Lecturas de la Vigilia aludidas y comentadas en la homilía:

 

Gn 1,1-31; 2,1-2

Sal 103,1-2.5-6.10-13.24

Gn 22,1-18

SAL 15,5.8-11

Éx 14,15-15,1

Sal: Éx 15,1-6.17-18

Is 54,5-14

Sal 29,2.4-6.11-13

Ez 36,16-28

Sal 41,3.5bcd; 42,3-4

Rom 6,3-11                    

Mc 16,1-8

        Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia de la luz con la que hemos abierto esta noche la Vigilia pascual proclama que Cristo resucitado de entre los muertos es la luz del mundo. Jesús antes de su pasión había dicho: «Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). Esta luz ha brillado esta noche santa simbolizada en el cirio pascual. El pregón de Pascua lo ha proclamado a toda la Iglesia, para que la esperanza de los hombres no sucumba ante las tinieblas del mal y del pecado. Con la luz de Cristo hemos sido iluminados en nuestro bautismo, que los antiguos padres de la Iglesia consideraron como la verdadera iluminación de cuantos venían a la fe.

Jesús, como dice el evangelio de san Juan es «la luz verdadera que ilumina a todo hombre, viniendo a este mundo» (Jn 1,9); y es la luz de Cristo la que ilumina a quien recibe el bautismo, haciendo de él sacramento de la fe, porque si la fe lleva al bautismo, a su vez el bautismo da la fe que es la luz de la vida que ha brillado en Cristo. Por eso, el autor de la carta a los Hebreos habla de los bautizados como de aquellos que «han sido iluminados» (Hb 10,32).

La luz de Cristo, contenido de las Escrituras, comenzó a brillar en los albores del mundo, cuando Dios quebró el caos del mundo primero y dijo «Que exista la luz. Y la luz existió» (Gn 1,3). Separada la luz de las tinieblas, éstas siempre han odiado la luz, por eso, cuando el Verbo de Dios se hizo carne, el mundo no reconoció en él la luz, pero «las tinieblas no la vencieron» (Jn 1,5). La resurrección de Jesús es la victoria sobre el poder de las tinieblas, la victoria sobre el pecado y la muerte como oscuridad eterna.

Dios no sólo creó el mundo sino que puso al hombre en él, como hemos escuchado en el libro del Génesis para felicidad y vida sin fin, designio de Dios que frustró el pecado de Adán. Cristo, el nuevo Adán, ha restaurado en su victoria sobre la muerte, sobrepasando incluso el orden del mundo creado, para trasladarnos al reino de la luz, como dice san Pablo: «Él [Cristo] nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino de su Hijo querido, en quien tenemos la redención, el perdón de los pecados» (Col 1,13-14).

Es imposible dar cuenta del contenido de las lecturas de esta noche en una breve homilía, pero estas lecturas nos han conducido a través de la historia de la salvación, que Dios orientó a Cristo como meta de la humanidad. Para que todos los pueblos puedan alcanzar esta meta, Dios eligió a Israel y dispuso manifestarle sus designios mediante la palabra de los profetas. La alianza de la antigua Ley fue el pacto que Dios hizo con el pueblo de la elección, entregándole la Ley. Elegidos en Abrahán, padre de los creyentes por no haber dudado en sacrificar a su propio hijo, Dios hizo su descendencia «como las estrellas del cielo y como la arena de las playa» (Gn 22,17); y así por Abrahán Dios prometió que serían «bendecidas todas las naciones de la tierra» (Gn 22,18).

Los israelitas nuestros padres tuvieron en Moisés el caudillo que había de guiarlos a la tierra de promisión, liberándolos de la esclavitud de Egipto y haciéndoles pasar el Mar Rojo camino de la libertad, y «aquel día salvó el Señor a Israel de la mano de los egipcios» (14,30). En la oración que sigue a la lectura del libro del Éxodo, hemos recitado esta convicción de fe: «el Mar Rojo fue imagen de la fuente bautismal, y el pueblo liberado de la esclavitud, imagen de la familia cristiana», que crea el bautismo como regeneración de la humanidad pecadora.

