Lecturas bíblicas: Gn 3,9-15.20

                        Sal 97,1-4

                        Ef 1,3-6.11-12

                        Lc 1,26-38

Queridos hermanos sacerdotes, religiosas  y fieles laicos; Queridos seminaristas; Hermanos y hermanas:

La solemnidad de la Inmaculada colocada en el centro del Adviento nos invita a mirar a la Virgen, modelo de existencia cristiana que estamos llamados a vivir en plenitud, y figura de la Iglesia, que es comunidad de gracia y redención, en la cual todos encontramos la salvación que es Cristo.

Por nuestras propias fuerzas nosotros no podemos llevar a plenitud la existencia cristiana sin la gracia de Dios, porque sin Cristo Jesús no podemos hacer nada por nosotros mismos en orden a nuestra salvación, como advertía el mismo Jesús a sus discípulos al decir que él es la vid verdadera de cuya savia viven los sarmientos (cf. Jn 15,5ss). Para llevar a término y consumación nuestra vida Dios ha dispuesto una historia de salvación que progresivamente preparara a la humanidad a recibir la gracia de la salvación. Quiso Dios que el Verbo se hiera carne y de este modo quiso que aquel es Hijo eterno de Dios se revistiera de nuestra humana naturaleza naciendo de la Virgen María.

El libro del Génesis describe en una narración literaria, plástica y sugerente, la caída de nuestros primeros padres, el pecado de la humanidad primera, pecado original que, conforme dice san Pablo en la carta a los Romanos, dio lugar a la irrupción del pecado «en el mundo y por el pecado la muerte, y así la muerte alcanzó a todos los hombres, ya que todos pecaron» (Rom 5,12). De esta suerte, con la entrada del pecado en el mundo se hizo necesidad la redención del género humano, marcado por la culpa desde los comienzos de la humanidad; «pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom 5,20), agrega a su reflexión san Pablo razonando como es bien conocido. Después de afirmar que la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluyendo en la misma situación de pecado merecedora de castigo divino no sólo a los paganos, sino también a los hijos del pueblo elegido, que corrieron la misma suerte que los paganos. Si los paganos no siguieron el dictado moral de la conciencia e ignoraron culpablemente a Dios, los judíos además transgredieron la ley de Moisés. Por eso, todos los humanos necesitarían de redención. De este modo,  dice san Pablo «todos pecaron y están privados de la gloria de Dios— y son justificados por el don de su gracia en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús» (Rom 3,24).

Dios no entregó a la humanidad a la muerte eterna, sino que le ha entregado su propia vida divina enviando a su Hijo al mundo. Por eso san Pablo continúa su reflexión diciendo que «si por el delito de uno murieron todos, ¡cuánto más la gracia de Dios y l don otorgado, por la gracia de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos» (Rom 5,15). La historia de redención comenzó ya en la promesa del paraíso, pues cuando Dios maldijo a la serpiente tentadora y el castigo por el pecado se cernía sobre nuestros primeros padres, Dios prometió a la mujer la redención, diciendo a la serpiente: «establezco hostilidades entre tui y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella (la mujer) te herirá en la cabeza, cuando tú la hieras en el talón» (Gn 3,15.20).

María es la nueva Eva que da a luz al nuevo Adán, Cristo Jesús, que por su muerte y resurrección ha llevado a cabo la redención humana y nos ha devuelto la libertad frente a la esclavitud del pecado y del príncipe de este mundo, haciendo de nosotros mediante la reconciliación de su cruz verdaderamente hijos de Dios. Con miras a la redención, el Hijo de Dios, nació de la Virgen María, tomó nuestra naturaleza humana y, haciéndose «en todo semejante a nosotros menos en el pecado» (Hb 4,15), llevó a cabo la salvación del género humano.

Como reza la oración colecta de la misa de este día, Dios dispuso la concepción inmaculada de la Virgen María, «y en previsión de la muerte de su Hijo, la preservó de todo pecado», para que el Hijo de Dios hecho hombre en sus entrañas, llevara a cabo la misión de redimir al mundo, misión que confesó el Bautista era la misión de Jesús, cuando le señaló como «el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).María fue predestinada por Dios a ser la madre de su Hijo, y así, en razón de su maternidad divina, fue preparada como «digna morada» del que fue engendrado antes de los siglos y «existía junto a Dios y era Dios» (Jn1,1): de forma que con toda justicia ha sido llamada por la tradición de fe de la Iglesia verdadera Theotókos, Madre de Dios, desde que el Concilio de Éfeso (431 d. C.) la proclamara e invocara como tal ante el entusiasmo mariano de los fieles, que de esta manera honraban la carne, la humanidad verdadera de Jesucristo. Esta preparación de María es verdadera predestinación a su divina maternidad y en como predestinada por Dios a ser madre de Cristo, fue elegida, bendecida como modelo de fe para las generaciones y glorificada en su muerte junto a su Hijo resucitado.

María, como lo hemos sido nosotros fue destinada a reproducir la imagen de Jesús  y con él fue glorificada en la asunción a los cielos para estar junto al Resucitado, que es primicia de la nueva humanidad. «Llena de gracia» (Lc 1,29), como la llamó el ángel Gabriel, María es la imagen perfecta de cada discípulo de Jesús y de toda la comunidad eclesial, de la cual es Madre. Así la proclamó el beato papa Pablo VI en la clausura de la tercera sesión del II Concilio Vaticano, el 21 de noviembre de 1964, fiesta de la Presentación de la Santísima Virgen en el templo, tras la aprobación por los padres conciliares de la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium. En aquella ocasión el beato Pablo VI se declaraba con la suprema autoridad del sucesor de Pedro: «declaramos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, de todo el pueblo cristiano, tanto fieles como Pastores, que la llaman Madre amantísima, y decretamos que con este dulcísimo nombre, ya desde ahora, todo el pueblo cristiano honre e invoque a la Madre de Dios» (Discurso en la sesión de clausura de la tercera etapa conciliar, 21 noviembre 1964). En esta constitución los padres del Concilio habían optado por incluir a la Virgen María en el capítulo con el que culminaba la doctrina renovada sobre el misterio de la Iglesia.

