Lecturas bíblicas: Is 52,13-53,12

                        Sal 30,2.6.12-13.15-17.25

                        Hb 4,14-16; 5,7-9

                          Jn 18,1-19.42

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos comenzado esta conmemoración de la muerte del Señor con la entrada de los ministros en silencio y la postración ante el altar, acompañados los ministros por el pueblo arrodillado. Todos cuantos formamos la asamblea litúrgica a esta hora nona, nos hemos sumido en actitud de humillación y súplica ante el acontecimiento que conmueve todo el universo creado. Sólo cabe el silencio y la meditación al contemplar al Hijo de Dios en el horrible suplicio de la cruz.

Pidamos el auxilio de Dios misericordioso para poder penetrar en el sentido de la muerte de Cristo. Toda la liturgia de este día nos descubre el sentido redentor de la muerte de Jesús por nosotros. El evangelio según san Mateo que leíamos esta mañana en el oficio divino dice que «Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, exhaló el espíritu» (Mt 27,50); y añade que «En esto, el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba a; tembló la tierra y las rocas se hendieron. Se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron» (Mt 27,51-52).

         No sólo la tierra se estremece ante la muerte de Jesús, sino que por su muerte nos han sido perdonados los pecados y hemos sido purificados. En la carta a los Hebreos leemos que Jesús por su muerte abrió el santuario y entró para siempre en él, pero no entró en el santuario del templo de Jerusalén, cuyo velo se rasgó al morir Jesús para dar acceso directo al santo de los santos, el recinto donde sólo entraba el sumo sacerdote una vez al año para realizar el rito de la expiación; Jesús por su muerte y a través del velo de su carne ha entrado en el santuario del cielo, donde penetró no con sangre de machos cabríos, que no podía purificar, sino habiendo vertido su propia sangre por nosotros «de una vez para siempre» (Hb 9,12).

         En el Credo confesamos que, por su muerte, Jesús descendió a los infiernos, que según la concepción de la Biblia en la época de Jesús era el lugar de los muertos, de todos, buenos o justos y malos o condenados para siempre. Al afirmar el evangelista que se abrieron los sepulcros y que muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron, está hablando de la eficacia de la muerte redentora de Cristo; y está diciendo que la muerte del Señor era condición de su victoria definitiva sobre la muerte y principio de la liberación de todos los que a lo largo de las generaciones habían muerto en la amistad de Dios. Un misterio de salvación que se manifestaría de forma definitiva en la resurrección de Jesús de entre los muertos. Por eso, ante la muerte de Jesús el centurión que lo custodia y los guardias que con él custodiaban al Crucificado exclaman: «Verdaderamente éste era hijo de Dios» (Mt 27,54).

         La lectura de la pasión según san Juan que acabamos de escuchar esta tarde del Viernes Santo nos coloca ante Jesús como aquel que, subido en el suplicio de la cruz, revela su condición de Hijo de Dios. Por eso el evangelista que da testimonio de la muerte del Señor describe su alzamiento en la cruz como verdadera exaltación del Redentor del mundo; en la cruz ocupa Jesús, que ha confesado ante Pilato ser verdaderamente rey, el trono desde el que reina sobre el mundo. Dice san Pablo que «Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros, pues dice la Escritura: “Maldito el que cuelga de un madero”» (Gál 3,13). Fue levantado en la cruz para que todos pudieran dirigir hacia él sus miradas y verse libres de la maldición que hizo suya, cumpliéndose así lo que Jesús había dicho de sí mismo: «Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). Hablaba así de su propia glorificación por el Padre.

El letrero que Pilato hizo colocar sobre la cruz decía verdad: Jesús es rey, aunque su reino no es de este mundo. Es un reino de justicia, de libertad, de amor y de paz, un reino de gracia que viene de Dios y es salvación de la humanidad perdida por el pecado. Por eso cuando Pilato muestra a Jesús a la plebe que pide su condena y dice: «Aquí tenéis al hombre» (Jn 19,5), tampoco sabe que dice verdad de fe: Jesús es el hombre nuevo al que Dios ha dado el reino y el poder y la gloria, a quien Dios Padre ha entregado el juicio del hombre y de la historia, y un día vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos y su reino no tendrá fin.

