Lecturas bíblicas: Gn 12,1-4

     Sal 26,1.4.5.8-9.11

     Fil 3,8-14

     Lc 14,25-33

         Queridos hermanos sacerdotes:

Queridas hermanas Concepcionistas Franciscanas;

Queridos hermanos y hermanas:

La Eucaristía es siempre y por excelencia acción de gracias, que es lo que significa su nombre. Nos reunimos hoy, para hacer de esta eucaristía que celebramos la acción de gracias que a Dios complace. Queremos darle gracias con grande contento y de modo especial en este día en el que se cumplen los quinientos años de la fundación de este monasterio de Concepcionistas. Damos gracias a Dios porque, a lo largo de estos quinientos años trascurridos desde entonces, generaciones de mujeres cristianas han habitado el claustro que encierran estos muros, tras abrazar la vida de plena consagración. Mujeres de vida consagrada que han hecho del seguimiento radical de Cristo razón de la propia vida, entregada por entero a él, Esposo de la Iglesia y de nuestras almas.

Se trata, queridas hermanas, de la alianza esponsal en la cual se expresa la relación amorosa de Dios con la humanidad, una relación que se concreta en la historia de la salvación mediante la elección del pueblo elegido. Los profetas nos hablan con imágenes impactantes y hondamente humanas de esta relación de amor en la alianza de Dios con el pueblo elegido anuncia su definitiva consumación en la relación esponsal de Cristo con la Iglesia. En estas imágenes se nos ofrece el paradigma del amor de Dios por el mundo y el anuncio de la plena redención del pecado de la humanidad, que lleva consigo la transformación interior de la persona y su salvación.

Esta relación amorosa encuentra en la llamada al seguimiento de la voz divina, en obediencia al designio de Dios, una singular radicalidad. Dios llama al que ama a dejarlo todo y anteponer el amor a Dios por encima de todo amor humano, para ofrecer en la vida de la persona elegida para llevar a cabo la encomienda divina la medida de la fe y del amor verdadero a Dios. Es lo que hemos escuchado en la lectura del Génesis. Dios llama a Abrahán a dejarlo todo y salir de su propia tierra, para aventurarse en un futuro sostenido por la fe confiada en el poder y la bondad de Dios, que llama y elige prometiendo una bendición sin límites: «Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo» (Gn 12,3).

En el origen de toda vocación religiosa está la fe en el poder y el amor de Dios, ya que lo que el hombre no puede por sí mismo, como es la renuncia al pecado y la elección de Dios como heredad, es gracia que Dios mismo otorga a quien llama. Dios llama y seduce, como sedujo al profeta Jeremías: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste» (Jer 20,7). Dios seduce para transformar y conformar a imagen de Cristo, el Hijo amado en quien Dios tiene sus complacencias (cf. Mc 1,11 y par; cf. Is 42,1). Seguir a Jesús es por eso, dejarse transformar sin condiciones. Dice el evangelista que «un escriba se acercó a Jesús y le dijo: “Maestro, te seguiré adondequiera que vayas”. Jesús le dice: “Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza”» (Mt 8,19-20); y a otro le dice: «Sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos» (v. 8,21). No hay condiciones, ni siquiera la piedad filial es pretexto para no seguir a Jesús (cf. Mt 10,37; Lc 14,26), que manda cumplir los mandamientos de Dios pero no hacer de ellos motivo de desobediencia a la llamada a seguirle.

El seguimiento se da sobre la base de una fascinación por Cristo que es afirmación radical de Dios y de su reino, de Dios y de su justicia, que es justificación de nuestros pecados y conversión de nuestros corazones. Por eso exige pasar por el duro desierto de la renuncia al pecado y la conversión plena del corazón. Se trata de tomar la teresiana «determinación determinada» por el Esposo de las almas, que a quien ama «lleva al desierto, para hablarle al corazón» (Os 2,16); como llevó al desierto al pueblo de su elección, para ponerlo a prueba y proponerle los místicos desposorios de amor: «Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad y tu conocerás al Señor» (Os 2,21-22).

En la vida consagrada, queridas hermanas, se realizan estos místicos desposorios que son nupcias con el Esposo de la Iglesia y sólo se pueden dar cuando se ha convertido plenamente a Dios el corazón y uno se siente apremiado por el amor de Cristo, como dice el apóstol san Pablo: «Nos apremia el amor de Cristo» (2 Cor 5,14). Para él todo era pérdida comparado con el amor de Cristo y el «existir en él» (cf. Fil 8-9). Hoy es difícil que prospere la vocación a la vida consagrada, porque el mundo ha captado mente y corazón sin que queda espacio alguno para el Señor, ya que su voz no resuena en el interior de los llamados. Las comunidades religiosas van envejeciendo y si es verdad que mientras decrecen en una determinada geografía crecen en otra, la globalización de la cultura laicista de nuestro tiempo impide, si no dificulta gravemente, el trasplante misionero de los carismas de una región a otra del planeta, al menos ese trasplante misionero no se produce con la misma facilidad que acontecía en otro tiempo.

