Homilía en el XI Domingo del Tiempo ordinario del Año

Lecturas bíblicas: Ez 17,22-24

                        Sal 91,2-3.13-16

                        2 Cor 5,6-11

                      Mc 4,26-34

Ilustrísimo Sr. Alcalde,

Queridas religiosas y cofrades de los santos esposos san Isidro

y santa María de la Cabeza;

Queridos hermanos y hermanas:

Nos concede el Señor bendecir hoy, en el marco litúrgico de la celebración de la santa Misa del XI Domingo del Tiempo ordinario, la imagen de santa María de la Cabeza, esposa de san Isidro. Estos santos esposos vivieron a caballo de los siglos XII y XIII en la presencia de Dios y supieron hacer del trabajo y la oración causa de santificación de su vida familiar. Según la tradición oral, fueron padres de un hijo al que también se considera santo (san Illán), y como familia unida por la fe en Dios y el amor que los unía, hicieron, en verdad, del hogar ámbito de gracia, porque supieron consagrar sus ocupaciones temporales al crecimiento del reino de Dios en la tierra.

Esta santa esposa parece que nació en Uceda y vivió en Torrelaguna, y fue devotísima de la Virgen María, ante cuya imagen de la Piedad se postraba en oración. Tanta fue su devoción que quiso ser enterrada en la ermita de la Virgen que veneraba con amor. Pasados los años tras su fallecimiento se colocaría la reliquia noble del cráneo de la santa, para entonces ya muy amada de los fieles. En 1511 el Cardenal Cisneros embelleció el relicario, testimonio de la devoción a la santa. Tanto creció el fervor que la devoción a santa María de la Cabeza que se unió a la devoción que los fieles han sentido secularmente por su esposo. El Papa Inocencio XII aprobaría su culto en 1697 y sus reliquias fueron trasladadas desde Torrelaguna a Madrid junto a las de san Isidro, para ser veneradas con las de san Isidro.

         Hoy bendecimos una imagen de esta santa esposa y la ocasión es particularmente propicia para poner a toda la comunidad parroquial, que ha querido contar con una imagen de santa María de la Cabeza y venerarla con la de su esposo san Isidro, la belleza del amor conyugal vivido en la presencia de Dios, elevado por Cristo a sacramento del amor de Dios por la humanidad. En el amor de Cristo por la Iglesia contemplamos el amor de Dios por la humanidad ofrecido como ejemplo y paradigma del amor conyugal y de la comunión eclesial, casa y hogar de los hijos de Dios. La familia cristiana es así expresión visible del amor entre las divinas personas, que ilumina la realidad de la Iglesia como familia de los hijos de Dios y sacramento del misterio de amor divino. El Vaticano II, al hablar de los esposos, dice que «de la unión conyugal procede la familia, en la que nacen los nuevos miembros de la sociedad humana, los cuales, por gracia del Espíritu Santo, se convierten en hijos de Dios por el bautismo para perpetuar el pueblo de Dios a través de los siglos» (Vaticano II: Const. dogm. Lumen gentium, n. 11).

         La familia es ámbito de iniciación a la fe de los hijos nacidos del amor de los esposos, que por esto mismo están llamados a ser —continúa el Concilio— los educadores de la fe de sus hijos: «En esta especie de Iglesia doméstica han de ser para los hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y su ejemplo, y han de favorecer la vocación personal de cada uno y, con un cuidado especial, la vbocación a la vida consagrada» (LG, n. 11; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 16556).

Podemos por tanto decir que, en la familia crece el reino de Dios gracias a la acción transmisora de la vida, por la cual los esposos colaboran con la acción creadora de Dios; y gracias a la misión que les confía la Iglesia como primeros educadores de la fe de sus hijos. Dios hace así crecer su reino por la vida de amor de la familia, sociedad básica y fundamental tanto para el desarrollo del tejido social como para el desarrollo humano del cuerpo social de la Iglesia. Podemos asimismo decir que, si bien el crecimiento del reino de Dios se realiza de forma misteriosa, porque tal como dice el Apóstol, «ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que hace crecer» (1 Cor 3,7); también es cosa querida por Dios la colaboración de los hombres en la expansión de su reino, de suerte que «cada cual recibirá el salario según su propio trabajo, ya que somos colaboradores de Dios y vosotros, campo de Dios, edificación de Dios» (1 Cor 3,8b-9).

Estas palabras referidas por san Pablo al trabajo de evangelización del ministerio apostólico sirven también de referencia para todos los carismas y funciones que contribuyen al crecimiento del reino de Dios, que acontece misteriosamente, como hemos escuchado en las lecturas de hoy, pero necesita de las mediaciones humanas. La acción de Dios y la colaboración del hombre labran nuestra salvación, siempre que comprendamos que incluso el crecimiento y los frutos de la obra humana son en realidad frutos de la acción de Dios, pues sin él nada podemos hacer. Como san Pablo les recordó a los atenienses, de acuerdo con la sentencia de uno de sus poetas, al afirmar sobre Dios que «en él vivimos, nos movemos y existimos», añadió que es así porque «“somos también de su linaje”» (Hech 17,28).

