Lecturas bíblicas: 1 Re 8,22-23.27-30

                          Sal 83,3-6a.8-11

                          Ef 2,19-22

                          Aleluya: «En mi casa, quien pide recibe

                                      —dice el Señor—,

                                      Quien busca encuentra

                                      Y al que llama se le abre» (Mt 7,8).

                        Jn 2,13-22

Queridos Sr. Cura párroco y hermanos sacerdotes;

Ilustrísimas Autoridades;

Queridos fieles;

         Hermanos y hermanas en el Señor:

        

La restauración y plena rehabilitación de esta iglesia parroquial de Santa María culmina hoy con esta solemne dedicación, que incluye la consagración del nuevo altar. La ley de la Iglesia establece que las iglesias deben ser dedicadas con rito solemne, pero sobre todo las iglesias catedrales y parroquiales[1]. En la antigüedad cristiana todas las iglesias eran dedicadas; más tarde, en la Edad Media la dedicación o consagración fue sustituida de modo general por la bendición, reservándose la consagración para las iglesias catedrales y colegiatas. El antiguo Código de 1917 reservaba la dedicación para las iglesias construidas en fábrica de piedra, pero tras la reforma litúrgica del Vaticano II, el movimiento litúrgico insistirá en la importancia de la dedicación o consagración de las iglesias catedrales y parroquiales, pudiendo bendecirse las demás.

La ley vigente de la Iglesia lo establece así, y contempla incluso la dedicación de estas iglesias después de haber sido construidas y hallándose ya, aun desde tiempo, abiertas al culto litúrgico. Una ocasión propicia se presenta sobre todo cuando se restauran en su totalidad, o se producen algunas modificaciones sustanciales o importantes[2]. Por eso, hemos creído conveniente la consagración de esta iglesia parroquial de Santa María, tanto por su significación como templo singular en nuestra diócesis como por la envergadura de la intervención que en ella se ha producido y las modificaciones a que ha dado lugar. Se ha producido en esta importante intervención la consolidación no sólo de las cubiertas y la reconstrucción del solado, modificando incluso sus niveles, sino también la reconstrucción y refuerzo de las pilastras que sustentan las noves y la modificación de algunos de sus espacios significativos, como es el caso de la construcción del nuevo presbiterio y del baptisterio, dos piezas fundamentales del templo cristiano. Por esto y no hallándose dedicada, ni constando testimonio alguno de su consagración ni tampoco memoria histórica de la misma, no habiéndose nunca celebrado litúrgicamente esta memoria, hemos querido celebrar su dedicación, siguiendo la práctica que la Iglesia aconseja y que hemos llevado a cabo en algunas ocasiones igualmente significadas en estos últimos años.

La solemne liturgia de dedicación prevé algunas lecturas propias cuando la iglesia que se dedica se halla al culto como es el caso presente, como las que hemos escuchado. En la lectura del libro primero de los Reyes Salomón, que ha construido el templo que siempre deseó poder construir su padre David, invoca a Dios, a quien no pueden contener los cielos, para preguntarse en voz alta si es posible que Dios habite en la tierra. Dice el rey sabio: «Los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte, ¡cuánto menos este templo que yo te he construido» (1 Re 8,27).

Dios, sin embargo, ha querido morar entre los hombres y en Cristo Jesús se ha hecho carne aquél que es Hijo eterno de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero, naciendo de la Virgen María. Por la encarnación de Cristo, Palabra eterna de Dios, por medio de la cual todo fue hecho (cf. Jn 1,3), Dios se ha hecho una morada en la tierra, que es el cuerpo santísimo de su Hijo Jesucristo, su humanidad, por la cual el Verbo se ha hecho hombre verdadero. Lo hemos escuchado en la proclamación del evangelio según san Juan. Cuando los judíos pidieron a Jesús un signo que diera razón de por qué había purificado el templo de Jerusalén, expulsando de él a los vendedores y a los cambistas de moneda que lo profanaban, Jesús les respondió: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (Jn 2,19). Ellos no entendieron ni tampoco los Apóstoles, porque «él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús» (Jn 2,21-22).

San Pablo dice que la humanidad de Jesús es el lugar donde tuvo a bien «habitar la plenitud de la divinidad» (Col 1,19). El hombre Jesús es el verdadero templo de Dios y nos ha asociado a él haciendo de nosotros las piedras vivas que —dice san Pedro— «entran en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo» (1 Pe 2,5). Esta casa de piedras que hemos restaurado y es la iglesia parroquial es imagen y símbolo de la casa de Dios y edificación de Dios que es la Iglesia que formamos con Cristo, de la cual Cristo mismo, tal como profetizó Isaías, es «la piedra elegida, angular, preciosa y el que crea en ella no será confundido» (1 Pe 2,6; cf. Is 28,16).

