Domingo I de Adviento

Lecturas bíblicas: Is 63, 16-17; 64,1.3-8

                        Sal 79,2-3.16-19

                        1 Cor 1,3-9

                        Mc 13,33-37

         Queridos hermanos sacerdotes, religiosos y religiosas;

Hermanos y hermanas:

Abrimos hoy el Adviento, que ha comenzado ya, después de la recitación de la hora nona, con el canto de las vísperas del domingo I de Adviento. El Papa Francisco ha querido que con esta apertura comience también el año dedicado a la v ida religiosa y consagrada, que correrá parejo del Año Jubilar Teresiano.

El primer sentimiento que alberga nuestro corazón en esta celebración es el de acción de gracias a Dios por las innumerables vocaciones a la vida religiosa y consagrada que ha ido suscitando a lo largo de la historia cristiana. Cuánto debe la historia de la Iglesia a los religiosos, hombres y mujeres que a lo largo de la historia cristiana han fecundado la vida de la Iglesia con su entrega en radicalidad a la vivencia y testimonio de Evangelio. Eremitas, monjes y monjas que abrieron camino a una vida de consagración que con el apartamiento de los negocios del mundo pretendieron afirmar “la única cosa necesaria” (Lc 10,42): vivir de la Palabra de Dios revelada en Cristo, por cuya mediación el ser humano puede alcanzar lo único duradero: la vida eterna y la inmensa felicidad de participar en ella de la vida de Dios.

La teología de la fuga mundi no siempre fue bien entendida y ha tenido formas en la historia de la Iglesia no bien asentadas que han desaparecido con el tiempo, pero esta teología del abandono del mundo encierra una verdad consistente, que santa Teresa de Jesús acertó a expresar en la conocida máxima «sólo Dios basta».

Con la irrupción del monacato en la historia de la Iglesia vendría a hacerse realidad el programa «ora et labora», que sigue nutriendo en lo fundamental la vida de los seguidores de la regla monástica que propusieron como itinerario de consagración de vida y apartamiento del mundo san Basilio en Oriente y san Benito en Occidente. La aventura apostólica y civilizadora de los monjes es una de las mayores aportaciones de la vida religiosa a la construcción de Europa, que invoca a los santos Benito, Cirilo y Metodio como patronos; y como patronas, a santa Brígida de Suecia, santa Catalina de Siena y a la santa filósofa y mártir judía convertida al cristianismo Teresa Benedicta de la Cruz.

La posterior aparición de las órdenes mendicantes en la Edad Media y el posterior surgimiento de nuevas órdenes clericales y fraternidades que se convertían en congregaciones de clérigos y laicos, sobre todo de mujeres, supuso una importante y original configuración histórica de la vida religiosa en la Iglesia. Todos ellos entregados al apostolado de la transmisión y educación de la fe, la humanización de la enfermedad y del dolor, la inspiración cristiana de la educación, sobre todo de niños pobres y marginados, y a la recuperación de la dignidad de personas que la han perdido constituye una valiosísima aportación a la historia de la fe cristiana, convertida en inspiración de las naciones y orientación de la vida de los pueblos y de sus mejores proyectos históricos.

Ya en la época moderna, el itinerario de la vida religiosa sobresale como singular compromiso misionero, para la expansión de la fe y cumplimiento de la voluntad de Cristo resucitado, luz y salvación de las gentes, que les invita y manda a evangelizar. Es imposible comprender la obra civilizadora de la Iglesia sin la acción de los religiosos, desde la Universidad y los centros superiores que regentan a los centros escolares a las misiones, pasando por la asistencia social de diverso género. Todo ello ha dado lugar a un incalculable patrimonio histórico y cultural que forma parte del patrimonio de la humanidad.

¿Cómo no dar gracias a Dios por la vida religiosa, que forma parte de las instituciones que vertebran la vida de la Iglesia? Este ha de ser hoy el primero de nuestros sentimientos: la gratitud al “Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo” (2 Cor 1,3), que por la redención de nuestro Señor Jesucristo ha entregado a los hombres el gran don del Resucitado a la Iglesia y al mundo: el Espíritu Santo. Por eso, nuestra acción de gracias lo es por tantos carismas que en su diversidad aunada por el Espíritu dan estructura a la Iglesia; porque “hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu” (1 Cor 12,4), el cual distribuye todas estas cosas, que son dones y ministerios, obra de “un mismo Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad” (1 Cor 12,11). No de modo arbitrario, sino para “no formar más que un solo cuerpo” (1 Cor 12,12.13).

La vida religiosa, sin embargo, no carece de contradicciones internas y dificultades en nuestros días. Como he escrito en la Carta a los diocesanos, la vida religiosa, tal como la hemos interiorizado nosotros, experimenta en hoy una fuerte crisis, ante la cual hemos de reaccionar; y este es el motivo de nuestro sentimiento subsiguiente, el que inmediatamente sigue al de acción de gracias: hemos de suplicar al Señor que nos dé su luz y su gracia, para que acertemos a afrontar con éxito la crisis de las dificultades que el tiempo presente plantea a la Iglesia, y en particular al seguimiento de Cristo en vida religiosa y de consagración. Se trata de una crisis que, en efecto, viene durando ya muchos años; una crisis causada por una honda secularización de la vida cristiana en general, que se extiende a todos los sectores de la comunidad eclesial.

