Lecturas bíblicas: Is 9,1-3.5-6

                        Sal 112,1-8

                        Ap 11,19a; 12,1-6a

                        Lc 1,26-38

Excelentísimo Sr. Obispo de Guadix y querido hermano en el Episcopado

Queridos hermanos sacerdotes;

Excmas. e Ilmas. Autoridades civiles y militares;

Religiosas y seminaristas;

Cofrades de la Virgen del Carmen de Huertas;

Hermanos y hermanas en el Señor:

         Vivimos hoy una jornada de fervor y devoción mariana que viene a iluminar la vida cristiana dándole impulso y arrojo para ser testigos de Cristo Jesús, «nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección d entre los muertos, Jesucristo Señor nuestro» (Rom 1,3-4).

Esta confesión de fe es el fundamento del título que damos a Cristo como Rey del universo. El Resucitado dice de sí mismo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,18-19). La resurrección de Jesús es el fundamento de nuestra fe que nos descubre el sentido de la pasión y de la cruz, expresión del amor mayor de Dios por la humanidad, que ha entregado a su Hijo por nosotros para el perdón de los pecados. El nombre de Jesús ha sido exaltado por su pasión y su cruz, como dice el autor de la carta a los hebreos: «a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte» (Hb 2,9). La cruz es el camino de Cristo a su glorificación y por ella recibe de Dios Padre el poder y el reino.

En el credo confesamos que Cristo está sentado a la derecha de Dios Padre, desde donde ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos; y afirmamos con humilde fe que también nosotros, salvados por Jesús sin mérito nuestro, esperamos participar de su misma gloria. San Pablo lo expresa de forma lapidaria: «Si hemos muerto con él, también viviremos con él; si nos mantenemos firmes, reinaremos con él» (2 Tim 2,11-12). Es esta fe la que orienta nuestra vida y de ella recibimos consuelo y fuerza para la esperanza, bien fundada en el testimonio de la resurrección de Cristo y de su glorificación.

La Iglesia proclama que esta esperanza de participar de la gloria de Cristo se ha realizado plenamente en la Virgen María, y por eso la invocamos como «Reina y Señora», vida y esperanza nuestra. Ejemplo de fe consumada, María Reina es para la humanidad un anticipo de nuestra esperanza de reinar con Cristo para siempre. La glorificación de María fue muy pronto vivida por la Iglesia como realidad acontecida, y la muerte de la Virgen fue vista por la tradición cristiana como un tránsito a su glorificación plena, como la dormición mediante la cual es transladada en cuerpo y alma a lo gloria de Cristo. La fiesta de la Asunción de la Virgen culmina en la memoria litúrgica de su realeza. La Iglesia la saluda con la bella antífona de Sedulio: «¡Salve, Madre santa, Virgen Madre del Rey que gobierna cielo y tierra por los siglos de los siglos!».

Preservada de toda mancha de pecado por su inmaculada concepción, María es la criatura humana, llena de hermosura, que Dios preparó para ser madre del Hijo de Dios. Vivió en la humildad doméstica de Nazaret como esposa de José, unido a ella por el amor casto del varón que, por la fe, reconoce en su esposa la presencia misteriosa de la actuación de Dios. Desde que concibió a Jesús en sus entrañas por gracia del Espíritu Santo, estuvo siempre asociada a él, unión que se acentuó con la muerte de José y el seguimiento de su Hijo durante la vida pública del Señor, que acabó en la pasión y muerte de cruz de Jesús, Verbo encarnado del Padre. Vino a ella desde Dios por obra del Espíritu y, resucitado por obra del mismo Espíritu, a Dios volvía.

Por esta unión con su Hijo, está asociada íntimamente al misterio de la redención, y de modo especial por su permanencia junto a la cruz de Jesús, donde Jesús nos la entregó por madre; y está por eso mismo asociada a la glorificación del Resucitado. La glorificación de María es la culminación de su maternidad divina, que va desde el pesebre de Belén a la cruz del Calvario. Una maternidad vivida en la historia de los hombres, en la obediencia plena de la fe al designio de Dios, y en la esperanza en la plena revelación del misterio de su Hijo. Por eso, la realeza de esta «madre del Rey» se comprende a la luz del misterio del Verbo encarnado, verdadero Hijo de Dios y al mismo tiempo verdadero hijo de María.

La realeza de María, inseparable de la realeza de Jesús, fue profetizada por Isaías cuando habló del nacimiento del Mesías de la estirpe de David. En el sueño de revelación, mediante el cual Dios habló a José, el ángel le dijo: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21). En la lectura de Isaías hemos escuchado el anuncio del nacimiento de aquel que «lleva a hombros el principado y es su nombre “Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la Paz”. Para dilatar el principado con una paz sin límites sobre el trono de David y sobre su reino» (Is 9, 5-6). San Mateo dice que José fue con María a empadronarse a la ciudad de David, a Belén, como descendientes del rey y miembros de su estirpe. Los evangelios ven en Jesús cumplida la profecía y presentan a Jesús aclamado como Hijo de David, reconociendo en él al Mesías esperado. Se cumple así lo que el ángel anunció a María sobre su hijo: «Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lc1, 32-33).

