Textos bíblicos: Ap 11,19a; 12,6a-10ab

                      Sal 44,11-12a.16

                      1 Cor 15,20-26

                      Lc 1,39-56

         «Apareció una figura portentosa en el cielo:

una mujer vestida de sol, la luna por pedestal,

coronada con doce estrellas» (Ap 12,1)

Queridos hermanos y hermanas:

La Iglesia se goza en este día grande de la fiesta de la glorificación de la bienaventurada Virgen María, al contemplar cumplido en ella el designio de Dios para la humanidad redimida por Cristo. Con razón celebramos con gran alegría esta fiesta de María, que en esta comunidad parroquial de Serón adquiere hoy un significado singular, al cumplirse hoy los cincuenta años de la solemne coronación de la Santísima Virgen de los Remedios, patrona de esta entrañable villa. Acostada al abrigo del macizo central del Almazora, Serón revive hoy el día grande de esta Virgen coronada. Está en la memoria de muchos de vosotros el recuerdo de aquel día memorable y la emoción que embargó el corazón de los fieles, cuando nuestro venerado predecesor el Obispo Don Alfonso Ródenas García colocó sobre las sienes de la sagrada imagen de la Patrona la corona que la enaltece como Reina coronada de gloria junto al Hijo resucitado y entronizado en los cielos, Señor y Rey del universo. Aquel día grande en la historia de esta villa visteis cumplido el verso profético del salmista: «De pie a tu derecha está la Reina, enjoyada con oro de Ofir» (Sal 44,10).

Han pasado cincuenta años de aquel acontecimiento de 1965, y hemos de agradecer a Dios que la piedad mariana ha ayudado a tantos hijos de estas tierras cristianas a mantener la fe en Cristo. A lo largo de este medio siglo muchos de los testigos de la coronación han ido descansando en el Señor y la Virgen los tendrá consigo, como esperamos en la fe. Los testigos vivos de aquel acontecimiento sois hoy bien conscientes del empeño con que habéis transmitido la fe en Cristo a las nuevas generaciones, que han crecido en una sociedad muy distinta. Con todas las limitaciones humanas y los cambios que acompañan nuestra vida, unos y otros habéis experimentado en formas diversas la maternal intercesión y el constante cuidado espiritual de Santa María, encomendándoos a ella en esta advocación «de los Remedios», tan extendida en España y en tierras de Hispanoamérica, donde España llevó la fe en Cristo.

En el amor que profesáis a la Santísima Virgen confesáis la fe en Cristo, por medio del cual nos ha llegado la gracia de la redención, pues Cristo Jesús se hizo hombre y asumió nuestra humana naturaleza naciendo de la Virgen María. La obra redentora de Cristo se ha realizado por el misterio de su muerte y resurrección, pero para llegar a él, donde Dios Padre nos ha revelado su amor misericordioso, el Hijo de Dios se hizo hombre en el vientre de María. Fue así como se cumplió el designio amoroso del Padre para la humanidad pecadora: que fuera rescatada del pecado y de la muerte eterna por el fruto bendito de las entrañas de la Virgen. Con toda razón y justicia el Concilio de Éfeso (a. D. 431) la proclamó verdadera Theotókos, Madre de Dios. María es la madre del Hijo eterno de Dios, que es igual a Dios en su condición divina, porque procede de Dios Padre y en él sido engendrado y no creado, existiendo desde siempre en el seno de Dios Padre.

Si dejáramos de confesar la divinidad de Cristo dejaríamos de ser cristianos. Por esta fe han muerto los mártires, y los bautizados en Cristo siguen siendo perseguidos y menospreciados, expulsados de sus tierras, despojados de sus derechos y asesinados. Es una constante de la historia de la Iglesia que hoy tiene una expresión cruel en los padecimientos de los cristianos del Oriente cercano y en algunos países de África.

Ante este impactante testimonio de los cristianos perseguidos se fortalece nuestra fe. Nosotros creemos en la maternidad divina de María porque creemos en la divinidad del Hijo de Dios, que es al mismo tiempo hijo de María Virgen. Todo lo que afirmamos de la gloria de María comienza en la en carnación del Verbo de Dios en sus entrañas. Concebida sin pecado, la Inmaculada Virgen María está asociada de forma inseparable a la obra de redención de su divino Hijo. Lo dice el Vaticano II recapitulando la doctrina de la fe: «Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte» (Vaticano II: Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen Gentium, n. 57).

La Virgen María, con la ayuda de su esposo José, se consagró a la infancia de Jesús, que maduró como ser humano en el hogar de la sagrada Familia. Desde el inicio de la vida pública de Jesús, María aparece en las bodas de Caná intercediendo ante Jesús como la gran aliada de cuantos de ella necesitan. Jesús la elogió por su fe, porque «acogió las palabras con que Jesús situaba el Reino por encima de las consideraciones y de los lazos de la carne y sangre, y proclamaba felices a los que escuchan y guardan la palabra de Dios, como ella lo hacía fielmente (cf. Lc 2,19 y 51)» (LG, n. 58).