Esta edificación que es la Iglesia y que tiene por piedra angular a Cristo es contemplada por el apóstol san Pablo como construcción que forman, en verdad, quienes son miembros de la familia de Dios por ser ciudadanos del pueblo de Dios. Una construcción que se levanta sobre los cimientos que forman los apóstoles y profetas «hasta formar un templo consagrado al Señor, en quien también vosotros con ellos —les dice a los Efesios— estáis siendo edificados para ser morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2,21-22).

Esta iglesia que hoy dedicamos es, por eso una edificación sagrada, que vamos a ungir extendiendo hasta sus muros la unción que corresponde a las cosas santas, a las cuales hacemos partícipes de la unción sacramental con la que fuimos nosotros ungidos en el bautismo y la confirmación. Segregado de los espacios profanos, este espacio sacro que delimita el edificio de esta iglesia parroquial es signo del misterio de Cristo Jesús, templo donde Dios mora, y un signo por eso mismo del misterio de la Iglesia, comunión de los santificados por los sacramentos, donde se extiende y se prolonga en la vida y la historia personal y comunitaria de los redimidos la presencia de Cristo. A su vez, esta presencia del Señor alcanza una significación propia en la piedra del altar, pieza fundamental del templo cristiano.

El altar representa la piedra angular de la edificación de la Iglesia, que es Cristo. Fuera de la reserva de la sagrada Eucaristía, ningún otro signo es más sagrado en la iglesia que el altar, donde Cristo se hace presente como sacerdote, víctima y altar. Del altar dimana la presencia eucarística de Cristo en el tabernáculo, donde se conservan las especies eucarísticas para ser alimento y viático para la vida eterna. Juntamente con la oración de dedicación, el altar es ungido con el santo Crisma, que luce ante el pueblo fiel iluminado por la luz que lo alumbra. Con este rito sagrado llega sacramentalmente hasta esta piedra angular la unción de Cristo y de los bautizados.

Si se ha construido un nuevo altar verdaderamente fijo en piedra para esta casa de Dios, es para que la liturgia eucarística que aquí se celebre adquiera la transparencia de aquello mismo que el altar significa. La Ordenación de la dedicación de la iglesia y del altar establece claramente que deben evitarse los altares que obedezcan fundamentalmente a razones decorativas o artísticas[3]; e indica además que los alares deben estar exentos, no ser concebidos para su integración en el conjunto de un retablo[4], facilitando con ello no sólo el desplazamiento del sacerdote en las celebraciones, sino asimismo la proporción adecuada para la celebración en el conjunto del presbiterio.

Durante el rito de la dedicación colocaremos a los pies del nuevo altar las reliquias de los santos que figuraron en el ara de antiguos altares. La renovación conciliar de la liturgia ha retirado el ara del antiguo altar, para hacer más significativo el carácter sacramental del altar en una iglesia. Hoy es la totalidad de la piedra de altar la que es ungida, mientras las reliquias se colocan a los pies del altar, en la pieza que sirve de basamento sobre la que se levanta descansando la pilastra central que la piedra del altar.

Cuando concluya el rito de dedicación, una vez vestido e iluminado, el Obispo besará el altar por primera vez y celebraremos sobre él la Eucaristía. El nuevo orden litúrgico otorga a la memoria de la consagración de la iglesia parroquial la categoría de solemnidad. Todos los años se debe celebrar la fiesta de la consagración de la iglesia, siempre que la fecha no coincida con alguna solemnidad que pudiera obligar a trasladar la celebración.

Quiera Santa María, titular de esta iglesia y Madre de la Iglesia nacida del costado de Cristo dormido en la cruz, interceder por la comunidad parroquial y fortalecer vuestra fe, queridos hermanos y hermanas, para que obedeciendo al Evangelio de Cristo y siguiendo las orientaciones de los pastores sigáis dando testimonio de vuestra fe cristiana en la sociedad de nuestros días. Ahora cuando nos acercamos al III Centenario de la construcción de la ermita origen del santuario de Nuestra Señora del Buen Retiro del Saliente, queremos ponernos con especial amor bajo la protección de la Madre de Dios, venerada con tan intenso amor por quienes somos sus hijos. Hoy anuncio con gran gozo que juntamente con otros santuarios de nuestra diócesis, he designado el santuario del Saliente como lugar de peregrinación jubilar durante el Año Santo de la Misericordia proclamado por el Papa Francisco, para quien pedimos por intercesión de la Santísima Virgen la constante asistencia del Espíritu Santo. Que ella nos obtenga a nosotros la fidelidad a la fe que custodian los sucesores de los Apóstoles bajo la guía del sucesor de Pedro y pastor de la Iglesia universal.

Iglesia parroquial de Santa María

Albox, a 10 de julio de 2015

                                                          

                                   + Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

 


[1] CIC, can. 1217 §1.

[2] Cf. comentario al CIC, can. 1217 en Instituto Martín de Azpilicueta/Facultad de Teología U. de Navarra, Comentario exegético al código de Derecho Canónico, III/2 (Pamplona 21997) 1820 §2.

[3] Ordo dedicationis ecclesiae et altaris (29 mayo 1977), n. IV, 7.

[4] Ordo, IV, 8.

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