Acción de Gracias por la Beatificación de Mons. Álvaro del Portillo

Lecturas bíblicas: Is 25,6-10a

                            Sal 22,1-6

                            Fil 4,12-14.19-20

                            Mt 22,1-14

Celebramos la liturgia del domingo XXVIII del tiempo ordinario del año y coincide este día, 12 de octubre, con la fiesta de la Santísima Virgen del Pilar, Patrona de la Hispanidad, y con la Fiesta Nacional de España. Celebramos, asimismo esta misa dominical en la que damos gracia a Dios por la reciente beatificación por el Papa Francisco de Mons. Álvaro del Portillo y Pardo, Prelado del Opus Dei nacido en Madrid en 1914 y fallecido en Roma en 1994, después de una larga vida que él, respondiendo a la llamada de Dios, supo vivir primero mediante un intenso compromiso apostólico como laico seguidor colaborador en la obra apostólica de San Josemaría Escrivá; después siguiendo el camino de la vocación sacerdotal, cuya espiritualidad fomentó con gran competencia, como acreditan sus escritos sacerdotales; y, finalmente, una vida coronada por el ministerio episcopal, cuando el Señor quiso ponerlo al frente de la Prelatura del Opus Dei ya en la etapa final de su peregrinación terrena.

Un hombre santo, cuyo nombre ha quedado inscrito en el libro de los beatos desde su reciente beatificación en Madrid el pasado 27 de septiembre, en una misa multitudinaria presidida por el Cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, en nombre y por delegación del Papa Francisco. Llamamos “beatos” a aquellos cristianos declarados bienaventurados por la autoridad de la Iglesia, porque gozan de la gloria prometida a cuantos libran con fidelidad a Cristo el combate de la vida y reinan con él en el cielo.

         Un español que sube a los altares y que recibe el culto propio de los beatos, particularmente entre sus hijos de la Prelatura hasta que, según las normas de la Iglesia pueda ser canonizado. Todos los miembros de la Prelatura y cuantos se han asociado a ella mediante el cultivo de la espiritualidad sacerdotal y singularmente laical que le es propia se sienten gozosos de contar al primer sucesor de san Josemaría Escrivá, Fundador de esta “Obra de Dios” puesta al servicio de la Iglesia universal y de su misión evangelizadora en el mundo. Damos gracias a Dios y le pedimos a la santísima Virgen del Pilar que nos ayude a ser tan buenos hijos suyos como lo fueron el santo Fundador de la Obra y el beato Don Álvaro.

         Hoy es el día de la Fiesta Nacional de España y nuestro corazón se regocija en el Señor y con Santa María la Virgen, Madre de la Hispanidad, damos gracias a Dios por la fe que, desde la primera hora de la predicación apostólica, sembraron en España los grandes obispos llamados “varones apostólicos”, enviados, según la tradición, por los Apóstoles y sus sucesores hasta los confines del mundo conocido en la época apostólica, donde habrían de reposar los restos sagrados del Apóstol Santiago, Patrón de España, al que la tradición vincula con la primera predicación del Evangelio en la Hispania romana. Una tradición en cuyo desarrollo histórico se inserta la presencia y protección de la Virgen del Pilar en la obra evangelizadora de Hispania, que la tradición remonta hasta el apóstol Santiago el Mayor. Lo que esta tradición atestigua es que por medio de la predicación evangélica los pueblos de España fueron haciendo suya la fe apostólica, que habría de inspirar la trayectoria histórica de nuestra Nación y su aventura colonizadora y evangelizadora de América. Una obra misionera de grandes dimensiones en la historia de la Iglesia y de la humanidad, por la cual damos hoy y siempre gracias al Señor Resucitado, que envió a los apóstoles a anunciar la Buena Nueva de la salvación.

