Lecturas bíblicas: Ez 47,1-2.8-9.12;

     Salmo responsorial: Is 12,2-3.4-6

     Rom 5,12.17-19

           Jn 7,37-39

Querido hermano en el episcopado y queridos hermanos sacerdotes;

Ilustrísimo Sr. Alcalde y respetadas Autoridades civiles y militares;

Queridas religiosas y fieles laicos;

Queridos huercalenses venidos de las distintas poblaciones de este gran municipio y tierras vecinas:

Nos congrega en esta Plaza de la Constitución de Huércal-Overa la coronación pontificia que, con la autoridad del Santo Padre Francisco llevaré a cabo en el marco de la celebración de esta solemne eucaristía, en el domingo, «día en que Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal» Así reza la memoria de la resurrección de Cristo, anticipada para nosotros en sus efectos de gracia ya en esta vida mortal por virtud del Espíritu Santo, que nos atrae a Cristo y nos configura con él.

El apóstol san Pablo dice a Timoteo, hijo espiritual y colaborador en las tareas del Evangelio: “Si hemos muerto con él, también viviremos con él; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con él…” (2 Tim 2,11-12).

Este fue el designio de Dios sobre María y ahora la Madre de Cristo nuestro Redentor reina con él cielo. En ella se cumplió este designio divino en razón de su maternidad divina, haciéndose realidad en ella de modo pleno las palabras del Apóstol: “Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los llamó; y a los que llamó, a ésos también los justificó; y a los que justificó, a ésos también los glorificó” (Rom 8,29-30).

Esta fe de la Iglesia, que es vuestra fe, os llevó la jornada de la coronación pontificia de la sagrada imagen de la Virgen del Río, que suplicasteis del Santo Padre, el hoy beato Pablo VI. La bellísima talla de la Virgen era obra del escultor Francisco Bellver, y llegó desde la segunda mitad del siglo XIX hasta su desaparición en la riada del 19 de octubre de 1973, que se llevó la imagen y destruyó la ermita. Aquel acontecimiento en el que, como sucede tantas veces en el litoral mediterráneo, las torrenteras todo lo arrasan poniendo en grave peligro la vida de las personas y de los seres vivos y ocasionando cuantiosos daños materiales, vino a poner de relieve que incluso las más bellas representaciones de Cristo y de su santísima Madre son pálidos reflejos de las realidades divinas y humanas que representan. No las debemos confundir con aquello que representan y aquellas divinas realidades a las que las imágenes nos llevan.

De Cristo Jesús dicen las sagradas Escrituras que es “el más bello de los hombres en cuyos labios se derrama la gracia” (Sal 45,3), porque es portador de la hermosura divina del Padre y “a mirra, áloe y acacia huelen sus vestidos” (v. 9). La Iglesia aplica a la Virgen María, la Madre del Hijo de Dios, las palabras que evocan la esposa del Rey y que la fe ve encarnada en Israel, la que es figura de la Virgen y de la Iglesia: “la princesa bellísima, vestida de perlas y brocado” (Sal 45,14.15), porque es la madre de la Sabiduría es la “madre del amor hermoso, del temor, del conocimiento y de la santa esperanza” (Griego 248 Eclo 24,18[= Neo Vulgata 24,24).

   Queremos hacer memoria de la coronación de aquella sagrada imagen de la Virgen María realizada por nuestro venerado predecesor de tan feliz memoria, Mons. Alfonso Ródenas García en aquel 11 de abril de 1965, jornada feliz inscrita en la historia cristiana de esta gran villa y de todas las poblaciones de la comarca. Al cumplirse los cincuenta años de aquel acontecimiento, la Providencia divina ha querido que hoy coronemos con la autoridad del Papa Francisco la nueva imagen de la Virgen del Río, que veneráis en la iglesia parroquial de san Isidro, domicilio canónico de la sagrada imagen hasta que disponga de la ermita y santuario que con esperanza soñáis para ella. Hemos asumido vuestro deseo de que esta coronación tuviera la misma condición de aquella de que gozaba la imagen perdida, y así se lo hemos pedido a la Congregación romana que ha decretado esta coronación pontificia que vamos a realizar con la autoridad del Santo Padre.

