Ordenación de diáconos

Lecturas bíblicas: Is 60,1-6

                        Sal 71,2.7-8.10-13

                        Ef 3,2-3a.5-6

                        Mt 2,1-12

         Queridos sacerdotes, religiosas y fieles laicos;

Queridos hermanos y hermanas:

         Hemos celebrado la fiesta de la Natividad del Señor, y con los pastores hemos adorado al Señor, uniéndonos al reconocimiento que los pastores tributan al Niño, reconociendo en él al Mesías prometido a Israel. En el nacimiento de Jesús se ha cumplido la profecía del Emmanuel: Dios ha consolidado el trono real de David como prometió al padre de la dinastía, y ha hecho realidad el signo que acredita el cumplimiento: la Virgen ha dado a luz al Rey, tal como observa el evangelio de san Mateo: “Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por medio del profeta” (Mt 1,22; cf. Is 7,14).

         El cumplimiento de las profecías ilumina la vida de los habitantes de Jerusalén, que ya no viven bajo la dominación de los asirios, sino que después de la dominación padecida han recibido la libertad y ha llegado el momento de la reconstrucción nacional. Los habitantes de Jerusalén pueden levantar la cabeza, porque Dios vuelve a morar en el pueblo de su elección. Hay motivos para la alegría y así se lo proclama el profeta a Jerusalén: “¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!” (Is 60,1).

         Hay más, no sólo llega a reconstrucción porque Dios bendice a su pueblo, sino que, con la libertad restaurada y el retorno de los emigrados a Jerusalén, Dios hace de la ciudad santa la meta de la peregrinación de los pueblos: “… sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti; y caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora” (Is 60,2b). La revelación divina se abre a las naciones, a las que Dios convoca en Jerusalén, de este modo se manifiesta la voluntad universal de salvación de Dios ofrecida a todos los pueblos, sin que el pueblo elegido deje de ser el mediador de la revelación, porque de él nacerá el Mesías. Dios ha hecho de Israel instrumento de la revelación para las naciones que han de congregarse en Jerusalén, “porque la salvación viene de los judíos” (Jn 4,22b). La oscuridad y las tinieblas que ciegan a las naciones se disiparán por la luz que viene de Jerusalén: “Caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora” (Is 60,3).

         Con el retorno de los desterrados hacia la patria en reconstrucción, llegan también las ofrendas de las naciones, tornándose la suerte de Israel, antes humillado por el destierro y ahora resarcido por el retorno y las ofrendas de los pueblos. La profecía del Tercer Isaías contempla las puertas abiertas de la ciudad santa, que “ni de día ni de noche se cerrarán, para que traigan a ti la riqueza de los pueblos, guiados por sus reyes” (60,11).

         El cumplimiento de estas palabras proféticas no llegaría, sin embargo, con la reconstrucción de Jerusalén y el templo después del destierro, sino con la revelación de Dios en Jesucristo, en el cual encuentra pleno cumplimiento la bendición del patriarca Jacob a su hijo Judá: “No se apartará de Judá el cetro, ni el bastón de mando de entre sus rodillas, hasta que venga aquel a quien está reservado, y le rindan homenaje los pueblos” (Gn 49,10).

San Mateo ve cumplido en la adoración de los Magos este homenaje y en sus dones y regalos la ofrenda de las riquezas de la naciones. Guiados por la estrella los Magos depositan ante el Niño junto con su adoración el oro, el incienso y la mirra, símbolo de aquello que el hombre puede ofrecer al que es Rey soberano, Dios y al tiempo hombre mortal. El don de las ofrendas en el antiguo Oriente era un acto de sumisión y de alianza y la narración de los magos supone una actitud de sumisión en aquellos que se prosternan delante de Jesús para adorarlo, manifestando así reconocer la divinidad de Jesús (P. Bonnard, Evangelio según san Mateo [21983]45).

