Lecturas bíblicas: Eclo 24,1.3-4.8-12.19-20

                        Sal Jdt13,18a-e.19

                        Gál 4,4-7

                        Lc 11,27-28

Queridos hermanos sacerdotes, miembros del Cabildo Catedral y de la Comunidad de la Orden de Predicadores;

Excelentísima Sra. Ministra;

Ilustrísimo Sr. Alcalde;

Dignas Autoridades civiles y militares;

Religiosas y cofrades de la Virgen;

Hermanos y hermanas:

La fiesta de la Patrona vuelve para traernos el mensaje de paz que es contenido del Evangelio y fruto de la muerte y resurrección del Señor: la paz fruto de la reconciliación acontecida en Cristo y que se hace actual y presente en el sacramento de la Eucaristía que celebramos.

Mensaje paz que es asimismo mensaje de esperanza en la definitiva superación de incontables sufrimientos, en un clima social de permanente sobresalto e incertidumbre que pone en riesgo la vida de tantos millones de personas. Esperanza por tanto de superación plena de los avatares que padecen las naciones acosadas por el terror y la guerra, originados en enfrentamientos civiles y las reivindicaciones que los ocasionan, motivadas tantas veces ideológicamente contra el bien común de la sociedad en su conjunto.

Esperanza en que desaparezcan actuaciones contrarias al interés general, movidas por intereses partidistas y sectoriales que destruyen o hacen imposible el logro del bienestar que el ser humano necesita para su pleno desarrollo material y espiritual, y causan la quiebra de la paz social. Esperanza, en fin, que a todos nos ha de mover el corazón de alcanzar la paz que Dios da al hombre convertido, la paz que es don que viene sólo con la definitiva exclusión del pecado; la paz que dimana de la reconciliación que Cristo ha hecho posible mediante su muerte y resurrección. Una reconciliación que lo es del hombre con Dios y de los hombres entre sí, pero que sólo llegará a experimentarse mediante la conversión a Dios de cada uno de los oyentes del Evangelio, recibiendo su paz que es victoria sobre el pecado, origen de las desavenencias y de las hostilidades humanas.

La ausencia de paz social es expresión de las contradicciones que alimentan la falta de entendimiento entre las personas y los grupos sociales dentro de una determinada sociedad. Gracias a los medios de comunicación esta falta de paz podemos verla en las noticias y documentales que sacuden nuestra comodidad y seguridades cotidiana, al informar de los enfrentamientos bélicos de guerras civiles que desangran a sociedades enteras de tantos países cercanos unos y lejanos otros, donde se vive el horror de la persecución y muerte de decenas de miles de cristianos, persecución que no cesa y alcanza a otras minorías religiosas y sociales acosadas por la intolerancia del integrismo islámico, que está llevando al exilio a poblaciones enteras. Desastre que se ha convertido en una terrible expresión del drama que acompaña la persecución y violación de las libertades fundamentales de las personas y los pueblos.

Este drama ha venido a agravar el ya dramático intento de lanzarse al mar para llegar a Europa desde África, drama que ahora en estas últimas semanas viene extendiéndose a ciudadanos musulmanes, familias enteras que lo han perdido todo entrizados entre las facciones civiles enfrentadas violentamente, de forma particularmente preocupante por el riesgo en algunos casos de verdadera catástrofe humanitaria. Estos enfrentamientos civiles están llevando el horror de la muerte a miles de personas, al tiempo que destruyen la convivencia social entre grupos humanos que, aunque diferentes forman parte de la misma sociedad. La barbarie de sus actuaciones amenaza la supervivencia de las personas y de las mismas construcciones urbanas de tantas ciudades que están siendo literalmente arrasadas juntamente con los mismos vestigios de antiguas civilizaciones, testigos históricos del pasado.

En esta vorágine de destrucciones que los medios de comunicación nos transmiten cada día, el enfrentamiento entre creyentes resulta particularmente impactante y doloroso. El Santo Padre Francisco viene denunciando con energía esta ola de destrucción como expresión del pecado que invade la vida de los seres humanos, y que tiene en la persecución de los cristianos y en la emigración y el exilio forzado de las personas una expresión terrible de la capacidad destructiva del mal y del misterio de la iniquidad.

En este contexto la celebración de las fiestas no puede hacernos olvidar el drama humano que estamos viviendo y tiene en la huida hacia Europa de familias enteras, que intentan salvar la vida en un exilio forzado por las guerras civiles en países que son en realidad nuestros vecinos por pertenecer a la geografía mediterránea.

Se trata de una situación social en la cual las bienaventuranzas cobran una fuerza profética poderosa: «Bienaventurados los pobres en el espíritu… los mansos… los que lloran… los que tienen hambre y sed de justicia… Bienaventurados los que trabajan por la paz… Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos Bienaventurados seréis cuando os insulten y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa» (Mt 5,3-11).

