Lecturas bíblicas: Za 2,14-17

                        Sal Lc 1,46-55 (Magníficat)

                        Gál 4,4-7

                        Mt 12,46-50

Queridos hermanos sacerdotes;

Autoridades civiles y militares;

Religiosas y cofrades de la Virgen;

Hermanos y hermanas:

La fiesta de la Virgen del Carmen llena hoy de alegría a esta gran barriada de la Capital, a la que tradicionalmente se suman las autoridades y gentes de la Armada española y de la Marina mercante, que al lado de las familias de los pescadores rinden hoy culto de veneración amorosa su Patrona.

La advocación de la Santísima Virgen del Carmen es profundamente amada por el pueblo fiel, que ve en ella realizadas las esperanzas de la humanidad redimida y salvada por Dios en Jesucristo, contemplando en María el amparo maternal al que acudir en las dificultades y en las penas; y para alegrarse también con ella y darle gracias porque Dios no desampara a cuantos la invocan y ponen en ella su confianza.

María es la madre del Redentor y la madre espiritual de sus discípulos, de cuantos llevamos el nombre de cristianos y queremos «rechazar lo que es indigno de este nombre y cumplir cuanto en él se significa» (Oración colecta del XV Domingo del Tiempo ordinario). En María, como hemos escuchado en el evangelio, se ha hecho realidad la palabra de Dios, porque en ella se han las palabras de Jesús se han convertido en norma de vida: «El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre» (Mt 12,50).

No siempre lo entendemos nosotros así, pero el Señor nos lo advierte y nos dice que la bienaventuranza de María es el fruto de su obediencia a la palabra de Dios. Cuando alguien de entre la multitud que escuchaba a Jesús levantó la voz para bendecir a su madre, diciendo: «¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!», Jesús replicó: «¡Dichosos, más bien, los que oyen la palabra de Dios y la guardan!» (Lc 11,27). La grandeza de María estriba, ciertamente, su divina maternidad. María es la madre del Hijo eterno de Dios y como tal, la invocamos con toda justicia y verdad como verdadera madre de Dios, pero Dios la preparó para esta misión de darnos al Autor de la vida haciendo de ella ejemplo acabado de fidelidad a la palabra de Dios. María encarna la fe que es obediencia a la voluntad y designio de Dios sobre ella, para bien de toda la humanidad. Por eso María es juntamente con su condición de madre Dios, el ejemplo perfecto del discípulo de Cristo. Esto es lo que Jesús mismo quiso decir a quienes bendecían a su madre.

Porque es así, María encarna a la perfección a la hija de Sión, al pueblo de la elección divina, al resto de Israel; es decir, a la comunidad de salvación que Dios se preparó para llevar a término la redención de toda la humanidad. Es lo que profetiza Zacarías en el siglo VI antes de Cristo, invitando al regocijo a los hijos del pueblo elegido alentando su esperanza en tiempos de dificultad: «Alégrate y goza, hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti» (Za 2,14). Dios retorna a su pueblo, después de haberlo castigado con el destierro y haberlo alejado de la tierra prometida que le dio como patria. Dios reconstruye la nación y restaura el culto en el templo. Volverán a tener paz y Dios bendecirá a su pueblo. Zacarías anuncia que Israel será de nuevo morada de Dios, pero su profecía tiene mayor alcance que la sola restauración histórica de Israel: Dios morará en carne humana en las entrañas de aquella que vendrá a ser por designio divino la verdadera hija de Sión, la Virgen María, de la cual nacerá el Mesías de Israel y Redentor de la humanidad.

Dios había acompañado a su pueblo en la tienda del desierto, y después había convertido el templo que le edificó Salomón en el lugar de su presencia permanente, para oír las súplicas de su pueblo, como el rey se lo había pedido al Señor en la oración de consagración: «Que día y noche tus ojos estén abiertos hacia este templo, hacia este lugar del que dijiste: ‘Allí estará mi Nombre’ (…) Escucha tú, hacia el lugar de tu morada, hacia el cielo, escucha y perdona» (1 Re 8,29-30). Ahora, pasadas las tristezas del destierro y restaurado el culto, Dios habitaría de nuevo con ellos y escucharía sus plegarias, pero la profecía apuntaba a un mayor cumplimiento: el Hijo de Dios tomaba carne en las entrañas de Santa María Virgen, tal como había profetizado Isaías al incrédulo rey Ajaz: «He aquí que la Virgen está encinta y da a luz un Hijo, y le pone por nombre Enmanuel (Dios-con-nosotros.» (Is 7,14).

Jesús es el Hijo de Dios morando entre nosotros gracias a la Virgen, porque por ella hemos recibido al Autor de la vida; por ella Dios se ha hecho Enmanuel, se ha hecho Dios-con-nosotros. Todo aconteció, como dice san Pablo, en el momento de plenitud preparado por Dios: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, y para que recibiéramos la condición de hijos» (Gál 4,4-5).

Sí, por María en Jesucristo hemos venido a ser hijos de Dios, ¿cómo no vamos a acudir con confianza plena a la misericordia de Dios llegándonos a la intercesión de la llena de gracia? Acudimos a la Virgen, flor del Carmelo, montaña de hermosura, en la que Elías purificó la fe de Israel combatiendo a los falsos profetas del paganismo; monte donde surgió la vida eremítica que dio origen a la comunidad de vida religiosa carmelitana, que tanto ha influido en la espiritualidad del pueblo cristiano, y que proyecta su poderosa luz en este año jubilar en que cumplen los quinientos años del nacimiento de Santa Teresa de Jesús. Venimos con espacial confianza a suplicarle a Nuestra Señora que no nos deje de su mano y ampare nuestras vidas. Ella que es invocada como baluarte de Dios contra la furia de la tempestad y cobijo en los mares embravecidos que amenazan a cuantos surcan y trabajan en las aguas de mares y océanos que se tornan tantas veces amenazadoras y procelosas.

Venimos ante la imagen de la Virgen para depositar ante ella nuestra oración por los fallecidos en las aguas y suplicar su intercesión ante Cristo su divino Hijo por los pecadores y por cuantos atraviesan la necesaria purificación que requiere encontrarse tras la muerte en presencia de Dios, el único que es Santo. Venimos para pedirle por el bienestar de los pescadores y de sus familias, de los trabajadores de la Marina mercante y cuantos viven de las travesías marinas, y de cuantos defienden la independencia y el bienestar de nuestro pueblo en la Armada. Para todos suplicamos la protección de la Virgen María del Monte Carmelo, Estrella del Mar y de la nueva evangelización. Que ella ampare y proteja nuestras vidas para que nos veamos libres de todo peligro y, sobre todo, del pecado; para que lleguemos un día al monte de salvación que es Cristo, puerto de nuestro destino, ella, la Virgen Madre, que es verdadera puerta del cielo.

Iglesia parroquial de San Roque

Barrio de Pescadería

16 de julio de 2015

                                   + Adolfo González Montes

                                          Obispo de Almería

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