Vemos que Jesús colgado de la cruz siente sed acosado por el tormento, pero su sed más hondamente sentida es sed de salvación para la humanidad, que llegará cuando los hombres todos miren al Crucificado para encontrar en él la salvación, como había profetizado Zacarías y san Juan recoge sus palabras: «Mirarán al que atravesaron» (Jn 19,37; Za 12,10). El vidente del libro del Apocalipsis contempla a Jesús glorificado a quien Dios Padre ha entregado el dominio pleno y universal, es el Hijo del hombre que viene sobre las nubes del cielo, y exclama: «Mirad, viene acompañado de nubes; todo ojo le verá, hasta los que le traspasaron, y por él harán duelo todas las razas de la tierra. Sí. Amén.» (Ap 1,7).

Jesús según el evangelista san Juan fue muerto en la víspera de la fiesta de la Pascua, cuando eran degollados los corderos de la cena pascual del día siguiente, circunstancia que precipitó su sepultura. Esta coincidencia temporal es contemplada por el evangelista para ver en Jesús el verdadero Cordero degollado por nuestros crímenes, como profetizara Isaías. El profeta lo contempla como «varón de dolores, acostumbrado a sufrimientos» (Is 53,3); y dice de él: «Nuestro castigo saludable vino sobre él (…) y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes. Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como cordero llevado al matadero…» (Is 53,6-7).

Como vio en Jesús el cordero pascual, el evangelista ve también con toda verdad en el Crucificado el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo» (Jn 1,29), como lo había llamado el Bautista después de bautizarlo en las aguas del Jordán. Jesús es el cordero pascual degollado, al que no debían según el ritual quebrantar hueso alguno, y por eso cuando lo bajaron de la cruz «viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado y al punto salió sangre y agua» (Jn 19,33-34). La Iglesia ha visto cómo del costado abierto del Redentor manan los sacramentos del bautismo y de la Eucaristía; y vemos cómo Jesús, en verdad, al tiempo que es el cordero pascual cuyos huesos no fueron quebrantados, es también el cordero propiciatorio que contempló el Bautista, el cordero inmolado por los pecados del mundo.

Por eso, como quien ha padecido la pasión y la muerte para salvarnos, es contemplado por el autor de la carta a los Hebreos «coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte, pues por la gracia de Dios gustó la muerte para bien de todos» (Hb 2,9). Por eso es el Sumo Sacerdote que puede compadecerse de todas nuestras debilidades y flaquezas, porque ha sido «probado en todo, igual que nosotros, excepto en el pecado» (Hb 14,15). Podemos, pues, «confiadamente acercarnos al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para ser socorridos en el tiempo oportuno» (Hb 4,16).

Por medio de Jesús Sumo Sacerdote de los bienes imperecederos oramos esta tarde por la Iglesia y por el mundo. La cruz de Cristo nos ha salvado y por eso adoramos esta cruz bendita que es manantial de gracia para el mundo. Dios ha redimido nuestros pecados en el amor que contiene esta cruz que hoy adoramos. En ella están todos los sufrimientos de los hombres, nuestros dolores y quebrantos, físicos y morales, los crímenes que han aniquilado la vida de tantas víctimas sometidas a vejaciones y torturas, a muertes violentas y aterradoras, las enfermedades físicas y mentales que han llevado a sufrimientos incontables. El dolor del mundo ha encontrado en la cruz de Jesús un nuevo horizonte porque Dios lo querido hacer suyo en Jesucristo por puro amor. La misericordia de Dios y su compasión del hombre creado por amor han vencido en la muerte de Jesús en la cruz el dolor y el pecado. Dios ha derrotado en esa cruz el poder de la muerte, abriendo el corazón del hombre a la esperanza que se funda en la gloriosa resurrección del Salvador. Podemos decir, en verdad: ¡Victoria, tú reinarás! / ¡Oh cruz, tu nos salvarás!

Terminamos estas reflexiones mirando a la Virgen dolorosa junto a la cruz de su hijo, transida de dolor y unida al Crucificado con el amor con acogió al Hijo de Dios en sus entrañas. Con el discípulo amado, que la recibió por madre de labios de Jesús ya agónico en la cruz, estamos también nosotros a los pies de esa cruz, sostenidos por la fe que ella mantuvo, y alentados por la esperanza con la que ella aguardó la resurrección. Que ella, la Madre del Redentor, fortalezca nuestra fe en la redención de su Hijo y nos ayude a ser testigos del amor de Dios ante los hombres nuestros hermanos.

S.A. I. Catedral de la Encarnación

3 de abril de 2015

Viernes Santo

                               + Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

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