Lecturas bíblicas: Eclo 3,3-7.14-17a; Sal 127,1-2.3-5; Col 3,12-21; Lc 2,41-52

Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta de la Sagrada Familia adquiere este año un significado especial, después de la celebración de las dos asambleas generales del Sínodo de los obispos, la extraordinaria de 2014 y la ordinaria del año que termina de 2015. Ambas asambleas se han ocupado del estado de la familia en las sociedades de nuestro tiempo, si bien la diferencia de cultura y desarrollo de unas y otras latitudes del mundo refleja situaciones propias de cada lugar y tradición cultural. En términos generales, sin embargo, la situación de la familia encuentra una cierta unidad de diagnóstico, habida cuenta de la enorme influencia que ejerce sobre los modos de vida, las costumbres y la legislación la globalización de nuestro mundo. Los medios de comunicación proponen patrones de conducta resultado de esta globalización que uniforma la sociedad actual. Son clichés reiterados que fijan algunos modelos de familia que afectan profundamente a la vida personal de las personas y de las familias en general.

En un diagnóstico global sobre el estado de la familia, el sínodo menciona, entre otros muchos elementos en los que se detiene, el creciente miedo de los jóvenes a asumir compromisos definitivos, a constituir una familia. El sínodo se refería también al «individualismo extremo, que sitúa en el centro la satisfacción de los deseos que no conducen a la plena realización de la persona», así como el hecho de que  en las sociedades de consumo, como es la nuestra, «se haya separado cada vez más la sexualidad de la procreación»[2]. En estas parábolas —continúa diciendo el Papa— Dios se nos presenta lleno de alegría cuando perdona; y es importante que caigamos en la cuenta de que esta verdad revelada es el núcleo de la fe, «porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón» (MV, n. 9).

El anuncio del mensaje de salvación transmitido por la predicación de los Apóstoles contempla el misterio pascual como un acontecimiento de reconciliación ocurrido en la muerte y resurrección de Cristo. San Pablo dice que Dios pasó por alto los pecados cometidos en el tiempo de la paciencia de Dios, haciendo de Jesús muerto en la cruz «instrumento de propiciación por su propia sangre» (Rom 3,25). Si Dios ha obrado así, queridos hermanos, entregando a su hijo por nosotros, ¿cómo no vamos a poner el mayor empeño nosotros en lograr la reconciliación allí donde es necesario pasar por alto los pecados de los demás?

La familia es el lugar de aprendizaje del perdón y de la reconciliación; y en ella el amor que se profesan los miembros que la forman supera los desencuentros y las ofensas que puedan infligirse entre sí. La exhortación de san Pablo a los Colosenses es expresión de la voluntad sincera de reconciliación que debe alimentar la vida de la familia. Sigamos al Apóstol y hagamos del amor recíproco criterio de vida en nuestras familias, del mismo modo que la comunidad eclesial ha de ejercitarse en «la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión» (Col 3,12). Así, el ejercicio de la autoridad de los maridos en la familia se ha dar siempre sobre la base de que esta autoridad es un ejercicio de amor, no una imposición arbitraria o limitadora de la libertad. De suerte que el sometimiento a la autoridad del padre, tan quebrantada en la actualidad, es obediencia en el amor, porque la autoridad se ejerce con la entrega amorosa permanente por el bien de los miembros de la familia. Sin embargo, los padres no deben exasperar a los hijos, para no tentarlos y llevarlos al extravío de conducta.

Todo en la familia ha de regirse por la máxima que formula el Apóstol: «Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada» (Col 3,14); y porque debe ser así, la obediencia de los hijos a los padres devuelve el amor a quienes todo lo ponen por amor al servicio de los hijos. Modelo de esta obediencia es la que Jesús practicó desde niño. El evangelio de hoy lo presenta aparentemente perdido en el templo conversando con los doctores de la ley. Con su modo de actuar Jesús manifiesta en primer lugar la obediencia que debe al Padre del cual procede y a la luz de esta obediencia primigenia, Jesús obedece a sus padres terrenos. Jesús se debe a Dios Padre como hijo unigénito que es enviado al mundo para la salvación de los pecadores. Su misión como portador de la misericordia del Padre quedará reflejada en las parábolas de la misericordia con las que iluminará el mensaje de salvación que anuncia y el sentido de su propia vida. Toda ella es entrega obediente al designio de Dios Padre, del cual ha sido engendrado desde la eternidad como Hijo Unigénito.

