Homilía en la fiesta de la Sagrada Familia

Domingo de la Octava de la Navidad

Lecturas bíblicas: Eclo 3,3-7.14-17a

                        Sal 127, 1-5

                        Col 3,12-21

                        Lc 2,22-40

Queridos hermanos y hermanas:

Nos reúne en torno a la mesa de la palabra y de la Eucaristía, la celebración del domingo de la octava de la Navidad, fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José. Esta fiesta tiene este año un significado especial, a caballo de los asambleas sinodales que tienen por objeto estudiar y reflexionar el estado y situación de la familia en la sociedad actual, marcada por una mentalidad y una cultura muy secularizadas, pero donde los sentimientos religiosos siguen siendo importantes, aun cuando se haya difuminado notablemente la identidad de la familia conforme al modelo de la misma que hemos recibido de la revelación divina.

         Hoy está en juego la misma antropología revelada, es decir, la concepción del hombre, como varón y mujer, cuya llamada al amor estable y duradero constituye la base del matrimonio, ámbito y lugar propio de la procreación, santuario de la vida. Son muchas las sombras que se ciernen sobre la familia en la sociedad actual y amenazan su estabilidad como comunidad primera y sociedad básica en la que se viene a la vida; y en la cual se vive el amor como entrega y vínculo de comunión entre personas que se sienten recíprocamente referidas unas a las otras.

         El ser humano ha sido creado a imagen de Dios y lleva impresa en su propio ser la semejanza divina. Dios es comunión de personas que participan de la misma y única esencia divina, fundamento de la unidad de Dios y de la trinidad de las divinas Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El hombre a semejanza de Dios es comunión de amor y ha sido llamado por Dios a la vida para vivir en el amor, fundamento del matrimonio cristiano y de la procreación. En el libro del Eclesiástico, unos doscientos años antes de Cristo la sabiduría de Israel nos ofrece una explicación del contenido y alcance del cuarto mandamiento. En los libros del Éxodo y del Deuteronomio el cuarto mandamiento, que es el último de los preceptos religiosos, se incluye taxativamente en el decálogo como condición de larga vida: “Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días en la tierra, que el Señor tu Dios te va a dar” (Ex 20,12; cf. Dt 5,6).

En el libro del Levítico este mandamiento, por el contrario, viene en primer lugar, directamente vinculado a la misma santidad de Dios y formulado de forma imperativa: “Respete cada uno a su madre y a su padre” (Lev 19,3). El autor sagrado del Eclesiástico parece preferir esta última formulación y dice que “Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre la prole” (Eclo 3,3).

¿En qué se halla fundada esta mayor respetabilidad de los padres sobre los hijos? Justamente en el hecho de que el amor que une al varón y a la mujer precede la existencia de los hijos, y este amor matrimonial es el hontanar de la vida a la que los hijos han sido llamados por el amor de sus padres. Por otra parte, la Sagrada Escritura ilumina la realidad de la familia como comunidad de amor poniendo de manifiesto que los hijos no son propiedad de los padres, llamados a contribuir en la configuración personal y libre de los hijos. Por eso apóstol san Pablo, al tiempo que llama a los hijos a la obediencia de sus padres, más respetables que los hijos, advierte en defensa de la libertad y autonomía de éstos: “Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos” (Col 3,20-21). Los hijos ni son propiedad ni tampoco inversión económica de los padres.

El amor entre padres e hijos deriva del amor que une a los esposos, por eso, la ausencia de este amor desequilibra también la misma relación que pueda darse entre los hijos y cada uno de los esposos, por eso el apóstol san Pablo aconseja a los esposos, igual que a todos los cristianos, soportarse con paciencia y sobrellevarse mutuamente, perdonando al otro cuando uno tenga quejas contra él; y agrega: “El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo el amor, que es el ceñidor de la unidad perfecta” (Col 3,13-14). El apóstol, en efecto, se dirige a la comunidad cristiana como comunión de amor en Cristo con esta exhortación moral, yendo más allá de un código de buenas prácticas entre cristianos.

Está en juego la misma comunión eclesial, como comunidad de los que han sido redimidos y hechos participes de la vida de Dios. Por esto aplica a las relaciones familiares el mismo estatuto de la comunión eclesial. La familia, definida por el Vaticano II como verdadera «iglesia doméstica», ha de seguir las mismas recomendaciones morales que han de guardar los cristianos para mantener la comunión eclesial, porque en la familia se trata de la más básica expresión de la comunión entre personas, cuya creación por Dios como santuario de la vida que se procrea mediante el amor conyugal se expresa y manifiesta la identidad de la Iglesia.

El amor, en verdad, supera todas las dificultades, porque “el amor es paciente, es benigno (…); no es indecoroso ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal (…) Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca…” (1 Cor 13,4a.5.7-8a). Para que la familia sea verdadera escuela de amor es necesario que sea al mismo tiempo escuela de fe, que alimenta el amor. Cuando es así, el hombre se abre a Dios como fundamento de todo amor y comprende sus propios límites, evitando que la familia se convierta en una red de egoísmos amparados en la sangre común de los familiares. Por eso, el evangelio nos enseña a abrir la familia al amor que le da fundamento: al amor de Dios. Esta enseñanza se resume en la respuesta de Jesús a su madre, cuando lo encontró perdido en el templo entre los doctores. Su madre le dijo: “—Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados. Él les contestó: —¿Por qué me buscabais? ¿No sabías que yo debía estar en la casa de mi Padre?” (Lc 3,48).

Bien había profetizado el anciano Simeón a la Virgen María, como hemos escuchado en el evangelio de hoy: “Este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como un signo de contradicción; así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti una espada te atravesará el alma” (Lc 2,34-35). Cuando Jesús proclame la necesidad de seguirle de modo radical, supeditándolo todo al reino de Dios, exigirá de los que le siguen que pospongan su propia familia al reino y al seguimiento del propio Cristo. Ha de ser así, porque todo amor humano recibe su fundamento del amor de Dios y el amor de la familia recibe de Dios su verdadero y profundo sentido. Cuando esto está claro para los esposos y los miembros todos de una familia, su amor se abre a los hombres y en particular a los necesitados, a cuantos esperan ser amados como Dios.

La familia está llamada a ser la escuela de aprendizaje del valor sagrado de la vida humana y, por eso mismo, del amor al prójimo. Contra la plaga del aborto tan escandalosamente abundante en una cultura de la muerte como la que hoy impera, aprender a amar la vida y respetar su condición sagrada, que viene de Dios, es una de las mayores aportaciones que la familia puede hacer para una humanización de la sociedad y de la cultura de nuestro tiempo. Los poderes públicos tienen el deber de proteger la familia y ampararla legalmente, promoviendo su estabilidad y evitando su degradación. La familia se funda en el matrimonio verdadero, de un varón y una mujer, que se asienta en la ley natural y ha sido elevado por Cristo a sacramento. Su asimilación a otras formas de convivencia entre personas constituye un agravio a la identidad de la familia. Una sociedad que no protege la familia está en declive y se degrada y, de hecho, carece de futuro. La salud de la sociedad, y por eso mismo su futuro, pasan por la protección y promoción de la familia frente a cualesquiera otras formas de convivencia, a las cuales no puede ser asimilada.

Que así lo creamos y lo practiquemos, pidiendo al Señor, que hecho carne por nosotros quiso vivir el amor familiar para santificarlo, que ayude a las familias que necesitan el verdadero amor a encontrarlo en todos nosotros.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

28 de diciembre de 2014

                                      + Adolfo González Montes

                                               Obispo de Almería

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