Lecturas bíblicas: Hech 2,14a-36-41

                        Sal 22,1-6

                        1 Pe 2,20b-25

                        Jn 10,1-10

         Queridos hermanos y hermanas:

         Clausuramos hoy con la solemne celebración de la santa Misa la Visita pastoral que he realizado durante algunos días del pasado mes de marzo a las parroquias de esta histórica villa y sus barriadas y pedanías. Hemos hecho el paréntesis de Semana Santa, para poder dispensar en este tiempo privilegiado de la Pascua el sacramento de la Confirmación en esta misa de clausura. Justamente en este IV Domingo de Pascua viene la Iglesia celebrando el domingo del Buen Pastor, lo que nos permite contemplar la identidad de Jesús como enviado del Padre para la salvación del mundo a la luz de esta bella imagen del Buen Pastor, que da la vida por las ovejas.

Durante los días de la visita pastoral se han sucedido los distintos encuentros del Obispo diocesano con los grupos humanos y los diversos estados de la principal comunidad, la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, cuyo templo nos acoge, y de las comunidades que son pastoralmente servidas de forma conjunta con ella. El Obispo se ha encontrado con las religiosas que están al servicio de las obras apostólicas, pastorales y caritativas de la Iglesia; con las hermandades y cofradías, y grupos apostólicos y parroquiales que colaboran en la acción pastoral; muy en particular con miembros de los consejos parroquiales y las comisiones de asuntos económicos de las distintas parroquias. Todos han expuestos sus puntos de vista al Obispos como Pastor de la Iglesia diocesana sobre el estado de la vida cristiana y las acciones apostólicas y pastorales de que se ocupan. Hemos visto las dificultades con las que se encuentra la presencia y acción de la Iglesia en nuestra sociedad actual, ampliamente inspirada por la fe cristiana, a pesar de la secularización de la vida y del alejamiento de muchas personas de la vida de la Iglesia. Siendo tan hondo el arraigo de la piedad popular entre vosotros, queridos fieles, es preciso que hagáis cuanto esté en vuestra mano para que este rico patrimonio religioso sirva al mayor crecimiento de la fe y a su proyección catequística, y para que acerque al culto cristiano a los que se han alejado de la práctica de la fe.

Ha sido hermosa la celebración de la misa con los ancianos que atienden las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, que incluyó la dispensación del sacramento de la Unción de los enfermos en su iglesia residencial. Este encuentro completaba la visita que realicé al Hospital de la Inmaculada, donde pude estar con los médicos y sanitarios que se encontraron conmigo y me guiaron por los departamentos y salas del centro hospitalario, donde también impartí la unción a algunos enfermos. Es necesario animar el testimonio y fortalecer la inspiración cristiana del personal sanitario y de su generoso compromiso profesional al servicio de la curación de los enfermos. También ha sido para mí grande alegría el encuentro que me proporcionó la catequesis que impartí a los niños que se preparan para la primera Comunión en la iglesia parroquial. Los niños llenaron la iglesia parroquial acompañados de sus padres y catequistas. Junto con los sacerdotes, religiosas y catequistas he insistido en la importancia que para la transmisión de la fe tiene seleccionar y formar bien a los catequistas que acompañan la iniciación cristiana de los niños y adolescentes.

No ha faltado en la visita el encuentro con los consejos económicos y el examen de las iglesias y sus necesidades parroquiales en Overa, Nieva y San Isidro, cuya visita se añade a la que la realicé hace algún tiempo ya en estos años a otras parroquias de las pedanías del Saltador, San Francisco y Góñar. Desde aquí agradezco una vez más a las autoridades locales la generosa acogida que me han dispensado en la visita institucional al Ayuntamiento. Sé que hacen lo que está en su mano y agradezco la colaboración que legítimamente puedan prestarnos para la conservación y el mejor mantenimiento del patrimonio religioso de esta histórica villa y sus pedanías. Les he manifestado mi disposición a declarar Patrona del municipio a la Santísima Virgen del Río, si así lo solicitan atendiendo al deseo manifestado por tantos miles de huercalenses.

