Ordenación de dos nuevos diáconos

Textos bíblicos: Hech 2,1-11

                      Sal 103,1ab.24ac.29bc-30.31 y 34

                      1 Cor 12,3b-7.12.1-13

                      Jn 20,19-23

         Con la solemnidad de Pentecostés llega a su culmen la cincuentena pascual y se cierra el tiempo santo de la Pascua. El cirio pascual que ha brillado en el presbiterio será trasladado al baptisterio, pero no se apagará, porque el Resucitado prometió a sus discípulos: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Al concluir este tiempo pascual hemos suplicado a Dios Padre que conserve siempre en nuestra vida y en nuestras costumbres la alegría de estas fiestas de Pascua, que ahora clausuramos (Misal Romano: Oración colecta de la misa del sábado de la VII Semana de Pascua). La alegría de la Pascua nos acompaña en esta celebración de Pentecostés, por medio de la cual llegan a los efectos del derramamiento del Espíritu Santo, le gran don del Resucitado. Lo hemos escuchado a Jesús en estos días, despidiéndose de sus discípulos: «Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy os lo enviaré (…) Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre» (Jn 16,7.28).

Jesús deja el mundo al que vino para llevar a término el designio del Padre y realizar nuestra salvación. Cumplida la obra de la redención por el misterio pascual de su muerte y resurrección, el retorno de Jesús al Padre después de la pasión y la cruz, a las que siguió la resurrección, es la glorificación del Hijo que vino de él. Por su encarnación y vida entre los hombres, Jesús se ha hecho uno de nosotros menos en el pecado; y al retornar al Padre en su ascensión, lleva consigo nuestra plena humanidad, que en su glorificación junto al Padre adelanta la gloria que nosotros esperamos alcanzar de la misericordia de Dios.

El evangelio de san Juan que hemos escuchado da cuenta de la aparición del Resucitado a los discípulos en el atardecer del día primero, el domingo de la resurrección. Jesús sopla sobre sus discípulos y les dice: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,23). Es la crónica de san Juan narrando la irrupción del Espíritu Santo sobre sus discípulos. El evangelista ve en el Resucitado al portador del Espíritu Santo, que derrama sobre sus discípulos con el soplo sobre ellos. Para san Juan el Resucitado está ya con el Padre y se deja ver para consolidar la fe y disipar las dudas. Les dice: «¿Por qué surgen dudas en vuestro corazón?» (Lc 24,38). Jesús les deja ver su humanidad glorificada, para consolidar su fe y les fortalece con el don del Espíritu Santo para que lleven al mundo la salvación.

Hemos de detenernos en la narración de san Juan, sin que nada perdamos de lo que nos dice: Jesús es portador del Espíritu y lo comunica a sus discípulos para que sean ellos ahora los que administren los frutos de la redención, que trae consigo el perdón de los pecados. Este fragmento del evangelista viene precedido en las lecturas bíblicas que hemos proclamado, como la narración de Pentecostés que nos transmite san Lucas. Según este evangelista los discípulos, una vez que recibieron el Espíritu Santo, salieron fuera del cenáculo, donde estaban recluidos por miedo a los judíos, para anunciarles a ellos y a cuantos habían peregrinado a la ciudad santa de Jerusalén con motivo de la fiesta de Pentecostés, la Buena Noticia de la resurrección y glorificación de Jesús. Pentecostés era en un principio la fiesta de la siega, de la recolección de las cosechas, pero se fue transformando en la fiesta de la renovación de la Alianza de Dios con su pueblo elegido en el Sinaí. Situada cincuenta días después de Pascua, la fiesta evoluciona para convertirse en el memorial de la Alianza entre Dios con su pueblo. Se conmemoraba la Alianza que cincuenta días, es decir, siete semanas después de la salida de Egipto había hecho Dios con Israel.

Esta es la fiesta de Pentecostés que se celebraba en tiempos de Jesús y de la que habla el evangelista. En el marco de esta fiesta llegan los discípulos por la acción del Espíritu, que conforme a su promesa el Resucitado les ha enviado desde el seno del Padre, a la comprensión de la verdad plena de la salvación que Jesús ha traído al mundo con su misterio pascual. El Espíritu les hace entender que todo lo sucedido con Jesús estaba anunciado en las Escrituras, y que ellos han de anunciarlo a todos, porque todos los pueblos son ahora congregados por el anuncio de al salvación.

En Pentecostés la confusión de lenguas que dividió a los hombres por el pecado llega a su término, porque ahora todos entienden la lengua universal de la salvación y se congregan en la nueva comunidad de Dios que nace de Pentecostés, la Iglesia de Jesús, que se hace realidad por la predicación del perdón de los pecados. Es lo que quiere transmitir la narración de san Lucas: todos entienden el discurso de Pedro, aunque procedan de países diversos: «cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua» (Hech 2,11).

La acción del Espíritu Santo recrea el interior del hombre, a quien se le han perdonado los pecados. La acción del viento y del fuego limpia, símbolos de la acción del Espíritu, es acción de purificación y cambio interior mediante la fe en Cristo resucitado. La fe es obra del Espíritu en los oyentes de la predicación. Por eso preguntarán a Pedro: «”¿Qué hemos de hacer, hermanos?”. Pedro les contestó “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo”» (Hech 2,37b-38).

