Homilía en las Vísperas del III Domingo de Adviento

Octavario por la Unidad de los Cristianos

Lecturas bíblicas: 1 Cor 1,10.-13.17

                           Jn 4,11-15

Queridos hermanos y hermanas:

El octavario de oración por la unidad de los cristianos nos ha convocado para orar por la unidad visible de la Iglesia junto con una representación de hermanos ortodoxos, en estas solemnes vísperas del Domingo III del Tiempo ordinario, que este año coincide con la fecha del día 25 de enero, fiesta de la Conversión de san Pablo. Por esta coincidencia del calendario este año no tiene celebración litúrgica esta fiesta de la Conversión del gran Apóstol de las gentes. Nuestra reflexión, sin embargo, toma su punto de partida del pasaje de la primera carta de san Pablo a los Corintios, que recoge la exhortación que hace el Apóstol a mantener la unidad de la Iglesia, advirtiéndoles del sinsentido de la división.

La unidad de la Iglesia se realiza en el mismo pensar y sentir, por eso el Apóstol les dice a los corintios: “Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir” (1 Cor 1,10). Unidos en el mismo pensar, por cuanto profesan la misma fe, obra del Espíritu Santo, porque la fe es virtud teologal e infundida por el mismo Dios en el corazón de los que creen, fundamento de la misma confesión de fe públicamente manifestada ante los hombres, sin temor y sin sentir vergüenza en profesarla. En la profesión de fe en Cristo Jesús hemos sido bautizados, y esta fe profesada y el bautismo nos han hecho cristianos a cuantos somos discípulos de Cristo; por eso debemos mantener la unidad que se funda en la misma profesión de fe, combatiendo “el combate de la fe”, mediante el cual se conquista la vida eterna (cf. 1 Tim 6,12).

Esta fe es inseparable de la conducta mediante la cual nos comportamos como cristianos y aparecemos ante el mundo como discípulos del Señor Jesús. La conducta depende de la fe y es inseparable de ella, de suerte que la conservación de la fe va unida al cumplimiento del Mandato de Cristo. Si lo cumplimos manifestaremos a los hombres que somos discípulos de Jesús. En el cumplimiento del Mandato de Cristo seremos reconocidos como cristianos, conforme a las palabras del mismo Cristo: “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13, 35).

La división es resultado del desamor, de no guardar el Mandato que hemos recibido de Cristo; es una lesión y herida infligida a la fe profesada, ya que cuando falta el amor se produce una desviación de la doctrina de la fe, anteponiendo la pertenencia confesional a la fe en aquel que es Redentor y Salvador único y universa, Jesucristo nuestro Señor.

La verdadera confesión de fe en Cristo es irreconciliable con el confesionalismo como dogma primero y principal, cuya militancia se hace a costa de la misma confesión de fe, que por esto mismo puede llegar a desfigurarse gravemente. Algo que sucede cuando perdemos de vista que la tradición de fe nos ha transmitido la fe apostólica en Cristo Jesús como Hijo eterno de Dios, que salió del Padre y por el misterio pascual retornó al Padre, donde está glorificado para siempre, sin dejar de hallarse presente en su Iglesia mediante una presencia real y espiritual a un mismo tiempo que acontece en la acción del Espíritu Santo.

Por eso san Juan exhorta a profesar una fe inequívoca en la divinidad de Jesucristo, que por la encarnación se hizo hombre por nosotros. De este acontecimiento de salvación, que está en el origen de la predicación apostólica, hemos recibido la identidad de nuestra fe en Jesucristo. Este es el contenido del mensaje predicado por los apóstoles: “Nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre ha enviado a su Hijo como Salvador del mundo. Si uno confesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios mora en él y él en Dios” (1 Jn 4,14). Esta confesión de fe es, sin embargo, inseparable del hecho de permanecer en el mandamiento del amor; por eso, dice el apóstol evangelista que el amor a Dios se prueba en el amor a los hijos de Dios, y que este amor se manifiesta en el cumplimiento de los mandamientos: “Pues el amor de Dios consiste en guardar sus mandamientos” (1 Jn 5,3).