Interrogado por Pilato sobre su condición de rey, Jesús respondió: «Tú lo dices: soy Rey» (Jn 18,37), pero Jesús acababa de contestarle: «Mi reino no es de este mundo» (Jn 18,36). Queremos que Jesús reine en nuestra vida y que todo sea instaurado en Cristo, pero el reino de Jesús pasa por el seguimiento del camino de la pasión y de la cruz. Es un reino que no se impone por la fuerza, sino que se extiende por el suave dominio del amor en las relaciones humanas, por la conversión de los corazones a Dios.

En esta extensión del reino de Dios María tiene una singular misión como madre del Rey. Figura de la Iglesia, María es la «mujer coronada de doce estrellas» de la que habla el Apocalipsis. En la visión simbólica del poder del mal que amenaza al hijo de la mujer, el Apocalipsis habla de las persecuciones que sufren los discípulos de Jesús y son los primeros mártires de la Iglesia. La fe nos permite ver cómo esta mujer, «vestida de sol, la luna por pedestal, coronada de doce estrellas» (Ap 11, 19a), es verdaderamente figura de la Iglesia y también madre espiritual de los hijos de la Iglesia por ser madre de quien es Señor de la Iglesia. María es inseparable de Jesús y, por eso mismo, es inseparable de la Iglesia. El poder del mal amenaza la vida de los hijos de Dios y María es la mujer que los protege y defiende con la ayuda del poder de Dios, con la ayuda de aquel que es Hijo de Dios e hijo suyo, Jesucristo nuestro Señor. María está asociada a la intercesión de Cristo y permanentemente ruega por nosotros a su divino Hijo, protegiéndonos del mal con su maternal cuidado y amparo.

Hoy, sábado anterior al domingo de la Santísima Trinidad, coronamos la sagrada imagen de la Virgen del Carmen de Huertas, una advocación tan hondamente entrañable para la población de Almería, porque la advocación mariana de Santa María del Monte Carmelo lo es para toda la cristiandad. En el decreto de coronación decíamos: «En los misterios de la gloriosa asunción y coronación de María, la Iglesia venera a la Madre de Cristo elevada a la participación gloriosa de la vida divina, que emana de la Santa Trinidad, y la contempla, según la visión del Apocalipsis, como la mujer que nos dio al Autor de la vida y Salvador del mundo «coronada de doce estrellas» (Ap 12,1).La Virgen del Carmen de Huertas está presente en la devoción mariana de Almería desde los primeros años del siglo XVI, vinculada al paraje de la Huerta del Rey, concedido a la Orden de la Santísima Trinidad. Desde su primera ermita erigida como tal en aquellos años hasta su definitiva entronización en la iglesia parroquial de san Sebastián, bendecida en 1679, crece la devoción a la «Reina de las Huertas» hasta permutarse el nombre de la iglesia por el de «iglesia de la Virgen». Un fervor mariano que alimentó desde mediados del siglo XVI la Hermandad del Carmen de Huertas, fundada en 1557, llegando a ser invocada en 1745 como Patrona del barrio extramuros de Puerta Purchena.

La imagen sagrada de la Virgen perecería en 1936 con el fuego que arrasó el templo parroquial, pero la devoción del pueblo y el coraje y pasión religiosa de los cofrades hizo posible la recuperación de una tradición devocional mariana con el nombre de Huertas que llega a nuestros días acrecida, y hermoseada hoy por el amor con que la Virgen es aclamada por el pueblo de Dios reunido para engalanar con la corona real esta imagen sagrada de la Virgen.

La devoción carmelitana se extiende por toda la provincia, hoy equivalente a la extensión geográfica de la diócesis almeriense. Venerada por toda la población de la provincia, la devoción carmelitana de los almerienses se suma a la devoción de toda la Iglesia por esta advocación mariana, cuya imagen no falta en las iglesias de nuestra geografía. En nuestra capital la jornada procesional del Carmen de Huertas sigue a la festividad litúrgica del Carmen que se celebra en Pescadería, porque los pescadores y las gentes del mar, entregadas a la pesca y al comercio mercante, al turismo del mar y a la defensa de nuestra patria en la Armada, la invocan como maternal intercesora, amparo y refugio en el peligro y esperanza de salvación. Hay como un singular convergencia entre esta devoción mariana marinera y la que nos vino sobre las olas de la Playa de Torregarcía, la Santísima Virgen del Mar, a la que la ciudad y su entorno invocan como Patrona. Ambas devociones de la Virgen son una mediación de amor por la Madre del Redentor y ambas aluden al misterio de la vida acosada por las aguas embravecidas de los mares y calmadas por bonanza suave de la brisa marina, que es imagen de la gracia con la que Cristo socorre a cuantos le invocan poniendo por medio a su Madre.

La invocamos hoy nosotros con fe y la aclamamos como Reina y Señora nuestra, agradeciendo su maternal cuidado; y le confiamos el gobierno de nuestra vida, porque queremos que ella nos ayude en los tiempos difíciles que vivimos y son los nuestros a mantenernos en el amor de su Hijo Jesucristo, Rey y Señor del universo. A él, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo, sea dada la gloria por los siglos de los siglos.

Plaza de la Catedral de Almería

30 de mayo de 2015

                                     + Adolfo González Montes

                                                Obispo de Almería

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