A las realidades divinas que las imágenes representan alude al título hermoso en sí mismo de Nuestra Señora la Virgen del Río, porque en verdad la Virgen María es fuente de salvación, de la cual habla la lectura de Ezequiel: Cristo Jesús, nacido de la Virgen maría es el río de la gracia que procede del Padre y las aguas que de él proceden son la imagen bellísima del Espíritu Santo. Así, refiriéndose a la gracia redentora de la que Jesús es portador alude al Espíritu Santo que se nos da como don de santificación: “Si alguno tiene sed, que venga a mí, y beberá el que cree en mí, como dice la Escritura: de su seno correrán ríos de agua viva” (Jn 7,37b-38). Lo hemos escuchado en el evangelio de san Juan; y comentando este evangelio, San Cirilo de Alejandría dice que las aguas a las que se refiere Jesús, de las que hablaba proféticamente Ezequiel, son las aguas del torrente que «se asemeja a nuestro Señor Jesucristo río que es Jesucristo, en quien encontraremos toda la alegría y gozo de la esperanza y en el que encontraremos a nuestro amado de manera divina y espiritual» (San Cirilo de Alejandría, Com. al evangelio de Juan 5,1).

El contenido de este torrente es el mismo Espíritu Santo que Cristo nos entrega como don pascual, como menta el mismo evangelista san Juan, al decir que al aludir al agua viva del torrente, “esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él” (Jn 7,39). San Agustín nos advierte que para recibir esta agua que formará en el interior del hombre el torrente que salta hasta la vida eterna y lleva las aguas del Espíritu Santo es necesario tener sed de Cristo; y para esto hay que sentir la propia sequedad, el pecado y la culpa que nos embarga, para concluir: «Por lo tanto, te convertirás en río de agua viva si bebes; pero no bebes si no sientes sed» (San Agustín, Sermón 160,2).

Lo más grave de la cultura ambiente que respiramos hoy es esta secularización de la vida que ha puesto entre paréntesis a Dios, alejando al hombre de nuestro tiempo, cuyos orígenes son cristianos, de la beneficiosa acción vivificadora de las aguas del Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo y que se nos ha dado en el bautismo. Las aguas sin el Espíritu vivificador son un remanso putrefacto, las aguas que son removidas por el Espíritu vivificador son saneadas y dejan de ser aguas salobres, y riegan y dan vida a cuanto crece junto a ellas, y “su fruto será comestible y sus hojas medicinales” (Ez 47,12).

Los dos pasajes, el de Ezequiel y el que hemos escuchado del evangelio de san Juan se hallan en referencia recíproca. Jesús mismo se refirió a su cuerpo mortal como el templo de Dios y con palabras que no comprendieron sus adversarios lo que Jesús hacía cuando echó del templo a los comerciantes y cambistas. Por eso, cuando le pidieron un signo que acreditara la autoridad con la que actuaba, Jesús les dijo: “Destruid este templo y en tres días lo levantaré” (Jn 2,). Ellos no entendieron, porque creían que Jesús hablaba del templo de Salomón reconstruido por Herodes, pero Jesús hablaba del templo de su cuerpo. Por eso los Padres de la Iglesia antigua vieron en la el agua y la sangre que brotaron del costado abierto de Cristo por la lanza del soldado los sacramentos del bautismo y de la Eucaristía por medio de los cuales recibimos el Espíritu santificador que nos une a Cristo y nos hace una sola cosa con él.