En nuestros días se da un resurgimiento del confesionalismo, que ha intensificado su competitividad disputando la pertenencia de los fieles cristianos a una u otra denominación eclesial con una particular presencia en Iberoamérica. Razón por la cual el Consejo Ecuménico de las Iglesias y el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos confiaron la elaboración de los guiones para esta Semana de oración por la unidad del presente año 2015 a las Iglesias de Brasil, país en el que este confesionalismo competitivo viene ha dado lugar a la violencia verbal y a los enfrentamientos entre cristianos y comunidades.

Hemos de recordar que el verdadero ecumenismo renuncia al proselitismo de mala ley, que se propone como objetivo arrebatar a las demás confesiones sus propios fieles. La proliferación y multiplicación de las comunidades cristianas se pretende lograr mediante el desgarramiento del tejido social de las Iglesias históricamente más definidas. Un verdadero ecumenismo es en primer lugar ecumenismo de la caridad, que respeta la identidad de las Iglesias y busca aquella colaboración que a la Iglesias es posible realizar juntas; sobre todo, la oración y la caridad para con los más necesitados y los pobres.

La evangelización de nuestra sociedad requiere hoy de las Iglesias disposición humilde y confiada en la acción del Espíritu Santo, para aunar esfuerzos y llevar a Cristo a quienes se han alejado de la Iglesia y a quienes no le conocen, para presentarlo ante el mundo como verdadero y único Mediador entre Dios los hombres, como Salvador universal. Para ello es preciso superar el confesionalismo competitivo como medio del apostolado, obedeciendo el mandato del Señor de permanecer en el amor para poder permanecer en Él. Es preciso superar el proselitismo de mala ley recordando las palabras de san Pablo a los Corintios a los que apelan a su militancia en las filas de Pablo, de Apolo de Cefas o incluso de Cristo convertido por el proselitismo en un artículo de competencia: “¿Está dividido Cristo? ¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros? ¿Os habéis bautizado en el nombre de Pablo?” (1 Cor 1,13).

En una sociedad en la cual vemos cómo la fe cristiana se diluye en la mentalidad del mundo actual, sin duda que muchos grupos cristianos buscan la salvaguarda de la identidad cristiana en el confesionalismo. Sin embargo, la fuente de la gracia mana por el cauce querido por Cristo al fundar su Iglesia: el agua viva que Jesús prometió a la samaritana si le recibía en la fe es un agua que Cristo hace correr profusamente por los cauces de gracia del bautismo y de la Eucaristía, por el cauce de la misericordia divina que se nos ofrece en el sacramento de la Penitencia; como se nos ofrece en los sacramentos de estado y de ministerios. San Pablo dice en la carta a los Romanos que la fe viene de la predicación de la Palabra, de su audición y recepción, a la cual la fe es respuesta, porque “la fe viene de la predicación y la predicación por la palabra de Cristo” (cf. Rom 10,17); pero la fe lleva al bautismo y la integración en la Iglesia, que es la que confiesa la fe y es la norma de la fe.

Por eso oramos siempre y estos días con especial intensidad, para que Dios guíe a su Iglesia y los cristianos, por medio de la integración en la comunidad de salvación de la Iglesia, estemos unidos a Cristo, formando parte de su cuerpo místico, miembros de su cuerpo unidos a la cabeza, que dirige y coordina los miembros del cuerpo. Oramos para que la Iglesia aparezca en su unidad visible ante el mundo como verdadero sacramento de salvación para los hombres de nuestro tiempo. En una sociedad dividida y falta de unidad, la Iglesia está llamada a aparecer ante los hombres como aquello que es en verdad, como «sacramento de la unidad del género humano» (Vaticano II).

La fe en Cristo Jesús, Salvador único y universal hace la unidad por medio de la acción de su Santo Espíritu en el corazón de los fieles, para ser atraídos a él; para adherirse a Cristo, agua viva que sacia y calma la sed de Dios, bien supremo y felicidad ansiada por el corazón del ser humano. El verdadero ecumenismo es un movimiento de búsqueda de Cristo y de su voluntad para la Iglesia; por eso, en la medida en que busquemos a Cristo, estaremos buscando la unidad de la Iglesia, reconstruyendo su unidad visible rota por el pecado de la desunión. Que él nos conceda permanecer en él y vivir de su amor y gracia. Amén.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

24 de enero de 2015

                                   + Adolfo González Montes

                                        Obispo de Almería

Pin It

BANNER01

728x90