Quiera el Señor bendecir con vocaciones sacerdotales la vida cristiana de esta parroquia referencial de Nuestra Señora de la Asunción y la de las comunidades unidas a su atención pastoral, que requieren contar una atención lo más cercana y completa posible. Quiera asimismo bendecir y estimular el apostolado seglar, y respaldar la colaboración que algunos laicos bien dispuestos y generosos prestan a la vida cristiana de estas comunidades. Estas vocaciones sacerdotales y a la vida religiosa se fraguan en la educación de la fe de niños y adolescentes. Por eso, esta misa que cierra la visita pastoral ha de elevar al Señor una honda y sentida súplica por las vocaciones, justamente cuando son presentados a la Confirmación un buen número de adolescentes. Se hace preciso cultivar la vocación en los niños y en los jóvenes y animarles a que escuchen sin temor y con alegría la llamada del Señor que hoy por medio del Obispo les invita a pensar en la vocación justamente en esta Jornada de oración por las vocaciones tanto a la vida religiosa y de consagración como al ministerio ordenado. Esta jornada ha despertado este año en nuestra diócesis una gran respuesta en los adolescentes y jóvenes interesados en la vida sacerdotal y en la vida religiosa y de consagración.

De nuevo la lectura de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a Pedro con los Once levantando la voz el día de Pentecostés, para decir a los israelitas: «Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías» (Hech 2,14a.36). Ante el anuncio de Pedro los israelitas preguntan qué han de hacer y Pedro les dicen sin ambages: «Convertíos y bautizaos todos en el nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el Espíritu Santo» (2,38). Poco después del discurso de Pedro en Pentecostés, Pedro y Juan curaron al paralítico que pedía limosna en la puerta llamada Hermosa del Templo y, sin temor alguno, anunciaron con claridad cómo Jesús es «la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; ningún otro puede salvar y, bajo el cielo no se ha dado otro nombre que pueda salvarnos» (Hech 4,11-12).

No hay salvación fuera de Jesús y la conversión a Jesús es el fin y el objetivo de la predicación de los Apóstoles. Al anuncio sigue la llamada a la conversión y al bautismo, sacramento de la fe que vosotros, queridos confirmandos recibisteis poco después de nacer, para ser educados en la fe de la Iglesia. Si se os retrasó la recepción del sacramento de la Confirmación, sacramento del Espíritu Santo, fue para que pudierais madurar en la fe durante un tiempo importante para todo cristiano como es el tiempo en que el niño y el adolescente se van poco a poco preparando para recibir los dos sacramentos que siguen al bautismo y que deberíamos impartir por este orden: Confirmación y Eucaristía o de forma simultánea en secuencias seguidas.

Por tanto, hoy concluís vuestra iniciación cristiana y os integráis de un modo más perfecto en la Iglesia al uniros más estrechamente a Cristo por la acción del Espíritu Santo en vosotros. Sucede así también para los adultos que no habían recibido la Confirmación y hoy son marcados como vosotros con el sello del don del Espíritu Santo. Este sello imprime en vosotros una marca indeleble, que no se puede borrar, porque pertenecéis a Cristo para siempre. Habéis sido redimidos por la sangre de Jesús, que murió por nosotros en la cruz y resucitó de entre los muertos para que enviarnos desde el seno del Padre el Espíritu de la verdad y de la santificación. De la verdad, porque nos revela el misterio de Dios, que es un misterio de amor en el cual tiene origen la vida y también tendrá en él consumación perfecta, porque estamos destinados a participar de la vida divina en plenitud. Cristo resucitado nos llevará con él para vivir siempre en Dios y alcanzar la plena felicidad a la que aspira anhelante el corazón humano.

Espíritu también de la santificación, porque Jesús rogó al Padre para que sus discípulos se santificaran como él mismo se santificaba por ellos, dice san Juan, en comunión con el Padre: «para que ellos también sean santificados en la verdad» (Jn 17,19b).

