Misa de apertura del Año Jubilar Teresiano

Lecturas bíblicas: Eclo 15,1-6

                        Sal 88,2-3.6-9.16-19 (R. Sal 21,23)

                        1 Cor 2,10b-16

                        Mt 11,25-30

Queridos hermanos sacerdotes; religiosos y religiosas;

Queridos seminaristas y fieles laicos:

Acabamos de abrir la puerta de los perdones, puerta jubilar y de la gran perdonanza que trae consigo este nuevo año de gracia, que el Santo Padre Francisco ha tenido a bien conceder con motivo del V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, Virgen y Doctora de la Iglesia.

Un año jubilar tiene el objetivo de ayudarnos a obtener de la misericordia de Dios el perdón de nuestros pecados sin dejar en el pecador la satisfacción merecida que restablezca la justicia quebrada por el pecado en la relación entre Dios y el hombre pecador. La indulgencia plenaria significa justamente esto: que Dios nada imputa al pecador, a quien con el perdón se le libra de la pena merecida por causa del pecado. Como concreta el decreto de la Penitenciaría Apostólica, en nombre del Santo Padre, esta indulgencia se podrá lucrar, es decir, obtener, una sola vez al día, y se podrá aplicar también por los muertos que, llamados a la presencia de Dios, han de experimentar el proceso de purificación que les haga capaces de la visión de Dios y del goce eterno de la felicidad de pa participación en la vida divina.

Esta gracia se concede en la Iglesia de forma muy frecuente, para que nadie esté privado las riquezas de la gracia redentora de Cristo, el Buen Pastor que dio la vida por sus ovejas entregándose a la cruz por ellas. Es una gracia ligada a la recitación de determinadas oraciones y actos de piedad y ejercicios devocionales prescritos por la Iglesia. Una gracia que se otorga también con la bendición apostólica. Una gracia, en fin vinculada a aquellos acontecimientos que marcan la historia de la Iglesia, que incorpora a sus hijos en la historia de la salvación mediante los sacramentos.

Uno de estos acontecimientos que marcan un hito en la historia moderna de la Iglesia es la reforma de la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo llevada a cabo por la Madre Teresa de Jesús, obra de Dios mediante la cual se puso en acción una honda renovación de la espiritualidad cristiana. La santa Fundadora puso en práctica una profunda renovación evangélica de la vida religiosa, dando un impulso decisivo al ideal de la vocación a la perfecta caridad, como realización de una vida de consagración a Dios, que es despojo de sí y revestimiento de la nueva condición que Cristo ha ganado para la humanidad con su cruz y resurrección.

Santa Teresa de Jesús, que nació en Ávila el 28 de marzo de 1515, moría en la villa de Alba de Tormes el 4 de octubre de 1882, siendo sepultada al día siguiente, que al entrar en vigor justo entonces la reforma del calendario juliano, amanecía como 15 de octubre. Comenzamos así en el día de hoy, 15 de octubre de 2014, un recorrido jubilar que culminará el 15 de octubre de 2015, cuando ya cumplido el quinto centenario del nacimiento de la Santa, este año de gracia haya dejado tras de sí frutos de honda renovación espiritual. Así suplicamos al Señor, por intercesión de santa Teresa, tiernamente unida a la gran intercesora ante Jesús, la Virgen santísima que tan hondamente venera el pueblo cristiano en la advocación del Carmelo, titular de la Orden carmelitana y nombre que Teresa de Jesús universalizó en sus carmelos, los quince conventos que ella fundó siendo el primero el de San José de Ávila. Una aventura que la Santa comenzó cumplidos los cuarenta y cinco años, después de una vida religiosa en el monasterio abulense de la Encarnación que la dejaba insatisfecha y alejada del ideal de santidad que ella pretendía colmar por saberse “nacida para Dios”.

Un año jubilar que la Iglesia ha querido dedicar con particular consideración a la «Vida de consagración», para que siguiendo el ejemplo de santa Teresa y de los grandes fundadores y reformadores, los religiosos y religiosas y miembros de las sociedades e institutos de vida consagrada, renueven su vocación, buscando sobre todo la voluntad de Dios. Algo que acontece mediante la renovación permanente del “amor primero” (Ap 2,4) de la vocación a la caridad perfecta.

Las personas de vida consagrada han dejado todo para realizar este ideal en sus vidas, y con el corazón indiviso han decidido vivir del amor de Dios, sumo bien por el cual todo se puede sacrificar con tal de vivir en Cristo y para él, Esposo de la Iglesia y de las almas. El mismo que es el Amigo de los “amigos fuertes de Dios”, que se gozan en la alegría que acarrea su presencia en cada ser humano que le acoge y le ama.

Un año, por tanto, para cultivar la experiencia privilegiada de la oración, que es el medio de alcanzar la sabiduría de lo alto, que se logra mediante el conocimiento de la ley de Dios, de su divina voluntad, que sale al encuentro de aquel que la busca “como una madre y lo recibirá como la esposa de la juventud” (Eclo 15). El Papa Francisco parafraseando la definición que de oración nos dejó santa Teresa como «trato de amistad con quien sabemos que nos ama», comenta que la oración es una forma privilegiada «de avanzar en una amistad que tanto más crece cuanto más se trata al Señor, “amigo verdadero” y “compañero fiel” de viaje, con quien “todo se puede sufrir, pues siempre “ayuda, da esfuerzo y nunca falta” (Santa Teresa, Vida, 22,6)» (Francisco, Mensaje a Mons. Jesús García Burillo, Obispo de Ávila). Es así, porque «para orar, “no está la cosa en pensar mucho sino en amar mucho” (Moradas IV,1,7)».