         La invitación a creer en Cristo es invitación movida por la acción misteriosa y eficaz del Espíritu Santo, don admirable de la Pascua de Cristo, fruto de la redención. Se trata de una invitación que abre la entrada al banquete escatológico del reino de Dios, del cual nos hablan las lecturas bíblicas de este día. El Señor nos llama por medio del evangelio a la conversión, fruto de la gracia, y nos invita a seguir el camino de la vocación universal a la santidad, que es patrimonio común de todos los bautizados. Justamente en esta hora del mundo, la llamada a la santidad que Cristo realiza en nombre del Padre que le envió para rescatarnos del pecado y de la muerte eterna, es una llamada al testimonio de una nueva vida, que transforme el mundo, que cambie la sociedad, para que en ella se desarrolle el germen del reino de Dios, anticipo de lo que esperamos se consume en la venida de nuestro Señor como Juez de la historia humana, a quien Dios ha entregado el poder y el reino.

         Dios es el rey que da el banquete de las bodas de su Hijo, el Esposo de la Iglesia. Dios quiso que en la historia de la salvación Israel fuera el primer invitado, pero la desobediencia del pueblo elegido abrió la invitación a la humanidad toda, a los gentiles. No porque la invitación al pueblo elegido excluyera a los gentiles, sino porque esta invitación que Dios quería tuviera en el pueblo elegido la mediación necesaria para revelar su amor redentor a toda la humanidad, no encontró la respuesta a su tiempo de aceptación de la invitación divina. San Pablo habla del “endurecimiento” de Israel, un misterio que no lleva consigo el rechazo del pueblo elegido, porque esta desobediencia es temporal y “durará hasta que entre la toalidad de lo0s gentiles, y así todo Israel será salvo” (Rom 11,25b-26). El Apóstol habla de cómo la desobediencia de Israel ha traído la salvación de los paganos, ya que unos y otros han desobedecido a Dios y concluye: “Mas al presente habéis con seguido misericordia gracias a su rebeldía (…) Pues Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia” (Rom 11,30b.32).

        Después de llamar a su pueblo a las bodas del Hijo, Dios invita a todos los pueblos a gustar del banquete de estas bodas, pero al banquete se entra por la puerta del Evangelio. La conversión es la condición de entrada en el banquete, el traje de fiesta que es vestidura de la gracia santificante, que sigue a la justificación del pecador. La conversión cambia la vida de cada ser humano redimido que confiesa a Cristo. Por la conversión y la acción interior del Espíritu Santo, que llega al redimido con sus dones santificadores, los bautizados vienen a ser testigos de la resurrección de Cristo y agentes de la transformación del mundo, del cambio de la sociedad. Un empeño en el que el testimonio tropieza con dificultades y obstáculos, que la mentalidad del mundo opone a la predicación del Evangelio y la práctica de la fe, pero que podemos vencer todos los cristianos si tenemos el convencimiento firmemente arraigado por la fe que, como dice el Apóstol a los Filipenses: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Fil 4,13).

En esta acción de transformación, que “consagra” el mundo y lo abre al desarrollo histórico de la gracia redentora, los laicos tienen una particular misión, como expertos las cosas temporales. En ellos pone una especial confianza San Josemaria y, apoyado en ellos, comenzó en su día la Obra que habría de sintonizar de un modo particular con el protagonismo que el Vaticano II daría al laicado en la misión de la Iglesia. De esta espiritualidad laical fue protagonista e impulsor el beato Don Álvaro, a cuya intercesión fiamos la obra apostólica de los hombres y mujeres laicos, a quienes la Iglesia confía en estos difíciles momentos el testimonio claro y definido del Evangelio.

         Pedimos a la Virgen del Pilar su amparo y el auxilio que la obra de la Iglesia necesita de su maternal intercesión ante su Hijo, el Esposo de la Iglesia, siempre pero especialmente en esta hora de España, para que nuestra Nación conserve su unidad como un bien deseable y duradero, compartido durante siglos por todos los pueblos de España. Quiera Dios que el respeto a los derechos de todos y al bien inspiren la conducta de las personas y de los grupos sociales de nuestro país. Que así sea.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Almería, 12 de octubre de 2014

                                               + Adolfo González Montes

                                                      Obispo de Almería

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