Mas no podemos dejarnos vencer. Frente a la crisis, hemos de cultivar la esperanza en el poder de Dios y en su señorío sobre la historia de los hombres. El tiempo de Adviento que hoy inauguramos es un tiempo particularmente apto para el examen de vida y disposición para la esperanza de la salvación que viene de lo alto, de fuera de nuestro mundo, aun cuando se ha encarnado en la carne del mundo. La Palabra se ha hecho carne en Cristo, en todo semejante a nosotros menos en el pecado. Lo anunciaba con sobrada razón al fiarse de Dios el profeta que exclama: “Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él” (Is 64,3).

Nuestra crisis, por lo demás, como todas sus manifestaciones en la vida de la Iglesia, tiene que ver con el pecado de sus miembros. No toda crisis tiene el pecado como causa, pero el pecado conduce a la crisis al llevar consigo la infidelidad a Dios, que se manifiesta en la existencia en la ambigüedad de una vida sin verdadera esperanza, una vida de acomodación a las circunstancias, que en realidad es acomodación al mundo. Cuando esto sucede la vida pierde radicalidad creyente y mengua la capacidad de testimonio. Es algo que afecta a toda la vida cristiana y, por lo mismo, a la vida religiosa. Hay notable voluntad de superación y de respuesta a las mociones de la gracia, que se manifiesta en los nuevos movimientos religiosas, pero no todo en estos movimientos es trasparente y claro. También requieren los seguidores de estos movimientos purificación y discrimen; necesitan un discernimiento de espíritus como lo propone san Ignacio de Loyola para aplicarlo a la vida cristiana.

Si para Israel no hay salvación sin Dios, la sagrada Escritura nos ofrece, en la que podemos llamar «patología» de Israel como pueblo de Dios, un paradigma que es preciso tener presente para reconvención de todos, porque todos necesitamos purificación: “Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebatan como el viento. Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas al poder de nuestra culpa” (Is 64,5-6).

La penitencia es contenido de vida cristiana y lo es de la vida religiosa, no sólo por el pecado de sus miembros, sino como reparación de los pecados de los bautizados y de los pecados del mundo. Hay gran necedad en considerar que el reconocimiento de la culpa es represor y ofende la dignidad del hombre, porque el acto penitencial culpabiliza la vida. Nada más alejado del Evangelio, porque si sin reconocimiento de la culpa no hay salvación; y sin arrepentimiento y penitencia, dice Jesús: “Si no hacéis penitencia todos pereceréis igualmente” (Lc 13,5).

Se impone un examen humilde y sin complejos de la propia trayectoria y de la fidelidad a los carismas, del estilo de vida deseado por los padres y madres fundadoras de órdenes y congregaciones, como a todos los bautizados se nos impone un examen de nuestro empeño cristiano y apostólico, para no ser sorprendidos sin vigilancia esperanzada de estar listos, para cuando llegue el señor de la parábola que “se fue de viaje y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara” (Mc 13,34).

El Señor nos advierte de la necesidad de la vigilancia, porque nuestra vida no está en nuestras manos ni podemos añadir un codo a nuestra estatura por más que nos esforcemos. La renovación de la vida religiosa pasa por la conversión profunda a Dios de todos sus miembros. ¿De qué vale la búsqueda de nuevos métodos y prácticas pastorales si no nos convertimos quienes hemos de ponerlos por obra? El seguimiento de la vida religiosa en los países de misión y en el tercer mundo compensa, sin duda, la pérdida de vocaciones en el primer mundo, pero representa un profundo aldabonazo, una llamada inequívoca a examinar las causa profundas de nuestra desolación, para seguir hablando en términos ignacianos, y de nuestras crisis, porque toda crisis trae consigo el juicio de Dios, que no hemos de rechazar sino aceptar con humilde voluntad de conversión.

El Adviento es un tiempo para la esperanza y la renovación interior, para salir al encuentro de Dios que viene a nosotros, de Cristo que llega para llamarnos al seguimiento y a estar con él; y con él, a amar y servir a los hombres nuestros hermanos. Demos gracias a Dios por la vida religiosa de tantas personas que han envejecido entregadas a una vida de consagración y seguimiento por el camino estrecho de la salvación; de tantos hombres y mujeres que sólo han vivido para el reino de Dios, sin que dejemos de examinar el momento en el que estamos y la situación por la que pasamos. Seamos conscientes del alcance de la palabra del Apóstol de las gentes: “Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo Señor nuestro. ¡Y él es fiel!” (1 Cor, 1,9).

No estamos solos, oramos con la Iglesia y en la Iglesia madre, en cuyo centro está la gran orante, santa María Madre de Dios, modelo del cristiano y paradigma de las vírgenes consagradas, reina de los apóstoles y de los mártires, consuelo de los afligidos, la madre del amor hermoso y de la santa esperanza. Los santos nos acompañan y en la comunión de los santos, la santa reformadora Teresa de Jesús, madre de espirituales, junto con los fundadores y los santos de todas las familias religiosas oran por nosotros.

En el santuario de la Virgen del Mar

29 de noviembre de 2014

Inicio del Año de la Vida consagrada

                                               + Adolfo González Montes

                                                      Obispo de Almería

                  

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