De este modo la misma plantación de la Iglesia ha perdido fuerza misionera, como queda reflejado en las estadísticas recientes que hemos conocido. Hay un crecimiento vegetativo del número de cristianos en el mundo, pero falta empuje misionero, se da una acomodación a la mentalidad ambiente que obstaculiza la siembra de la Palabra de Dios y agosta su débil crecimiento. La planta siempre tierna y delicada de la vocación a la vida consagrada se ve acosada por la maleza, las zarzas y abrojos y, con particular dificultad, amenaza en estos momentos las vocaciones femeninas, afectando de forma muy agresiva a las comunidades contemplativas, aunque sufren ambas modalidades de vida femenina consagrada, la contemplativa y la apostólica

Por eso, hemos de suplicar al Señor vocaciones a la vida religiosa, al tiempo que damos gracias por el don inestimable que supone la vida contemplativa en la Iglesia, nota distintiva de la fecundidad de la fe a lo largo de los siglos. Sabemos que hay períodos más fecundos y menos fecundos, pero para que estos períodos se sucedan, la vida de las comunidades cristianas ha de mantener el vigor que genera vocaciones. Para que esto suceda, sabiendo lo difíciles que son siempre las vocaciones, necesitamos el ambiente propicio de las familias y de las parroquias, de las comunidades y movimientos que transmitan la fe e impulsen vocacionalmente a quienes han conocido a Cristo y, como Pablo, todo lo estiman pérdida por su amor.

No hay vocaciones sin cruz, aun cuando la vocación tiene desde el principio el premio de estar con el Señor y vivir para él. Hay que seguir a Jesús con la propia cruz y compartir su pasión (cf. Mc 8,34 y par), aunque en tiempos de especial dificultad la experiencia de la pasión suscite la tentación del abandono, como huyeron de hecho sus apóstoles cuando fue Jesús prendido en el huerto de Getsemaní (cf. Mc 14,50).

Es para las jóvenes vocaciones una difícil cruz encontrar envejecida la vida religiosa, pero si los jóvenes se echan atrás y apenas comenzando abandonan, ¿cómo superar el estado presente de decaimiento de la vida religiosa? Una salida en falso en la secularización de la vida de consagración y de sus apostolados, concibiéndolos como meras empresas regidas por la filantropía horizontal y los cánones contractuales de este mundo; y particularmente, una salida en falso es pretender hacer atractiva la vida conventual y de clausura desvirtuando el carácter sacramental de «ocultamiento en Cristo» y muerte al mundo que representa el claustro. Santa Teresa de Jesús nunca hubiera renovado el Carmelo, ni contribuido a la reforma de la Iglesia sin renunciar a la tertulia conventual y al tráfico de personas que los conventos de su época acarreaban. Lo mismo entendió ser esencia de la vida consagrada santa Beatriz de Silva, al dejarlo todo, también los requiebros cortesanos prometedores de un buen partido en casamiento y satisfacción de la vanidad, tentaciones que desecharon ambas santas optando con decisión por la conversación mística con el Amor imperecedero que es Cristo, Esposo de la Iglesia y del alma.

Queridas hermanas Concepcionistas Franciscanas hoy damos gracias al Señor por el don que el Señor ha hecho a nuestra Iglesia a lo largo de estos quinientos años de vida de vuestro monasterio. Quiera el Señor bendecir esta comunidad y concedernos el don de verla renacer una y otra vez, para seguir disponiendo de tanto amor por la Iglesia como el claustro de este monasterio encierra, y tanta fecundidad espiritual como vuestra oración genera y que a todos nos alcanza.

Que nos lo conceda la inmaculada Virgen María, cuya imagen preside esta iglesia conventual y durante décadas fue compartida en devoción y amor por los sacerdotes que se formaron en el antiguo Seminario y tuvieron esta imagen la presencia espiritual y amorosa de la Virgen que tanto les ayudó en su camino hacia el ministerio.

Iglesia conventual del monasterio de Las Puras

Almería, 9 de junio de 2015

           

                        + Adolfo González Montes

                                 Obispo de Almería

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