Esto es lo que el evangelista quiere expresar con la respuesta que Jesús da a la pregunta de su madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados… ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» (Lc 2,48-49). Jesús se expresa en términos de «deber» que le es propio y le ha sido confiado por el Padre. Lo explica Benedicto XVI con gran precisión: «El debe estar con el Padre, y así resulta claro que lo que puede parecer desobediencia, o una libertad desconsiderada respecto a los padres, es en realidad precisamente una expresión de su obediencia filial. Él no está en el templo por rebelión a sus padres, sino justamente como quien obedece, con la misma obediencia que lo llevará a la cruz y a la resurrección»

En este misterio de gozo y dolor al mismo tiempo, Jesús da razón de su venida al mundo: la obediencia al designio de Padre para llevar a cabo la realización del misterio pascual de muerte y resurrección. Una vez que Jesús ha anunciado su misión, el evangelista observa enseguida la obediencia de Jesús a sus padres terrenos. En aquel momento es difícil a María y a José comprender la respuesta, pero Jesús vuelve con ellos a Nazaret, para vivir bajo su autoridad. El Hijo de Dios se ha encarnado verdaderamente y vive en la obediencia a la autoridad de sus padres, cumpliendo así lo que san Pablo dice: «nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial» (Gál 4,4). En esa obediencia se desarrollan sus cualidades humanas y el perfeccionamiento de su propia humanidad: «Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres» (Lc 2,52).

Hoy es particularmente difícil para los hijos a catar la autoridad de sus padres. Se ha producido una quiebra de las funciones de paternidad y maternidad. La crisis social arrastra consecuencias indeseables en el desarrollo de los hijos, que crecen sin experimentar el ejercicio de la autoridad paterna. Esta crisis pone también en evidencia la ausencia de la función maternal propiamente tal, viéndose tantos hijos alejados de las entrañas de misericordia de la madre, que son un reflejo de la honda ternura de Dios. Por eso es tarea y empeño arduo recomponer la vida familiar en tiempos en que la cultura cristiana se ve tan afectada por la inhibición de las funciones del padre y de la madre, siempre complementarias, pero verdadero fundamento de la unidad familiar. Dificultad que se ve además agrandada por la impositiva ideología de género, que allana la diferencia sexual y el fundamento antropológico del matrimonio y de la familia.

Pidamos a la sagrada Familia de Jesús, María y José el amparo de las familias cristianas y de aquellas que se proponen seguir la luz de la razón con buena voluntad, para que contemplen en el hogar de Nazaret el modelo de amor recíproco. Para que vean realizado en la de familia de Nazaret el ideal de unidad indestructible de la familia como regazo de la vida humana, garantía del desarrollo de la persona, y comunidad de amor que ejemplifica la vida en comunión de la Iglesia. La familia es escuela de humanidad y ámbito privilegiado de la transmisión de la fe en Dios, y por esto es la primera colaboradora de la inserción en Cristo de los niños bautizados.

En fidelidad a su propia identidad, la familia está llamada a ser «hogar de misericordia», ámbito de aprendizaje de convivencia y perdón, de reconciliación y de paz. Porque es todo esto, la familia es pieza fundamental para el logro de la paz social y del bienestar de las personas y los pueblos.

Que la sagrada Familia de Jesús, María y José guíen a las familias cristianas para el logro de una vida familiar acorde con la fe que profesamos.

S. A. I. Catedral de la Encarnación

27 de diciembre de 2015

                                   X Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería


[2] Francisco, Bula de convocación del Jubileo extraordinario de la Misericordia Misericordiae vultus (11 abril 2015), n. 9.

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