Lecturas bíblicas: Is 11,1-4a

                        Sal 21,23-24.26-28.31-32

                        1 Cor 12,4-13

                        Mt 25,14-30

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos;

         Queridas religiosas y fieles laicos:

         Comenzamos un curso pastoral que, como todos, hemos de ver como gracia que Dios nos concede para que mediante la participación en los trabajos de su viña, cooperemos con él en nuestra salvación y en la salvación de todos los hombres nuestros hermanos. Lo hemos de hacer en la medida en que cada uno de nosotros ha recibido unos talentos y carismas que hemos de activar. A veces esperamos que la solución a los problemas que plantea la evangelización sea el resultado de un procedimiento pautado por las ideas de uno u otro analista que, investido de una agudeza intelectual que suponemos está a la altura del pensamiento más acorde con la opinión vanguardista, propone tal o cual programa de actuación, como si la evangelización dependiera en exclusiva del programa y no de la predicación de la Palabra y de la conversión a Cristo.

         La fe, dice san Pablo, es respuesta a la predicación y ésta es el resultado del envío de los apóstoles y discípulos por Cristo a proclamar el Evangelio. El Venerable Siervo de Dios Pablo VI recordaba en qué consiste la evangelización. Decía que en la evangelización entran en juego «algunos elementos y aspectos que hay que tener presentes», algunos de los cuales son ciertamente importantes, si bien no debemos correr el equívoco de pensar que en estos elementos consista la evangelización, que más bien se ha podido definir «en términos de anuncio de Cristo a aquellos que lo ignoran, de predicación, de catequesis, de bautismo y de administración de los otros sacramentos» (Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n.17a).

         Los programas de acción apostólica, el mismo Plan pastoral son elementos importantes en el proyecto de Iglesia que se articula en torno a la evangelización, pero la evangelización en sí misma es sobre todo el resultado de la proclamación de la palabra de Dios y de la fe de quien la recibe sostenido por la gracia. La protagonista real de la conversión a Cristo es la gracia divina, y sin conversión a Cristo la evangelización se diluye en su programación humana a la que falta la acción de Dios. Por eso, para evangelizar hemos de partir del principio de la primacía de la gracia, que nos cambia y transforma haciéndonos instrumento útil de las manos de Dios. Sólo siendo nosotros mismos evangelizados, es decir, dejando que el Espíritu Santo renueve en nosotros la fe por la cual nos adherimos a la persona divina de Cristo podremos obtener fruto como evangelizadores. Por eso, el Papa Pablo VI decía: «Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad: “He aquí que hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5). Pero la verdad es que no hay humanidad nueva si no hay en primer lugar hombres nuevos, con la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio» (EN18).

         Sólo personas que han conocido a Cristo y se han adherido a él por la fe pueden atraer a Cristo porque saben que sólo son instrumentos de la gracia redentora de Jesús y de la acción santificadora del Espíritu Santo. La fe potencia el fruto de los talentos, multiplicando su empleo, es como el negociado de los talentos que hemos recibido del Creador y de la acción del Espíritu en nosotros, adornando nuestra humana naturaleza con los carismas. La fe no niega la naturaleza ni sus potencialidades, sino que ayuda a su más perfecto desarrollo; y a poner cuanto de Dios nos viene al servicio de la edificación común de la Iglesia y renovación de la humanidad. El Papa Benedicto XVI afirma que «gracias a la fe, esta vida nueva (que comienza con el bautismo) plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección (…) La “fe que actúa por el amor” (Gál 5,6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre» (Benedicto XVI, Constitución apostólica Porta fidei, n.6). Por eso, cuando procedemos como si no tuviéramos fe porque todo lo fiamos en el acuerdo ideológico entre nuestros programas de evangelización y la idea de la Iglesia ideal que quisiéramos hacer vigente, estamos expuestos al mayo fracaso; porque la Iglesia es fundación de Cristo, es obra de Dios y no de los hombres, aunque Dios haga la Iglesia con los materiales humanos que nosotros mismos somos.

La evangelización, por esto mismo, conduce al bautismo y a los sacramentos, cuya meta es la Eucaristía, a la cual llegan los evangelizados para entrar en plena comunión con los miembros de la Iglesia que celebra el memorial de Jesús. La Iglesia evangeliza y es evangelizada, pero precede siempre a quienes reciben el Evangelio de Cristo. Es evangelizado quien confiesa a Jesucristo como lo confiesa la Iglesia, quien se pliega a la confesión de fe de la Iglesia y en ella entra en la comunión sacramental con Cristo. Por eso, el evangelizador se comprende siempre a sí mismo como miembro e hijo de la Iglesia, y en ella vive de la experiencia de su propia conversión a Cristo y de su vida en Cristo. Lo dice el Papa Francisco con claridad: «La alegría evangelizadora siempre brilla sobre el trasfondo de la memoria agradecida: es una gracia que necesitamos pedir. Los Apóstoles jamás olvidaron el momento en que Jesús les tocó el corazón» (Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, n.13).