La estrella había guiado a los Magos hasta el Niño, pero no se trataba de una estrella cualquiera, ya que una estrella, como dice san Juan Crisóstomo, no tiene por sí misma la capacidad de guiar (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Mateo 7,3: PG 57, 76-77; y BAC I [2007]133). Sin ignorar que la indagación de los signos celestes de la que habla el evangelio se corresponde con la práctica astrológica del mundo antiguo oriental, el tema de la estrella tiene en la sagrada Escritura un alto significado religioso con su propia historia. La estrella de Jacob aparece en el Antiguo Testamento como señal de la elección divina y de la descendencia mesiánica del padre del pueblo elegido: Dice el oráculo: “De Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel” (Núm 24,17b). Esta estrella es el rey de Israel, que encarna la dinastía de David, padre del Mesías. Jesús desciende de David y como tal será reconocido y aclamado como Mesías y Rey cuando entre de Jerusalén y la gente le aclame: “¡Hosanna al Hijo de David!” (Mt 21,9), “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor!” (Lc 38a). Jesús viene a consolidar el trono real de su padre, pero en de modo distinto a como lo hacen los dominadores de este mundo, cuya expresión de suprema crueldad es Herodes el Grande. Jesús no es rival de ningún rey de este mundo, por el suyo es un reino de verdad, de amor y de paz; porque Jesús viene a salvar lo que estaba perdido y sólo se puede acoger su reino mediante la fe.

Esto nos permite interpretar que la estrella que precedía y guiaba a los Magos era la fe misma con la que indagaron los signos celestes en busca de la estrella de Jesús. La fe guía a los Magos y la fe atrae a los pueblos a Cristo. La fe es la estrella que conduce a las gentes hasta Cristo, Luz del mundo, que a vosotros, queridos hijos que vais a recibir el diaconado, se encomienda hoy anunciar a los hombres. Habéis sigo atraídos hasta Cristo por la estrella de la fe en su divina persona. Vuestra vocación responde al secreto de vuestro amor por Cristo Jesús, Diácono del Padre, a quien vosotros vais a representar ante los hombres vuestros hermanos, manifestándoles mediante el ejercicio de vuestro ministerio que “el Hijo del hombre Jesús no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20,28).

La estrella con la que Dios ha guiado vuestra vocación y el Espíritu Santo ha iluminado vuestra vida ha sostenido vuestra confesión, vuestra fe en la divinidad de Jesucristo, y ha alimentado vuestro amor por él. Ahora estáis decididos a anunciar al mundo que él es el Salvador de los hombres y el único en quien cabe esperar. Los que vais a recibir más adelante al presbiterado habéis de ejercitar vuestro diaconado como aprendizaje para el ejercicio del sacerdocio consagrando vuestro estado de célibes a una mayor configuración con Cristo, que os capacite para una plena caridad pastoral; mientras tú, querido hijo, que has decidido servir a Cristo colaborando con el Obispo y los presbíteros ejerciendo de modo permanente el ministerio de diácono en favor de los hombres en estado de casado, has de estar particularmente atento a cuanto los hombres necesitan de Cristo, especialmente los más necesitados del conocimiento de Dios y de la caridad de la Iglesia.

Tened todos en cuenta que la gran tarea apostólica de nuestros días es la acción evangelizadora de la Iglesia. Jesús, que ha venido para todos, os necesita para llamar con él y convocar en su Iglesia a cuantos se hallan alejados de la fe. Que vuestra acción apostólica ilumine la vida de los que buscan a Dios como la estrella iluminó la búsqueda de los Magos y los condujo hasta Jesús, para adorarlo, para reconocer en él al Hijo de Dios y Salvador universal. La estrella de la fe ilumina la vida humana, porque descubre a quienes reciben su luz que Cristo es la clave de sentido de la existencia. Cuantos buscan a Dios y no dejan de tener dificultades, que a veces les parecen insalvables para llegar hasta él, encontrarán por vuestra palabra y vuestras obras el camino que ha de conducirlos hasta el Salvador. Como dicen los Padres de la antigüedad cristiana, al igual que los Magos, quienes por vuestro medio lleguen hasta Cristo se llenarán de alegría, puesto que al conocer a Jesús, su esperanza no se habrá visto frustrada, sino ampliamente confirmada, viendo que no han emprendido un camino tan fatigoso sin motivo. En la luz de la fe conocerán al Señor y en él descubrirán al Rey que sobrepasa la medida de los reyes y señores de este mundo (cf. Anónimo, Obra incompleta sobre el Ev. De Mateo, 2): PG 56, 641).

Que la santísima Virgen María que con los pastores contempló el misterio salvador del nacimiento del Salvador alumbrado en su carne, y que mostró a Jesús a los Magos, os ayude con su maternal cuidado a llevar a Jesús a los hombres y sortear las dificultades de la evangelización, en un mundo en el que la crueldad con la que se imponen los reinos de este mundo trata de desplazar y suprimir la suave soberanía del Cristo de Dios.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Epifanía del Señor

6 de enero de 2014

                                      + Adolfo González Montes

                                               Obispo de Almería

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