El Vaticano II fue clausurado el 8 de diciembre de 1965, en esta fecha memorable, con una solemne misa hoy hace 50 años, después de haber clausurado los trabajos conciliares en la víspera el 7 de diciembre. Hoy es, por tantos motivos, un día de particular memoria. Damos gracias a Dios por la obra conciliar de renovación de la vida eclesial que supuso aquel concilio magno, el de mayor concurrencia en la historia de la Iglesia. Una renovación en la presentación del anuncio evangélico y en el modo de establecer un diálogo fecundo con un mundo en profunda transformación, con la sociedad y la cultura de nuestro tiempo. Cincuenta años después esta renovación continúa realizándose como programa de la Iglesia, que en nuestros días pasa por la llamada del Papa Francisco a la «conversión pastoral». Una renovación de la Iglesia en sus estructuras, reforma que es tarea de todo el pueblo de Dios, secundando las iniciativas del Santo Padre y de los obispos. Una renovación pronta a tender un puente de tránsito recíproco con las demás Iglesias y Comunidades eclesiales, en aras de la deseada unidad visible de la Iglesia. Una renovación que si comenzó por la liturgia, abrió también la vida cristiana al diálogo con las religiones no cristianas, aun cuando a veces puedan surgir los malentendidos y las dificultades no sean siempre fácilmente superables.

Un concilio requiere tiempo para su aplicación, y generaciones que lleven a la práctica sus enseñanzas y decretos. El clima social y cultural de nuestros días ha cambiado notablemente con relación a la época en que fue clausurado el Concilio el pasado siglo. Suplicamos a la Virgen Inmaculada, Patrona de España, nos ayude a vivir y poner en práctica las orientaciones eclesiales emanadas del Concilio y convertidas en programa de las Iglesias particulares, convertido en marco de actuación de los cristianos llamados a ser testigos de la redención que Cristo ha traído al hombre de todos los tiempos.

Somos conscientes del espíritu laicista de nuestros días y de la beligerancia de los grupos sociales anticristianos que pretenden silenciar los signos cristianos que marcan la cultura y tradición de naciones históricamente evangelizadas, en las cuales son mayoría quienes confiesan su condición de cristianos y católicos, como es el caso de nuestra sociedad. Por eso encomendamos a la Virgen María la transmisión y protección de la fe de las nuevas generaciones, para que las ideologías imperantes no arranquen la siembra del Evangelio que la Iglesia lleva a cabo, fiel a la misión que Cristo le confió de llevar el Evangelio a todas los pueblos y culturas.

El Año Santo de la Misericordia, que acaba de inaugurar el Papa, abriendo la puerta santa de la basílica de san Pedro, sea para nosotros de abundantes gracias. Que esta gran perdonanza que el Papa inaugura, y que también nosotros abriremos siguiendo su mandato de Supremo Pastor el próximo domingo, acerque a los alejados a la vida de la Iglesia; y a nosotros nos purifique del pecado y fortalezca nuestro testimonio. Así se lo pedimos a la Virgen Inmaculada, a la que ahora invocamos con las mismas palabras del beato Pablo VI en el memorable discurso en que la proclamó Madre de la Iglesia.

¡Oh Virgen María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, Tú que has recibido al suave apelación de “Auxilio de los Obispos”, protege y asiste a los sagrados Pastores en su misión, juntamente con los sacerdotes, los religiosos y los laicos que colaboran con ellos en el arduo trabajo pastoral.

Tú que por tu mismo Hijo Salvador divino, muriendo en la cruz, fuiste entregada como Madre al discípulo amado, acuérdate del pueblo cristiano a ti confiado.

Acuérdate de todos tus hijos, añade a sus preces tu fuerza peculiar y tu autoridad junto a Dios; conserva íntegra y constante su fe, fortalece su esperanza, aumenta su caridad.

Acuérdate de aquellos que viven en la angustia, la necesidad, el peligro, y especialmente de aquellos que sufren vejaciones y se encuentran en la cárcel por causa de la fe cristiana. Para ellos, Virgen María, pide la fortaleza de ánimo y acelera el esperado día de la justa libertad.

Vuelve tus ojos benignos a nuestros hermanos separados. Dígnate unirnos de nuevo algún día, tú que has engendrado a Cristo, artífice y puente de unidad entre Dios y los hombres.

¡Oh templo de luz sin sombra y sin mancha!, ruega a tu Hijo unigénito, por el que ahora hemos recibido la reconciliación con el Padre, para que sea misericordioso con nuestros errores, aleje de nosotros todo género de desidia, conceda a nuestros corazones el gozo de amar a los hermanos.

Encomendamos a tu corazón inmaculado, oh Virgen Madre de Dios, a todo el género humano; que reconozca a Jesucristo, único y verdadero Salvador; aleja de él las calamidades que lleva consigo el pecado y concédele la paz que consiste en la verdad, la justicia, la libertad y el amo (…) Concede a toda la Iglesia cantar un himno solemne de alabanza y acción de gracias al Dios de las misericordias, un himno de alegría y exaltación, porque el Poderoso ha hecho grandes cosas por medio de ti, ¡oh clementísima,  piadosa y dulce siempre Virgen María!»

S. A. I. Catedral de la Encarnación

                                            X Adolfo González Montes

                                               Obispo de Almería 

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