Lecturas bíblicas: 1 Re 8,55-61

                            Sal 137,1-5

                           Ef 1,3-14

                                  Lc 17,11-19

 

Querido Sr. Cura párroco y hermanos sacerdotes;

Excelentísimas e ilustrísimas Autoridades;

Queridos hermanos y hermanas:

Nos reunimos hoy en esta iglesia parroquial de Santa María recién restaurada, para dar gracias a Dios por habernos permitido llegar a la culminación de esta obra que ha requerido esfuerzo y dedicación, pero sobre todo fe y aliento espiritual, porque es resultado principalmente de la fe de los fieles y de la vida espiritual de la comunidad parroquial.

Sin duda que hay razones culturales y de orden social que motivan el interés por una edificación singular como esta hermosa iglesia parroquial de Santa María, para emprender con empeño su puesta en valor tras el grave deterioro que sufría su fábrica, resultado inevitable del paso de los años. La necesidad muy urgente de afrontar la cubierta no era suficiente, la fábrica del templo requería una intervención mucho más profunda, tanto para su consolidación como para sanear sus lienzos y paramentos, y sobre todo sus pilastras, que en algunos casos han ha sido preciso rehacer su estructura. Carente de materiales suficientemente resistentes que abarcaran toda su estructura, la fábrica acusaba en verdad el paso de los siglos; el transcurso del tiempo había terminado por hacer mella en ella y se hacía necesaria una intervención que le devolviera solidez y capacidad para afrontar el tiempo venidero.

Hoy tenemos podemos contemplar el resultado de los trabajos realizados y las modificaciones que se hacían necesarias para poder celebrar en ella los misterios de la fe conforme a la mente y norma de la Iglesia tras el II Concilio del Vaticano y la nueva normativa de la celebración litúrgica; aunque aún falta un elemento tan importante como el nuevo altar, sin cuya consagración no es posible dedicar una iglesia conforme a la norma litúrgica y canónica. Aun así, hoy damos gracias a Dios porque nos ha concedido llevar adelante entre todos y a feliz término una restauración de tanta envergadura. La obra realizada devuelve a la iglesia de Santa María su esplendor y la habilita para su finalidad propia, como es la acogida de la asamblea litúrgica de los fieles y el ejercicio del culto católico. Cuando se acerca la bajada de la sagrada imagen de la Santísima Virgen del Saliente desde su santuario del Buen Retiro de los Desamparados hasta la población que tanto ama a la Madre de Dios, expresando este amor en la veneración de su sagrada imagen, la renovada belleza de la iglesia parroquial está dispuesta para darle la bienvenida.

Esta iglesia parroquial es testigo de la historia de fe que ha inspirado la vida de los albojenses a lo largo de los siglos, desde su recuperación para la cristiandad tras la dominación musulmana; y hoy esta iglesia renovada en su factura material es recinto que acoge la celebración de los misterios de la fe igual que lo fue desde su construcción, no sin haber superado vicisitudes históricas que, gracias a Dios, van quedando atrás y que pusieron en peligro su fábrica y la despojaron de su ornamentación.

Gracias a Dios hoy todos cuantos nos sentimos miembros de la misma sociedad y herederos de la cultura cristiana que inspiró esta hermosa edificación y le dio sentido como marco de comprensión global de la vida. Todos los hijos de esta industriosa villa de Albox, independientemente de la actitud religiosa que pueden legítimamente tener las personas, reconocen en esta iglesia parroquial no sólo un edificio singular construido en las primeras décadas del siglo XVIII, sino su finalidad principal como edificio religioso vivo y no sólo como monumento catalogado. Es esta finalidad la que ha ayudado a conservar y mantener su misma realidad física a lo largo del tiempo. La iglesia de Santa María que hoy aparece hermoseada por la restauración realizada en ella, es un ejemplo de la mejor colaboración entre las instituciones de la sociedad y la Iglesia, cumpliendo de esta manera el mandato constitucional de cooperación y entendimiento desde la independencia de las instituciones del Estado y la realidad social e institucional de la Iglesia Católica. No echemos a perder lo que tenemos y que otros países salidos de dictaduras totalitarias, y que hoy se alinean en la Unión Europea, han querido reconstruir tras la dura experiencia de su reciente historia. Permítanme agradecer vivamente a la Diputación Provincial su colaboración con el Obispado, y al Ayuntamiento de la villa su decidida voluntad de cooperación institucional. La valiosa colaboración institucional con el Obispado y la parroquia, que han canalizado los donativos de tantos fieles, ha hecho posible tan hermoso resultado.

No podemos, sin embargo, quedarnos en un discurso para la ocasión, sino explanar para toda la asamblea de los fieles las lecturas sagradas que hemos proclamado y que iluminan y dan sentido a nuestra reunión litúrgica, al mismo tiempo que lo reciben de ella. Nosotros, que tenemos fe en el Dios vivo que ha resucitado a Jesucristo de entre los muertos, queremos hoy y siempre darle gracias por disponer de este recinto sagrado, mientras son tantos los cristianos que ven destruidas sus iglesias juntamente con sus hogares y sus bienes. No podemos olvidar a cuantos pasan por necesidades humanas y perentorias y han de ser socorridos para poder adquirir un hogar donde vivir en familia, al que han tenido que renunciar por pérdida del trabajo, como ha sucedido en tantos casos durante el tiempo de la crisis social y económica que, quiera Dios que pronto haya sido del todo superada. Tampoco queremos ignorar el despojo y la necesidad perentoria en que quedan los que han padecen desastres naturales que han devastado poblaciones enteras como el reciente terremoto de Nepal, una catástrofe natural que ha sumido un país pobre en la mayor desolación y pide de nosotros la mayor solidaridad.