Hay dos cosas en las que deben os reparar: la exigencia de conversión que demanda la palabra de Dios, y la mediación del perdón en el ministerio de los Apóstoles y de sus sucesores. La comunidad no puede perdonarse a sí misma, del mismo modo que tampoco es dueña de la palabra de Dios que anuncian los Apóstoles con su autoridad y potestad de Jesús, que es quien los envía. Esto, en efecto, pone de manifiesto que la mediación de la salvación en el ministerio manifiesta a todos que la salvación viene de lo alto y es don de Dios. La ha confiado a hombres pecadores como todos los demás, y ha querido hacerlo para así para prolongar en la Iglesia y en el mundo el envío de Jesús como único salvador de los hombres. Como el Padre ha enviado al Hijo así Cristo Jesús, el enviado del Padre, envía a los apóstoles, para que por medio de ellos siga resonando el mensaje de la salvación y se administre el perdón a quienes se convierten a Dios. Esto es lo que significa un dicho tantas veces mal interpretado: que fuera de la Iglesia no hay salvación. Es decir, Dios por medio de Cristo ha querido hacer de la Iglesia el sacramento de la salvación universal que Dios ofrece al mundo.

Hoy ordenamos dos nuevos diáconos que vienen a unirse a los tres diáconos que, si Dios nos lo concede, este año serán ordenados sacerdotes, y todos ellos recibirán el presbiterado para seguir llamando a la conversión de vida al Evangelio y otorgando el perdón de Cristo, único Mediador entre Dios y los hombres. Dios sigue llamando a jóvenes de este momento, hijos de su tiempo y cultura, y los llama para que realicen la misión que encomendó a sus Apóstoles: para proclamar la palabra de Dios y por medio de los sacramentos de la Iglesia otorgar el perdón de los pecados y suscitar la vida divina que Cristo nos comunica con la efusión del Espíritu Santo, el gran don del Resucitado, el Espíritu de la verdad que, dice Jesús, «procede del Padre y dará testimonio de mí» (Jn 15,26). El Espíritu Santo es el que infunde en el corazón de los creyentes la fe, sin la cual no es posible confesar la verdadera identidad de Jesús como Hijo de Dios y redentor de los hombres. Por eso dice san Pablo lo que hemos oído en la segunda lectura: «Nadie puede decir “Jesús es Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo» (1 Cor 12,3b).

La misión de los que Jesús llama y a los que da su Espíritu es la de suscitar la fe para que vengan a Cristo, ellos han sido llamados para confirmar la fe en quienes la han recibido. Jesús los llama para hacer de ellos educadores de la fe de los niños y adolescentes bautizados de infantes, lo mismo que ministros de la Palabra divina proclamada en la asamblea litúrgica y dispensadores de los misterios de Dios. Estos jóvenes seminaristas a los que hoy ordeno de diáconos van a esta meta apostólica por medio del diaconado transeúnte, al cual son también llamados como ministros de la Palabra y administradores de aquellos sacramentos de la Iglesia que no requieren el orden sacerdotal y que la Iglesia confía a los ministros que han recibido el sagrado orden del Diaconado para que los administren en nombre de Cristo. Hoy se les hace partícipes del sacramento del Orden, para que sean portadores de la palabra de salvación y servidores de la caridad entre los necesitados, que es aprendizaje del gran amor y caridad pastoral con el que se habrán de entregarse como sacerdotes a cuantos Dios quiera salvar por medio de ellos.

Para que así sea pedimos hoy que el Espíritu Santo los transforme con su gracia y los haga cercanos a cuantos necesitan de nuestro amor por carecer de bienes de este mundo; y que los haga cercanos a cuantos necesitan del anuncio de la salvación, porque desconocen a Cristo y no conocen el amor de Dios. En definitiva, que los haga cercanos de los que son pobres de bienes materiales y de los que son pobres porque carecen de Dios, la mayor pobreza, la de los que carecen de fe y necesitan que alguien les lleve a Dios y les descubra el rostro de Dios en Jesucristo.

Que esta misión que hoy os confía la Iglesia os prepare, queridos hijos, a recibir en su día la gracia del Espíritu Santo que os haga partícipes del sacerdocio de Cristo, igual que hoy recibís la gracia divina que infunde en vosotros el sacramento del diaconado que os configura con Cristo diácono de la palabra y la caridad del Padre.

Hoy que la Iglesia celebra la Jornada de la Acción Católica y del Apostolado seglar, quiera el Señor que los jóvenes cristianos iluminen con su testimonio el mundo de nuestros días; y que de las asociaciones católicas de infancia y juventud de nuestras parroquias y colegios surjan vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada. Pedimos a la Santísima Virgen María que es auxilio de los cristianos proteja a los que son perseguidos a causa de su fe cristiana, y a vosotros os ayude con su maternal intercesión a ser fieles a la vocación a la que habéis sido llamados. Que así sea.

S.A. I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 24 de mayo de 2014

                                               + Adolfo González Montes

                                                      Obispo de Almería

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