Los cristianos recibimos el Espíritu Santo para ser santificados en la verdad y acoger la palabra de Dios que nos revela su misterio y nos descubre que hemos sido creados para Dios. Nada más alejado de nuestra condición de hijos de Dios que vivir de espaldas a Dios. Jesús rogo para que recibiéramos el Espíritu Santo que nos mantiene unidos a él, porque por medio de Cristo hemos sido hechos hijos adoptivos de Dios. La Confirmación concede la plenitud del Espíritu Santo a los bautizados y los «confirma en la verdad» de la fe, haciendo de ellos testigos de Dios ante los hombres, como miembros plenos de la Iglesia, que ha sido enviada al mundo para anunciar la Buena Nueva de la salvación. Para poder llevar esta tarea adelante, que es misión de evangelización, al ser enviados por Jesús sus discípulos fueron fortalecidos, como lo vais a ser vosotros los unge hoy con la unción del Espíritu Santo, que derrama sobre vosotros sus dones, sus «carismas». El Espíritu os guiará a seguir de cerca a Jesús en el camino de la vida, os ayudará a vivir en el amor de Dios la llamada del amor que se convierte en comunión de vida en el matrimonio verdadero de hombre y mujer, para crear una familia cristiana cuando llegue el momento. El mismo Espíritu es el que invita a algunos de vosotros a seguir al Señor como sacerdotes y como religiosos y religiosas, entregándole la totalidad de su vida sin dividir el corazón.

A los que Dios llama al sacerdocio, el Espíritu Santo los coloca ante la imagen de Jesús, al que san Pedro llama «pastor y guardián de vuestras vidas» (1 Pe 2,25), para añadir de qué modo Jesús dio su vida por las ovejas, padeciendo por los pecadores, porque Jesús «llevó nuestros pecados en su cuerpo, a fin de que muertos a nuestros pecados, vivamos para la justicia» (1 Pe 2,24b). Jesús no es como los que asaltan el aprisco de las ovejas para robar y matar, saltadores y ladrones que en el rebaño hacen estragos. Jesús no es como los malos pastores que no guardan bien ni protegen a las ovejas; no es como el asalariado, que no es dueño de las ovejas y las deja expuestas al peligro huyendo cuando viene el lobo haciendo en el rebaño grande daño. Jesús conoce a cada una de sus ovejas y las llama por su nombre y las ovejas lo siguen porque conocen la voz del pastor. Jesús, que se entrega por las ovejas hasta la muerte, y dice por eso con toda justicia de sí mismo: «Yo soy el buen pastor (…) Yo doy mi vida por las ovejas» (Jn 10,11b.15b).

Para seguir guardando y para llevarlas a las verdes praderas del amor de Dios y de la salvación, Jesús quiere prolongar su pastoreo bienhechor en el ministerio de los sacerdotes, que él quiere santos y moldeados a su imagen según el corazón misericordioso de Dios, para poder curar las heridas de todos y sanar las enfermedades que quedan simbolizadas en el pobre paralítico al que curaron Pedro y Juan; y para hacer de los que están alejados verdaderos hijos de Dios, como dice san Juan: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3,1).

Se lo pedimos hoy a la Santísima Virgen, a cuya intercesión unimos la del santo Cura Valera, cuyos restos mortales guarda esta iglesia parroquial, para que los pastores de la Iglesia sean, como hemos dicho con la Escritura, pastores según el corazón de Dios a imagen de Jesús. En este año de la vida consagrada, le pedimos a Santa María de la Asunción que haya quien abrace la vida consagrada femenina, jóvenes que quieran ser religiosas y capaces de encarnar la tierna y maternal atención con que Dios nos cuida, jóvenes que llamadas a la vida consagrada femenina quieran encarnar el misterio maternal de la Iglesia, madre y servidora de los pobres y necesitados. Que Santa Teresa de Jesús, que renovó en tiempos difíciles la vida religiosa y pedía «amigos fuertes de Dios», así se lo pida al Señor uniendo su intercesión a la intercesión poderosa de la Madre del Hijo de Dios y madre nuestra.

Huércal-Overa

Iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción

26 de abril de 2015

                                                + Adolfo González Montes

                                                        Obispo de Almería

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