El Rey Salomón daba gracias en la plegaria de dedicación del templo de Jerusalén, él que construyó para Dios siguiendo las instrucciones de su padre David. En esta plegaria el rey de Israel agradece a Dios haber liberado al pueblo de su elección de la esclavitud. La oración llena de agradecimiento evoca la constante presencia de Dios a lo largo de la historia de Israel hasta su consolidación como nación. El rey reconoce la constante protección de Dios: «No ha fallado ni una sola de las promesas que hizo por medio de su siervo Moisés» (1 Re 8,56). Demos gracias a Dios porque nos permite contemplar el fruto del esfuerzo común y reconozcamos con generosidad humilde que cuanto somos y tenemos es obra de la misericordia divina, porque Dios nos ha bendecido en Cristo.

Conocemos cuanto dice el salmista: «Si el Señor no construye la casa / en vano se cansan los albañiles; / si el Señor no guarda la ciudad, / en vano vigilan los centinelas» (Sa 127,1). Las palabras del salmo tienen en el evangelio de san Juan una referencia a la mediación única de Jesucristo en nuestra salvación en las palabras del mismo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la vid y vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5).

¿Cómo no dar gracias a Dios por medio de Jesucristo si de él hemos recibido cuanto somos y nuestra herencia cristiana, es decir la fe en Cristo que ha inspirado nuestra historia y nuestra cultura? Hoy corremos el riesgo de alejarnos de esta visión cristiana de la vida, cercados por el materialismo agnóstico de nuestro tiempo, que debemos combatir dejándonos iluminar por la fe que alimenta un modo de comportamiento ético que nos aparta de la corrupción de este mundo. Tenemos que suplicar la ayuda de la gracia de Dios y esta casa es lugar adecuado para ello. No es una sala polivalente, porque todo en ella tiene un sentido propio, expresando en la disposición y elementos la salvación que nos viene de Dios y nos redime del pecado. De ahí la importancia del altar, piedra angular sobre la que se levanta el edificio de la Iglesia, congregación de la humanidad redimida por Cristo.

Si venimos a invocar a Dios en esta casa, en ella encontraremos el socorro de la gracia, y podremos decir con el salmista: «Cuando te invoqué me escuchaste, / acreciste el valor en mi alma» (Sal 137,3). Sobre el altar celebramos el misterio eucarístico y hacemos memoria de nuestra redención por medio del misterio pascual de Cristo, su muerte y resurrección gloriosa. La Eucaristía es la acción de gracias por excelencia de la Iglesia, pue eso significa la palabra griega eucaristía, acción de gracias. Damos gracias a Dios porque nos ha otorgado el perdón de los pecados y por medio de la celebración de los sacramentos de nuestra fe, particularmente de la Eucaristía, la salvación nos llega de lleno en sus efectos de gracia, de sanación de nuestras heridas y de santificación. Nuestra acción de gracias ha de ser expresión de un corazón redimido y regenerado, como el corazón agradecido del leproso que fue curado con otros nueve, pero sólo él volvió para dar gracias a Jesús. La acción de gracias es, expresión, no sólo del contento de quien experimenta la salvación sino de la misma salvación que obra la curación de quien la recibe. Por eso, la acción de gracias es confesión de fe, y la fe es el principio de la salvación como Jesús dice en el evangelio que hemos escuchado. Le dice al leproso curado y agradecido: «Levántate, vete: tu fe te ha salvado» (Lc 17,19).

El Nuevo Testamento recoge varios himnos de acción de gracias por la salvación que Dios ha obrado en nosotros por medio de Jesucristo. Entre ellos, el que hoy hemos escuchado como segunda lectura. Con san Pablo digamos «Bendito sea Dios, padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales» (Ef 1,3). Así hemos sido, en verdad bendecidos con bienes del alma y del cuerpo, y a pesar de nuestras debilidades, defectos y pecados, nos ha permitido vivir conforme a la fe que profesamos y dar testimonio de Cristo. Esta fe nos ayuda a vivir y da sentido a cuanto hacemos, a nuestra vida personal y familiar, a nuestra actuación social. Hemos de permanecer unidos a Cristo para dar fruto y así se lo pedimos a Dios, suplicando por Cristo que nos envíe siempre el don de su Santo Espíritu, para que nuestra conducta no desdiga del nombre de cristiano. Por Cristo hemos llegado a ser hijos adoptivos de Dios, Padre de todos, y es él, Cristo resucitado, el que envía a los apóstoles después de su resurrección, y nos envía a nosotros al mundo de nuestro tiempo para que ofrezcamos un modo de ser y de estar en la vida que anuncie la bendición de que hemos sido destinatarios por la misericordia de Dios en Jesucristo muerto y resucitado.

Que la Virgen del Buen Retiro, Santa María del Saliente, Madre de los discípulos de su Hijo y amparo de los desamparados, lo consiga de Cristo, para que seamos verdaderos discípulos, dignos de aquel que nos ha enviado como sus testigos ante los hombres.

Iglesia parroquial de Santa María

Albox, 30 de abril de 2015

                           + Adolfo González Montes

                                  Obispo de Almería

                       

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