Lecturas bíblicas: So 3,14-18a

                        Salmo Is 12,2-6

                        Fil 4,4-7

                        Lc 3,10-18

Queridos sacerdotes, religiosas y seminaristas; Queridos fieles laicos; Hermanos y hermanas:

         Acabamos de abrir la Puerta Santa de la Misericordia, que en nuestra Catedral venimos llamando con la tradición “Puerta de los Perdones”, que hoy simboliza de modo especial la entrada en la ciudad de paz, en la Jerusalén del cielo, adonde llegaremos reconciliados —así lo esperamos de la misericordia infinita de Dios— después de nuestra peregrinación terrena. Hemos entrado por la puerta de la gracia en este recinto santo, donde se reúne la asamblea de los redimidos que aún peregrinan en la tierra, miembros de la Iglesia militante, que espera anhelante alcanzar «el monte de Sión, ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial (…) a la asamblea de primogénitos inscritos en el cielo» (Hb 12,22-23).

Esta puerta es símbolo y señal de Cristo, puerta que abre el camino que Él mismo es para llegar al Padre (cf. Jn 14,6). Cristo es la puerta del rebaño y es el buen pastor que nos conduce a la puerta del aprisco, custodia nuestras vidas porque ha entregado la suya por nosotros. Él es la puerta única por la que se accede a la salvación (cf. Jn 10,9), porque «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Hb 13,8).

Con este rito hemos abierto el Año Santo Extraordinario, el Jubileo de la Misericordia convocado por nuestro Santo Padre el Papa Francisco como sucesor de Pedro y portador de la potestad suprema del ministerio de las llaves. No se trata de un poder que aluda a la imagen a veces común de san Pedro como portero e iniciador en determinadas prácticas religiosas. Jesús le entre la autoridad de la que él mismo es portador: la autoridad del Padre, para introducir o excluir a los hombres en el reino de Dios. Una autoridad que es asimismo de enseñanza y de perdón de los pecados: enseñanza que se corresponde con la confesión de fe que Pedro profesa, cuando responde a Cristo: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16); y perdón de los pecados que es absolución de los mismos. Se trata de un poder no sólo reservado a Pedro, ya que es compartido por el conjunto del colegio apostólico (cf. Mt 18,18; Jn 20,23), pero en Pedro alcanza su expresión suprema personificando la misión de la Iglesia[2].

El Papa Francisco, sucesor de Pedro, nos ha convocado a esta gran perdonanza de la misericordia divina, pues Dios no se cansa de esperar el retorno a su amor del pecador, oveja descarriada con la que carga sobre sus hombros Cristo buen pastor de nuestras almas, imagen amorosa del Redentor del hombre, que figura en el logotipo de este Jubileo, es el tema de bellísima factura con el que hemos elaborado nuestro cartel del Año Santo. Con esta imagen queremos apoyar la comprensión del ministerio sacerdotal que el Papa promueve desde el inicio de su pontificado romano, animándonos a los obispos, y con nosotros a todos los sacerdotes, a encarnar con renovado amor la imagen del buen pastor profetizada por Ezequiel: «Como un pastor vela por su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas. Las recobraré de todos los lugares donde se habían dispersado en día de nubes y brumas» (Ez 34,12). Jesús es el buen pastor, a quien representa el ministerio pastoral en la Iglesia y en el mundo, modelo supremo de nuestra conducta. La misericordia de Dios Padre se revela en el pastoreo de Cristo Jesús, en cuyo amor hasta la muerte por nosotros se cumplen las palabras proféticas: «Buscaré la oveja perdida, retornaré a la descarriada, curaré a la herida, confortaré a la enferma; y a las gordas y robustas, las custodiaré; las pastorearé con justicia» (Ez 34,16).

Predicando la misericordia divina no pretende el Papa una reconciliación de la Iglesia con la sociedad y la cultura actuales a costa de ignorar la cruda realidad del pecado. La predicación de la misericordia y el perdón se comprende a luz de la buena noticia del Evangelio. La Iglesia anuncia y ofrece el perdón de los pecados que Cristo nos ofrece cargando él con nuestras culpas, al tiempo que con suave imperio nos pide como le pidió al paralítico, después de haberlo curado, no volver a pecar: «Mira, has recobrado la salud; no peques más, no sea que te suceda algo peor» (Jn 5,14); y a la adúltera después de librarla del castigo cruel de la ley mosaica: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más» (Jn 8,11).

Este es anuncio de la buena noticia de la salvación, porque en Cristo nos han sido perdonados los pecados, es inseparable de la exhortación a la conversión. Dios perdona siempre nuestros pecados, pero quiere que cambiemos. Dios nos da así motivo para la alegría, contenido central de este III Domingo del Adviento, llamado “domingo de la alegría” (latín: de «Gaudete»). Esta denominación viene de la exhortación de san Pablo a los Filipenses, carta de la que se recoge el fragmento de la segunda lectura de la misa de hoy «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres» (Fil 4,4). La invitación a la alegría del Apóstol prolonga el gozo de la promesa que el profeta hace a la hija de Sión, a Jerusalén, invitando a Israel y la ciudad santa a alegrarse en la salvación que viene.

El profeta Sofonías, en el siglo VII antes de Cristo, concluye su libro de profecías con este canto de exultación por la restauración de Israel, una vez que Dios ha perdonado los pecados de su pueblo, que el profeta censura duramente los pecados del pueblo, amenazando a quienes oprimen a los justos con el “día del Señor” (So 1,14-18)[4]. Es nuestra convicción de cristianos que quieren ser fieles a Cristo en tiempos de intemperie y dificultad para la fe cristiana; pero no tememos nada ni tampoco nos repliega sobre nosotros mismos el espíritu laicista y secularizador de nuestros días, que pretende que vivamos al margen no sólo de la revelación de Dios en Jesucristo, sino de la misma ley moral que el Creador ha ha dejado impresa en la conciencia del ser humano. No tenemos miedo ni nos sentimos extraños a un mundo que amamos y que es el nuestro, pero ante el cual damos testimonio de su origen y destino, del amor que lo sostiene y que se ha revelado en Jesucristo. Nuestra misión es anunciar la misericordia de Dios fieles a la exhortación de Cristo: siendo «misericordiosos como el Padre es misericordioso» (Lc 6,36), la invitación de Cristo convertida en lema del Año Santo.

Queridos hermanos y hermanas: Llenos de amor incluso por nuestros enemigos, practiquemos las obras de misericordia, siguiendo la exhortación del Papa, y sabiendo que Dios «hace salir el sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos» (Mt 5,45). Que así lo hagamos dando pleno sentido a la súplica de la gracia de la indulgencia plena, de suerte que el Espíritu Santo sea nuestro guía y apoyo. El Espíritu Santo es quien conduce los pasos de los creyentes para que cooperen en la obra de salvación realizada por Cristo; y por su suave acción en nosotros todos podamos contemplar la misericordia de Dios (MV, n. 5). Que así nos lo consiga la Virgen María, Madre clementísima y dulce Madre de Misericordia.

S. A. I. Catedral de la Encarnación

13 de diciembre de 2015

                                            X Adolfo González Montes

                                                      Obispo de Almería                

                       


[2] San Agustín, Sermón 46, 29-30: CCL 41, 555-557.

[4] Francisco, Bula Misericordiae vultus (11 abril 2015), n. 5.

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