Lecturas bíblicas: Hech 4,33; 5,12.27b-33; 12,1b-2

                        Sal 66,5.7-8

                        2 Cor 4,7-15

                        Mt 20,20-28

Queridos hermanos y hermanas:

Nos convoca la solemnidad de Santiago Apóstol, Patrono titular de esta comunidad de Balnegra, que este año celebra estas fiestas patronales por primera vez después de su reciente constitución en municipio independiente.

La titularidad de Santiago tiene una significativa presencia en nuestra Iglesia diocesana, comenzando por una de las más antiguas parroquias de la capital de la provincia y de la diócesis, iglesia parroquial de Santiago fundada en 1494 y construida en los años de 1553 a 1559. Esta antigua iglesia introduce en la provincia por la capital, ubicada en la costa sur mediterránea como puerto que la abre al Mar común, reforzada ahora por la moderna iglesia de Balanegra acostada en el litoral del Poniente, la iglesia de Vélez Blanco lo hace por el norte en el marquesado de los Vélez.

Santiago es también el titular de las parroquias de Terque y Arboleas, y en nuestra Catedral comienza tiene el Camino mozárabe de Santiago una de sus terminales, que pasando por Granada y Córdoba se une por Mérida a la Vía de la Plata. Sin duda somos la “lanzadera” más oriental de este camino a la tumba del Apóstol, que nunca dejó de iluminar la vida de los cristianos mozárabes bajo la dominación musulmana, hasta que se completó su marcha forzada hacia los reinos cristianos del norte de la Península, huyendo hacia la libertad que habían perdido. Reconocerlo así no es discriminación alguna de una religión como el islam, a la que respetamos con sincera voluntad de fraterna colaboración por la paz y la convivencia de las religiones en el mundo moderno. Reconocerlo así es tan sólo hacer memoria de la historia del cristianismo en España, no siempre asctualizada con objetividad.

Hoy celebramos el patrocinio del Apóstol Santiago sobre los reinos de España y sobre sus tierras, expresión de la decisión histórica de sus pobladores de permanecer cristianos, sin haber renunciado nunca a recuperar y restaurar la fe cristiana. En nuestros días vivimos en una sociedad abierta y muy distinta de la sociedad confesionalmente cristiana del pasado, que nosotros mismos hemos contribuido a consolidar, pero esto no significa que hayamos renunciado a nuestra fe, que sigue siendo mayoritaria. No la imponemos a nadie, pero negarse a reconocer las raíces cristianas de nuestra historia es ignorar voluntariamente la identidad objetiva de lo que la fe cristiana ha sido en España, su historia y su sus mejores creaciones espirituales históricas, su cultura y su proyección en el mundo. Algunos pretenden ahora una sociedad marcada por un nuevo confesionalismo laicista, beligerante contra el cristianismo, cuya implantación cultural y social no es posible reprimir sin herir los sentimientos y los derechos de las mayorías cristianas.

Hemos de pedir al Apóstol Santiago su intercesión por nosotros y que su patrocinio nos ampare siempre ante el Señor, para que sepamos mantener nuestra fe y hacer cuanto esté en nuestras manos para transmitirla con celo apostólico, algo que no podremos hacer si renunciamos a formamos bien en la fe que tenemos y a profesarla conscientemente, sabiendo qué credo religioso recitamos, cuál es su identidad y cómo se proyecta sobre la vida social y cultural de nuestro pueblo.

La fe cristiana surge de la predicación apostólica, medio natural de propuesta a los demás y de natural expansión misionera, poniendo en juego incluso la propia vida, como acabamos de ver en la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles: «En aquellos días, los Apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor» (Hech 4,33). El evangelio requiere ciertamente valor en quienes dan testimonio de él, arriesgando a veces, ciertamente, la vida ante quienes desean impedirlo. No faltan quienes apelan al respeto a la pluralidad religiosa, pero en realidad desean y proponen la represión de las manifestaciones de la fe católica y no conceden a la religión el peso social y cultual que le corresponde.

El testimonio de los Apóstoles fue claro, cuando el sumo sacerdote les interrogaba pidiendo explicaciones de por qué habían llenado Jerusalén del nombre de Jesús. La respuesta de Pedro fue contundente: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hech 4,29). Los Apóstoles confesaron que Dios había resucitado a Jesús, al que los jefes de los judías habían matado, y añadieron: «Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen» (Hech 4,32). Del mismo modo, tampoco nosotros podemos obrar de otra manera, pero para poder dar testimonio de Jesús tenemos que tener conciencia clara de nuestra fe en él, muerto y resucitado por nosotros y por la salvación de todos. No podemos tener miedo a las dificultades que lleva consigo el testimonio de Jesús. No lo tuvo Santiago que pagó con su muerte ser apóstol y heraldo de Cristo.