En el fondo de la experiencia de la conversión está el encuentro con Cristo, como decía el Papa Benedicto XVI, comentando la expresión de san Pablo: «Caritas Christi urget nos (2 Cor 5,14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo pata proclamar el Evangelio a todos los pueblos de la tierra» (PF, n.7). Añade el Papa Benedicto XVI que Cristo convoca a cada generación, a los hombres de todos los tiempos y por eso le confía a la Iglesia el Evangelio: para que lleve a cabo la obra de la evangelización. Razón por la cual es imposible evangelizar sin amor y compromiso eclesial. En la Iglesia encontramos la tarea y por medio de ella recibimos el mandato de Cristo de evangelizar, en la Iglesia vivimos la alegría de la encomienda del Evangelio, la alegría evangelizadora de la que habla el Papa Francisco, quien por esto mismo añade que la obra de evangelización se ha de llevar a cabo en fidelidad a la memoria, tal como observa el autor de la carta a los Hebreos, de “aquellos dirigentes vuestros que os anunciaron la Palabra de Dios” (Hb 13,7); de aquellos, en definitiva, que nos iniciaron en la fe y que, como en el caso de Timoteo que nos transmite san Pablo, son a veces personas sencillas pero llenas de fe;M personas que fueron evangelizadas y luego nos entregaron el tesoro de la fe en la salvación de Cristo. De ahí, añade el Papa Francisco, que el creyente sea fundamentalmente «memorioso» y sienta el debido agradecimiento por quienes le transmitieron la fe (EG, n. 13).

Hemos de vivir en la Iglesia de la vida de Cristo, que nos llega por la acción del Espíritu Santo en la comunidad eclesial por medio de la palabra y los sacramentos, gozosos de haber conocido a Cristo; lejos de toda rivalidad y de los celos que a veces llevan a la oposición entre movimientos apostólicos y servicios en las comunidades cristianas. No podemos olvidar lo que dice el Apóstol en la primera carta a los Corintios: “En cada uno se manifiesta el Espíritu para bien común (…) El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como él le parece. Porque lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo” (1 Cor 12,12).

Cuántas envidias y rivalidades estériles, cuantos protagonismos deben ser desterrados de la vida cristiana, y más si se pretende ser eficaces en el apostolado. Nadie podrá serlo sin los demás, si no avanzamos juntos, si nuestro testimonio no es unánime y respaldado por nuestra comunión real y no fingida, ni solamente de palabra. Para que así sea hemos de dejarnos conducir por el Espíritu, que reparte los ministerios y los carismas, pero a todos nos entrega los mismos dones sobrenaturales que son fruto de su divina acción en nosotros: dones de inteligencia y conocimiento para mejor ahondar en el misterio de la fe del cual vivimos y cuyo conocimiento pretendemos ofrecer y transmitir a los demás; y dones de conducta que inspiran el modo de estar y hacer en la Iglesia y en la sociedad, en privado y en público: prudencia y temor del Señor, fortaleza frente a las adversidades pero sobre todo en el testimonio de Cristo. Dones todos de los que el profeta Isaías dice que proceden de la acción del Espíritu.

Este nuevo curso pastoral viene acompañado de la gracia singular del Jubileo Teresiano que nos regala el Santo Padre, como administrador supremo de la potestad de las llaves, para que la gracia transforme nuestras vidas. Un año para ahondar en la vida espiritual del cristiano, guiados por la santa y mística Doctora de la Iglesia Teresa de Jesús, maestra de espirituales. Un curso para reflexionar sobre el carisma de perfecta consagración en la Iglesia al servicio del Evangelio: la vida de consagración de religiosos y religiosas en particular, que para todos ha de constituir ejemplo de anhelo y vida espiritual, de «vida en Cristo», para edificación de la Iglesia y evangelización del mundo.

Quiera el Señor concedérnoslo así y que los apostolados en la Iglesia diocesana brillen por la fe y el compromiso evangelizador de quienes los animan y son protagonistas religiosos, y seglares que participan en la misma comunión eclesial. Quiera el Señor que cuantos habéis optado por la enseñanza de la Religión católica y os preparáis con la competencia académica debida, encontréis en aquello que habéis elegido para vuestro compromiso personal con la obra de la Iglesia la forma de realización personal que os llene de satisfacción, porque “hay mayor alegría en dar que en recibir” (Hech 20,35).

Así se lo confiamos a la intercesión de la Virgen María, Madre de Cristo y Virgen perpetua, por entero consagrada en la fe a la Palabra de Dios que se hizo carne en sus entrañas.

S. A. I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 10 de octubre de 2014

                                               + Adolfo González Montes

                                                      Obispo de Almería

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