Si viviéramos de la palabra de Dios y de la sabiduría que viene de arriba, la que elogia la Sagrada Escritura y la liturgia aplica al Verbo de Dios encarnado en la Virgen, comprenderíamos mejor el cántico del Magníficat que recitamos cada día. Comprenderíamos el alcance que tiene para la vida cristiana este cántico de María, que llena de la gracia divina prorrumpe en alabanzas al poder de Dios, porque «su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen» (Lc 1,50). María se siente inmerecidamente agraciada y comprende el acontecer de la salvación, mediante el cual Dios le manifiesta el misterio de su elección para madre del Salvador como condescendencia de Dios para con ella.

Como vemos por el evangelio, Jesús la declarará dichosa, bienaventurada, porque cumple la palabra de Dios, aun cuando le ha llevado a él en su vientre y es verdadera Madre del Hijo de Dios y, en cuanto tal verdadera «Madre de Dios». No quiere que se separe una cosa de la otra: María es grande porque es la Madre del Redentor, pero Dios ha hecho de su madre el modelo de fidelidad al designio de Dios; y el temor de Dios se manifiesta en ella en el cumplimiento fiel de la palabra divina en su vida. Por eso aparece ante la comunidad eclesial como la figura perfecta del discípulo de Jesús, como figura de la Iglesia.

El cumplimiento de la palabra de Dios se traduce en obras de amor, camino único hacia Dios, peregrinación hacia la vida eterna. Se entiende así que Jesús diga a sus discípulos la noche de la última Cena que sólo es posible permanecer en su amor cumpliendo sus mandamientos: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor» (Jn 15,10). Es el apóstol Santiago el que nos recomienda la guarda de los mandamiento como garantía de verdadera fe: «Poned por obra la palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos» (Sant 1,22).

No podemos por eso negarnos al amor de Dios, que es amar su voluntad y cumplirla, como no podemos separar el amor a Dios del amor al prójimo, porque «de estos dos mandamientos pende toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,40). Entendemos que san Pablo resuma la tabla de mandamientos referidos al prójimo de esta manera: «La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rom 13,10); y que sentencie con convencimiento: «La caridad no acaba nunca» (1 Cor 12,8).

No basta la búsqueda de la justicia, Dios nos reclama caridad, porque la caridad alienta en una búsqueda de la justicia que lleva a la verdadera paz social, donde nadie se siente excluido y nadie busca resarcirse de las injusticias de los demás, sino promover el amor más allá de la revancha, la venganza, el desquite, que mueve con demasiada frecuencia la búsqueda del poder como medio de imposición de la propia ideología, de la manera propia de interpretar la historia mediante la descalificación reiterada del adversario, sin reparar en la mentira, la tergiversación de los hechos y su deliberada falsificación como propalación de las propias ideas. Se llega así a negar el mal que uno mismo causa para poder denunciar sólo el mal causado por los demás.

Una mente sin la sabiduría que viene de Dios es incompatible con un corazón que ama a Dios y al prójimo. Por eso, Santiago pide a los cristianos que supliquemos el verdadero conocimiento de la voluntad de Dios y la vida virtuosa mediante la cual ponemos por obra su palabra. María así nos lo pide y aparece ante nosotros como ejemplo de obediencia a la palabra de Dios. Acoge la palabra divina y pronuncia su fiat, respondiendo al mensaje del ángel: «hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). La fe en ella es afianzamiento en la palabra de Dios y cumplimiento de la palabra divina; y por eso es dichosa, bienaventurada.

La Iglesia contempla en ella encarnada la Sabiduría divina que desde el principio del mundo acompañaba a Dios en la creación y, alentó toda la historia de la salvación, que llegó a la plenitud de los tiempos con la encarnación del Hijo de Dios, «nacido de mujer, nacido bajo la Ley» (Gál 4,4). Es la Sabiduría que se revela en el Verbo de Dios y en Cristo Jesús se hace carne y pone su morada en Jacob, en el pueblo de la elección divina: «Y la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros» (Jn 1,14a). María aparece así como la que da a luz a la Sabiduría hecha carne, a la Palabra humanada que mora entre los hombres, la Palabra encarnada que es el mismo Hijo de Dios nacido de sus entrañas.

Pidamos a Dios la sabiduría de lo alto y acojamos en nosotros la palabra de Dios, acojamos a Cristo y permanezcamos en él mediante la guarda de sus mandamientos. Las difíciles circunstancias por las que pasan tantos hermanos nuestros, el aldabonazo a las puertas de nuestra sociedad europea que es el exilio forzado y la búsqueda de paz y de seguridad de quienes huyen del hambre y de la guerra, de quienes buscan trabajo, paz y bienestar no puede dejarnos indiferentes, si de verdad nos reconocemos como discípulos de Cristo e hijos espirituales de María, Madre de la Iglesia y Reina de la Paz.

Somos países de historia y cultura cristiana, aunque la forma del Estado de nuestras modernas sociedades sea aconfesional. Que la Santísima Virgen del Mar nos ayude a encontrar los medios de poner concordia donde falta, auxilio donde se solicita y amor en todo cuanto hagamos como discípulos y testigos de Cristo ante los hombres nuestros hermanos.

 

Santuario de la Virgen del Mar

Almería, a 29 de agosto de 2015

 

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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