Es verdad, como dice el Apóstol san Pablo, que el tesoro de la fe «lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros» (2 Cor 4,7). Nos quejamos a veces y no sin razón, pero los verdaderos cristianos saben que los sufrimientos padecidos por Cristo forman parte de nuestra fe, convencidos de que las cosas que son de Dios no salen adelante si no es con sufrimientos, como lo creía santa Teresa de Jesús —recordémoslo, en este año jubilar del quinto centenario del nacimiento de la santa reformadora—, pero ella como el Apóstol pensaba que «nos aprietan por todos los lados, pero nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan» (2 Cor 4,8-9).

Los verdaderos testigos del Señor, como el Apóstol san Pablo, saben que si la muerte actúa en el cuerpo de los evangelizadores, es para que en los evangelizados aliente la fe de Cristo resucitado, para que mediante el testimonio de los que mueren por Cristo crezca la vida sobrenatural en los que reciben el Evangelio. Lo sabía Santiago, el primero en dar su vida por Jesús, que había respondido a Cristo cuando le preguntó a él y a su hermano Juan, los valientes hijos de Zebedeo, si eran capaces de beber su mismo cáliz: «Lo somos» (Mt 20, 22).

Pensaban los dos apóstoles que, tal como quería su madre Salomé, podían sentarse a la derecha e izquierda de Jesús en su reino, pero el reino de Jesús no es de este mundo y no se defiende como se defienden los reinos de este mundo, sino con la fe y el valor para testimonio de Jesús incluso con la vida. Es lo que Dios pide de nosotros hoy: que demos testimonio de Cristo Jesús como aquel que el Padre ha enviado para salvación del mundo (cf. Jn 6,29). ¿Cómo podemos dar este testimonio de Jesús? Llevando una vida honrada y pacífica, pero al mismo tiempo valerosa en profesar la fe como luz que ilumina el comportamiento del cristiano en la sociedad actual. Jesús pide de nosotros ser capaces de transmitir la fe, y sólo seremos transmisores de la fe a las nuevas generaciones si vivimos conforme a la fe que profesamos.

Para dar testimonio de Jesús, el cristiano ha de alimentar su fe en la Palabra de Dios que se proclama en la misa de cada domingo, y participando en la comunión eucarística, verdadero alimento de vida eterna, medio privilegiado para vivir en la presencia de Dios. Ninguno de nosotros podemos perder la conciencia del pecado, que tanto daño causa en las personas y en el cuerpo social como tal, manteniéndonos conscientes de que el sacramento de la Penitencia nos devuelve, una y otra vez, a la pureza de vida que genera el bautismo. La conciencia del pecado nos defiende de una vida sin Dios, que ha puesto la fe en Cristo y las enseñanzas evangélicas entre paréntesis; nos defiende de la falta de principios morales y del materialismo del ambiente, porque la fe en Cristo Jesús nos enraíza en el amor de Dios y del prójimo, fuente de inspiración de la vida.

A veces ponemos todo nuestro esfuerzo en lograr una apariencia irreal de lo que somos, y aspiramos a tener para aparecer mejor. Nos dejamos llevar por la vanidad de una vida sin contenido real de fe, aunque con brillo en apariencia religioso. No podemos olvidar la enseñanza de Jesús, que sale al paso de las aspiraciones mundanas de los dos hermanos hijos de Zebedeo: «El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor…» (Mt 20,26). El servicio generoso al prójimo es poco aparente, ha sido incluso tarea de esclavos y aún lo es en algunas culturas, pero Jesús nos dice que el que sirve es en verdad el que es el primero y más importante. Nos dice que tomemos ejemplo de él: «Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,27-28).

El Apóstol Santiago hizo suya la enseñanza, y dio su vida por Jesús y así nos la transmitió a nosotros. Hoy invocamos su patrocinio e intercesión y le suplicamos:

«Señor Santiago, Patrón amado de los pueblos y las gentes de España, ayúdanos a ser verdaderos discípulos de Cristo Jesús.

Amigo del Señor, ayúdanos a mantener la fe que hemos recibido de nuestros mayores, que en una cadena ininterrumpida de siglos ha iluminado nuestra trayectoria histórica y ha dado sentido a nuestra vida.

Ayúdanos a mantener una sociedad en paz y libertad, próspera y solidaria con los más necesitados, para poder proclamar el Evangelio y bendecir y alabar a Dios creador y señor de todas las cosas.

Señor Santiago, padre de nuestra fe, que por tu intercesión España se mantenga fiel a Cristo hasta el final de los tiempos. Que unidos a la Virgen María, que alentó con su espiritual presencia las tareas de la predicación apostólica, y amparados por su maternal protección salgamos contigo al campo inmenso de la mies de la nueva evangelización. Amén.»

Iglesia parroquial de Santiago Apóstol

Balanegra

25 de julio de 2015

                                               + Adolfo González Montes

                                                      Obispo de Almería

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