Estas palabras del Concilio se completan con la alusión a la peregrinación de la fe en la que María se mantuvo fielmente unida a su Hijo hasta la cruz, permaneciendo de pie junto al Crucificado, sufriendo intensamente el dolor de su suplicio en la cruz con un corazón de madre, aceptando, con amor, el destino de su Hijo, que trascendía cuanto ella podía comprender, pero se apoyaba en la palabra de Dios y esperaba en que Dios revelaría el sentido de aquella muerte redentora.

Unida a Cristo desde la encarnación del Verbo, María se mantuvo, fiel al designio de Dios sobre ella, para bien de toda la humanidad. De esta manera la peregrinación creyente de María avanzó hacia la gloria de su Hijo resucitado y ascendido al cielo. En la asunción de la Virgen María se nos revela anticipadamente la gloria que nosotros esperamos, si como ella permanecemos unidos a Cristo; de suerte que se cumplirá en nosotros lo que dice san Pablo acerca del destino de los redimidos: «Pues a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito de muchos hermanos; y a los que predestinó, a éstos también los llamó; y a los que llamó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos también los glorificó» (Rom 8,29-30).

Este destino de gloria nos permite entender aquellas otras palabras del Apóstol llenas de fe y esperanza: «La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón» (1 Cor 15,55). Cristo ha vencido la muerte en su gloriosa resurrección y hecho señor del universo, ha asociado a su madre a su propia gloria, anticipando así para fortalecimiento de nuestra fe la gloria que aguardamos. La Virgen María aparece ante la humanidad como la imagen, el icono de nuestro propio destino, al tiempo que nos revela su singular lugar en la historia de nuestra salvación.

La visión del Apocalipsis nos presenta a la madre del Redentor en el cielo: «vestida del sol, la luna por pedestal, coronada de doce estrellas» (Ap 12,1). La mujer de esta visión simbólica espera el parto del hijo, que como profetizara el salmista, estaba «destinado a regir a todas las naciones con cetro de hierro» (Ap 12,5; cf. Sal 2,9). Es decir, estaba destinado a ser verdadero Señor de lo creado, porque el nacido de la Virgen es aquel que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, a quien el Padre ha entregado el poder y el reino. Él es en verdad el Rey del universo y todos los poderes se le han de someter. La victoria de Cristo sobre la muerte es victoria de Cristo sobre el pecado. Se comprenden así las palabras del Apóstol: «Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida (…) Porque él debe reinar hasta que ponga a sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la Muerte» (1 Cor 15,22.25-26; cf. Sal 110,1).

La Asunción de la Santísima Virgen en cuerpo y alma a los cielos nos deja ver que, vencida la muerte para siempre, seremos revestidos de un cuerpo espiritual y glorioso, algo que sólo acontecerá vencido el pecado y con él la muerte eterna. En María se nos anuncia nuestro destino y se nos llama a luchar contra el pecado, causa y origen de la desgracia humana. Tenemos que dar la batalla a tantas manifestaciones del pecado como hay en el mundo, pero tenemos que darla sobre todo para vernos libres nosotros de cuanto nos aparta de la unión con Cristo. Acudamos a María para lograrlo y encomendemos a su maternal cuidado la superación de nuestros males y debilidades morales; y pidámosle que sus amorosos remedios nos libren de todos nuestros males, pero sobre todo del mayor mal que nos puede sobrevenir: el pecado y el apartamiento de Dios. Pidámosle a la Virgen de los Remedios que nos dispongan a acoger el reino de Dios convencidos de las palabras de san Pablo: «Que el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo (…) Procuremos, por tanto, lo que fomente la paz y la mutua edificación» (Rom 14,17.19).

Acoger el reino de Dios es reconocer que todo bien procede de Dios y no podemos caer en la tentación de sustituir el reino de Dios por el reino de los hombres sin Dios. Nuestra vida está siempre en las manos de Dios y la Virgen María nos recuerda siempre que el bien que Dios nos ofrece viene por mediación de Cristo. La Virgen nos invita a secundar en cada momento de nuestra vida mortal lo que Jesús nos dice, como lo hizo en Caná de Galilea: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Su cantico de acción de gracias, el Magnificat, que hemos escuchado en el evangelio, nos ayuda a agradecer a Dios sus dones y poner en él nuestra esperanza, reconociendo en la fe que, sin la libertad interior que viene de Dios, no lograremos romper las esclavitudes de una vida marcada por los egoísmos y los intereses meramente humanos. Más aún, este cántico de María que la Iglesia recita cada día en la oración de vísperas nos descubre cómo Dios derriba del trono el poder de los poderosos en apariencia, y deja sin bienes duraderos a los que se aferran a los bienes de este mundo como única garantía y esperanza.

Vamos a celebrar la Eucaristía y María, mujer eucarística, como la nombró el santo Papa Juan Pablo II, nos invita a cantar con ella la liberación que ha acontecido en el sacrificio de la cruz. Cantemos con María la pascua de Jesús que se hace presente en el altar, cantemos la liberación del pecado y de la muerte que Cristo nos trae en el sacramento del amor. Demos gloria al Dios que nos ha salvado por medio de la cruz redentora de Jesús, que nos abrió el camino del cielo resucitando de entre los muertos, y ascendiendo a la gloria del Padre, donde ha colocado a su derecha a su Madre.

Iglesia de Santa María

Serón, 15 de agosto de 2015

                                                           + Adolfo González Montes

                                                                    Obispo de Almería

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