Hemos escuchado en el profeta Ezequiel cómo Dios de una rama humilde del cedro hace crecer el árbol hermoso que simboliza la belleza de la vegetación que adorna el Líbano, y embellece el Carmelo y los montes elevados de Israel. De una rama pequeña el Señor saca el árbol que acoge a las aves del cielo y así «anidarán en él aves de toda pluma, anidarán al abrigo de sus ramas» (Ez 17,23), de suerte que «todos los árboles sabrán que yo soy el Señor, que humilla a los árboles altos y ensalza a los humildes, que seca los árboles lozanos y hace florece a los secos» (Ez 17,24). Lo mismo sucede con el grano de mostaza, que al echarse en tierra «es la semilla más pequeña, después crece y se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas» (Mc 4,31b-32).

¿Cómo no recordar el canto de la Virgen María que ensalza la grandeza del Señor, porque se ha fijado en la humillación de la sierva del Señor para hacer en ella obras grandes; porque Dios «derriba del trono a los potentados y exalta a los humildes» (Lc 1,52). El mismo Señor es el que recuerda, a propósito del deseo de vanidad, al que solemos sucumbir los humanos, de ocupar los primeros puestos, que «todo el que se ensalza, será humillado; y el que se humilla será ensalzado» (Mt 23,12; Lc 14,11).

En verdad, no podemos perder de vista la advertencia que el Señor nos hace cuando dice que él es la vid y nosotros los sarmientos, que hemos de permanecer en él para poder tener vida en abundancia, porque de él viene la sabia que nutre a los sarmientos: «El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí, no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Dios quiere nuestra colaboración, y nos ha entregado la tierra para someterla y dominar sus elementos sin destruirlos, sino conscientes de que formamos parte de la misma creación divina que nos sostiene. Por eso nos pide permanecer en él, que todo los sostiene, y mantenernos unidos a Cristo, por quien nos viene la vida divina. Dios quiere que lleguemos a la salvación colaborando con él, sin perder de vista que, como dice san Pablo, «es Dios quien, por su benevolencia, realiza en vosotros el querer y el obrar» (Fil 2,13).

A veces los hombres creemos poder establecer por nosotros mismos el reino de Dios, pero el reino de Dios viene de la mano de Dios y por su gracia; más aún, el reino de Dios ha llegado en Jesucristo, en su divina persona hecha carne, lugar donde Dios nos entrega los dones y bienes de su reino. Por eso, cuando se vive con fe toda empresa humana adquiere aquella dimensión trascendente que le otorga la acción de la gracia. No lo olvidemos: «El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola» (Mc 4,26-27).

Ciertamente, Dios necesita del hombre que arroja la semilla, que la cultiva y cuida concitando sobre ella tierra, agua, abonos, temperatura y elementos nutrientes, pero es Dios el autor de la semilla y de su crecimiento. San Isidro lo sabía bien y por eso puso en Dios su confianza de labrador. Hemos de poner en Dios nuestra confianza y agradecer sus dones, porque en Cristo hemos sido arrancados del dominio del pecado y reconciliados con él; en Cristo hemos recibido el mundo como ámbito de acción par gloria de Dios y salvación nuestra, porque en Cristo hemos sido creados y redimidos. La familia humana tiene ante sí el reto del mandamiento divino: «Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla» (Gn 1,28a). No perdamos, sin embargo, de vista que Dios es el creador de la tierra y de todo su fruto, como es autor de la vida y su redentor.

Con san Isidro y santa María de la Cabeza, pongamos nuestra confianza en la acción de Dios, en un tiempo de especial dificultad para reconocer incluso que el don de la vida y la procreación humana es sobra maravillosa de la acción creadora de Dios. Con los santos esposos a los que con fe y amor invocáis, suplicad a Dios el sostenimiento de vuestra fe, para que podáis siempre actuar sabiendo que el don admirable de la vida y de la tierra que la contiene es camino para el cielo y anticipo de la vida divina que esperamos alcanzar de su gracia.

Que estos santos esposos os lo alcancen unida su intercesión por vosotros a la de la Santísima Virgen, a la que tanta devoción y amor profesó santa María de la Cabeza, que en su regazo aprendió a ser ella misma esposa y madre.

Iglesia parroquial de San Isidro

El Ejido, a 13 de junio de 2015

                                               + Adolfo González Montes

                                                        Obispo de Almería

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