos nuestro, como nos invita a ello san Pablo, todo lo que contribuye al bien y la salud de la fraternidad humana: “todo lo que es bueno, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable; todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta” (Fil 4,8).

La Virgen María, fiel cumplidora de la palabra de Dios, nos lleva siempre a Cristo, como les dijo a los criados en la bodas de Caná de Galilea: “Id y haced lo que él os diga” (Jn 2,5). Las cuentas del Rosario son súplicas que la Madre hace suyas y presenta a su Hijo, para que nos sea otorgado el perdón, para que la vocación a la santidad sea aspiración de los bautizados; para que seamos preservados del mal con salud de alma y cuerpo; para que renunciando al pecado vivamos por la fe, la esperanza y el amor, en un anticipo de la vida eterna; para que cesen los odios y reine la paz que destierra las guerras y defiende al pueblo fiel de la persecución y de la represión de la libertad religiosa; para que los esposos permanezcan fieles a su amor y los hijos se mantengan amantes de sus padres y las familias vivan unidas en el amor.

Estas y otras súplicas llegan a Cristo, Mediador único ante el Padre, acompañadas por el cuidado amoroso de la Virgen Madre. Cuando recorremos los misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos del santo Rosario, no sólo meditamos en la historia de nuestra salvación, sino que nos mantenemos unidos en una misma comunión de fe, esperanza y caridad, que alimenta nuestra fidelidad a Dios en la común pertenencia a la Iglesia de Cristo, donde los discípulos de Jesús tomamos conciencia de nuestra verdadera identidad y alimentamos el compromiso de dar testimonio ante el mundo de la verdad y el amor que hemos conocido.

Pedimos hoy a la Santísima Virgen del Rosario, advocación mediante la cual sienten la maternidad espiritual de la Virgen tantos hijos suyos, defendernos del mal y de la apostasía que es resultado del abandono progresivo de la fe, de la caída en la indiferencia y el agnosticismo que alejan de la Iglesia y apartan de la comunión con Cristo. En este domingo en el que se abre solemnemente el sínodo extraordinario de los Obispos sobre la familia, le pedimos particularmente a la Virgen del Rosario que Dios bendiga a los esposos y los guarde en fidelidad, mantenga unidas a las familias, pieza fundamental de la sociedad y también “iglesia doméstica”.

Iglesia parroquial de Nuestra Señora del Rosario

Santa Fe de Mondújar, 5 de octubre de 2014

                                                        + Adolfo González Montes

                                                                              Obispo de Almería

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