A pesar de las infidelidades del pueblo elegido, de dura cerviz, Dios renovaría la alianza hecha con su pueblo mediante Moisés, atrayéndolo de nuevo con misericordia y promesas de justicia: «Tus hijos serán discípulos del Señor, tendrán gran paz tus hijos. Tendrás firme asiento en la justicia» (Is 54,13-14). Después, ya cercano el tiempo de la nueva Alianza, Ezequiel profetizó que Dios volvería a reunir a los «dispersos por los países» (Ez 36,19), de forma que pudiera cumplirse la promesa hecha a David sobrepasando el horizonte en que fue pronunciada en el verdadero heredero de la dinastía, Jesucristo nuestro Señor. Dios recogió a sus elegidos de entre las naciones, para infundir en ellos el espíritu nuevo de la regeneración mediante el don gozoso del agua viva «de las fuentes de la salvación», que sacia el alma que «anhela como la cierva las corrientes de agua y tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 41,2-3). El agua viva que es el Espíritu Santo fruto de la redención. Por eso san Juan dirá: «Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él; porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado» (Jn 7,39).

Por eso, a la liturgia de la Palabra esta noche sigue ahora la liturgia bautismal, para la que se han preparado los catecúmenos en las distintas comunidades cristianas de todo el mundo a lo largo de un extenso catecumenado. Ellos pidieron a la Iglesia al entrar en el catecumenado la fe. San Ildefonso de Toledo recuerda las palabras de Jesús que dijo de sí mismo: «Yo soy la puerta. Si alguno entrare por mí, se salvará» (Jn 10,9); y comentando estas palabras de Jesús comenta: «Empiezan así a abrirse los inicios sacramentales de la fe cristiana para quien, regenerado por el bautismo, después de la recepción del Espíritu Santo se entregare a Cristo por la participación del cuerpo de Cristo» (De cognitione baptismi, n. 1,19). Esta noche la puerta se abre para los catecúmenos y pasando por las aguas prefiguradas en las corrientes del Mar Rojo, convertidas en aguas de salvación, los bautizados entran en el casa espiritual de la Iglesia, son regenerados por el Espíritu Santo y hechos participes de la vida divina que llega por la unción con el santo Crisma y la participación en la mesa de la Eucaristía.

Por eso san Pablo nos recuerda que por el bautismo «nuestra vieja condición ha sido crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores, y nosotros libres de la esclavitud del pecado» (Rom 6,6), de suerte que la muerte ha perdido dominio sobre los que están en Cristo. El bautismo con figura mística y sacramentalmente con la muerte y resurrección de Cristo; y la Confirmación —como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica— nos inserta de modo más perfecto en Cristo al hacer más efectiva y llevar a plenitud nuestra inserción en la Iglesia como hijos adoptivos de Dios y testigos de la salvación de Cristo en el mundo (cf. CCE, n. 1303).

Nada de esto podría haberse convertido en realidad, si Cristo no hubiera resucitado de entre los muertos. Por eso la noticia de la Pascua es que llevaron las santas mujeres a Pedro y los discípulos: que el sepulcro de Cristo está vacío, porque el Señor ha vencido a la muerte y nos lleva consigo a la vida inmortal que no termina, abriéndonos las puertas del reino de los cielos. El ángel dijo a las santas mujeres: «—No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron» (Mc 16,6).

Renovemos, queridos hermanos y hermanas, las promesas de nuestro bautismo y por la celebración de la Pascua a la que nos hemos preparado mediante el ejercicio de la Cuaresma, abramos nuestra vida a la acción de la gracia divina, para que Dios realice en nosotros la renovación de nuestra vida cristiana mediante el Espíritu Santo de la santificación, para que fortalecidos en la fe demos testimonio de Cristo y de la verdad de la salvación que hemos conocido haciéndola realidad en nosotros.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

4 de abril de 2015

Vigilia pascual

                                    + Adolfo González Montes

                                          Obispo de Almería

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