Esta definición teresiana de la oración es una invitación a todos los bautizados, llamados a la santidad como vocación universal, pero es invitación particular a quienes oran en nombre de toda la Iglesia de la que son ministros y actúan en la persona de Cristo y en la persona mística y corporativa de la Iglesia. Como es también particular invitación a quienes se consagran a la oración en vida contemplativa y se dejan guiar por el Espíritu Santo, que “lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios”(1 Cor 2,10), porque “lo íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios” (v. 1b), que viene de Dios en nuestro auxilio, “para que tomemos conciencia de los dones que de Dios recibimos” (v. 2,12b).

El Espíritu que nosotros hemos recibido, que no es del mundo sino de Dios, es el Espíritu Santo del Padre y del Hijo, que gime en nosotros aspirando a la redención, porque “el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu y que su intercesión en favor de los santos es según Dios” (Rom 8,27). Es el Espíritu que suscita los dones y carismas que enriquecen la vida espiritual de la Iglesia, que no puede nunca ser asimilada a la mente del mundo. La Iglesia es obra de Cristo y del Espíritu Santo, no reducible a los criterios que rigen las construcciones del mundo. La vida religiosa en la Iglesia tiene la misión de recordarlo permanentemente como un signo a señal de la vida futura a la cual aspira el Espíritu de Dios que mora en nosotros.

Conocer la acción del Espíritu en el interior del alma es obra de la gracia y ésta se recibe con la conversión a Dios mediante la asimilación de la vida del que cree a Cristo. La vida religiosa es, en este sentido propio, radicalización de la gracia bautismal y seguimiento en radicalidad del Santo de Dios, Jesucristo Hijo de Dios, por quien hemos recibido la salvación y el perdón de los pecados. La renovación que requiere la vida religiosa en nuestros días no es distinta de la que afecta al conjunto de los bautizados; se trata de la renovación que aflora en el corazón convertido y da frutos de vida eterna, porque se ha hecho de Dios razón de vida y muerte propia y fundamento de todo amor. Por Dios el amor humano se ilumina y el amor al prójimo se torna olvido de sí y primacía del amor de Dios, que ha sido derramado con el Espíritu Santo en los corazones de los fieles.

Santa Teresa de Jesús así lo comprendió, porque se hizo discípula de Jesús y, haciéndose pequeña y humilde por la fe, todo lo esperó de la revelación del Padre a los humildes, a aquellos que de verdad aman a Dios. Tal fue el motivo por el que, ya en edad madura, decidió no perder los años que le quedaban para emprender una obra de regeneración de la vida de consagración que la convirtió en santa fundadora y “madre de espirituales”.

Hoy hemos bendecido una bella imagen de esta santa fundadora y andariega, una obra que por encargo de la Asociación de fieles «Providencia» podemos contemplar como plasmación de arte religioso, cuya finalidad es estimular en quienes la contemplen con fe el deseo de la acción del Espíritu que inspiro y alimentó en santa Teresa de Jesús la obra renovadora del Carmelo y de la espiritualidad cristiana. La santa reformadora desencadenó un dinamismo que, fruto de la acción del Espíritu Santo, impulsaba al discipulado de Cristo Jesús a propios y extraños, a los que afectaba el impacto de su reforma. Por esta acción del Espíritu, que el Padre ha derramado sobre los que tienen fe en su Hijo, tenemos por medio de Cristo acceso inmediato al Padre, y en Cristo hallamos el bálsamo contra el cansancio y el consuelo que apacigua el sufrimiento que trae consigo el seguimiento estrecho del Señor.

Quiera el Señor suscitar la conversión honda de nuestra mente y corazón, para que podamos imitar la pasión de amor por la humanidad de Cristo que santa Teresa contempló como camino a Dios, único por el que podemos transitar para llegar a él, en tiempos de bonanza y en tiempos de dificultad. Hemos de decir con santa Teresa, cuando ya se cernía sobre ella el desenlace de la muerte: «¡Ya es tiempo de caminar!». Palabras que el Papa comenta de forma certera: «Ya es tiempo de caminar, andando por los caminos de la alegría, de la oración, de la fraternidad, del tiempo vivido como gracia! Recorramos los caminos de la vida de la mano de santa Teresa. Sus huellas nos conducen siempre a Jesús» (Mensaje).

Con voluntad de caminar por la senda de Aquel que es camino, verdad y vida, digamos con la invocación de la liturgia de las Horas a la santa fundadora y andariega de los caminos de la caridad perfecta: «Teresa, virgen y doctora, maestra de oración, intercede por nosotros».

S.A.I. Catedral de la Encarnación

15 de octubre de 2014

Apertura del Año Jubilar

                                                + Adolfo González Montes

                                                      Obispo de Almería

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