Este Jesús donde habita la plenitud de la divinidad y es el gran río de la gracia redentora y santificadora que viene del Padre y del Hijo para nuestra redención y santificación es el hijo de Dios y, al mismo tiempo, es el hijo de María, que con toda justicia es fuente de nuestra salvación. Veis por tanto, querido hermanos y hermanas, cómo la advocación llena de belleza con la que invocáis a Nuestra Señora llamándola Virgen del Río evoca la obra que nos salva y abre para nosotros la vida eterna. Entendemos que la Iglesia invoque a la santísima Virgen como verdadera madre de Dios, porque nos ha dado al Autor de la vida temporal y de la vida eterna, Jesucristo nuestro Señor, porque fuimos creados en Cristo y en él hemos sido redimidos.

Como fuente de la salvación, la Virgen María es inseparable de Cristo y en ello reside su maternidad espiritual sobre nosotros. Lo expresó con claridad y belleza el Vaticano II: «Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, sufriendo con su Hijo que moría en la cruz, colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida de los hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia» (Vaticano II: Constitución dogmática Sobre la Iglesia Lumen Gentium, n. 61). A esta importante enseñanza, el Concilio añadió cómo esta íntima unión de María a Cristo la une asimismo a la Iglesia y, uniéndose a los Padres de la Iglesia antigua, el Concilio añade que María es figura de la Iglesia «en el orden de la fe, del amor y de la unión perfecta con Cristo» (LG, n. 63).

María nos lleva a Cristo y nos acompaña por el camino de la vocación cristiana a la santidad. Contemplando su corazón traspasado nos sentimos animados a unirnos a los sufrimientos de Cristo cuando el dolor y las dificultades nos asaltan, sabiendo que nuestra libre aceptación de nuestra condición frágil y mortal no anula nuestra voluntad de luchar contra el mal y la desgracia humana sino que nos fortaleza en la lucha y alienta en nosotros la esperanza de la victoria definitiva contra el dolor y la muerte, apoyándonos en el triunfo de la resurrección gloriosa de Cristo. Por eso, todo cuanto hacemos por amor a Dios y al prójimo manifiesta nuestra lucha contra el pecado y el mal que el pecado desencadena; y nuestra sincera voluntad de compartir el sufrimiento de los hombres nuestros hermanos, de los pobres y desterrados, de los prófugos y perseguidos, de los hambrientos y necesitados, tratando de aliviar sus sufrimientos, lo hacemos convencidos de que la última palabra es de Dios y de Cristo. Sabemos, como nos enseña san Pablo, que mal entró en el mundo por la desobediencia del hombre a Dios y tenemos fe en que Cristo ha vencido el pecado y la muerte, y reina para siempre. Cristo resucitado ha asociado a su triunfo a su madre, y ambos están cerca de cada uno de nosotros alentando nuestra peregrinación hacia la vida eterna.

Coronamos hoy la imagen sagrada de la Virgen del Río y al hacerlo confesamos que María ha sido coronada de gloria por la Trinidad Santa del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y unidos a ella y espiritualmente sostenidos por su maternal ternura esperamos también nosotros llegar a la patria celestial y ser coronados de gloria y participar en la vida divina, donde alcanzaremos la plena comunión de los santos. Hasta entonces hagamos cuanto esté de nuestra parte y con la gracia de Dios abramos el corazón a todos, guiados por la Virgen Madre. Qué importante es que su imagen sea contemplada como lugar de encuentro sin exclusiones, venerada por todos los hijos de estas tierras cristianas. Nada sería tan conveniente para las comunidades cristianas de la comarca tener a la Santísima Virgen del Río por Patrona común, que aúna en la fe y en el amor a todos sus hijos.

Ahora, al volvernos hacia la imagen de la Virgen para colocarle la corona que aureole su cabeza y enaltezca su figura de Virgen y Madre transida del dolor que por nosotros sufrió junto a su Hijo y que ha merecido el triunfo de la gloria con él, digamos con alegría:

¡Salve, Madre Santa, Virgen Madre del Rey

que gobierna cielo y tierra

por los siglos de los siglos! Amén.

Plaza de la Constitución

Huercal-Overa

 

20 de septiembre de 2015

+ Adolfo González Montes

 Obispo de Almería

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