Lecturas bíblicas: Is 60,1-6; Sal 71,7-8.10-13; Ef 3,2-3a.5-6; Mt 2,1-12

            Queridos sacerdotes y diáconos; Queridos seminaristas; Queridas religiosas y fieles laicos; Hermanos y hermanas:

            Un año más en esta fiesta de la Epifanía del Señor, podemos ordenar un candidato al ministerio sacerdotal que hoy recibe el sacramento del Diaconado, sumándose así a los dos diáconos transeúntes que el Señor me concedió ordenar el pasado curso pastoral. Son tres los candidatos a la recepción del presbiterado, a los que podremos conferirles, Dios  mediante, la ordenación sacerdotal en este año del Señor de 2016.

La fiesta de la Epifanía es una fiesta de honda raigambre misionera, ya que en ella celebramos la manifestación de Jesús, nacido por nosotros, a todos los pueblos, a las naciones todas, tal como las contempla el libro III de Isaías, del que hoy hemos leído un fragmento. El profeta contempla la llegada del Mesías como una luz de amanecer y por eso dice: «¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!» (Is 60,1). El evangelio de san Juan que hemos leído en estos días de Navidad hace suya esta imagen bíblica de la llegada del Mesías como una luz que irrumpe en las tinieblas, y habla de la encarnación del Hijo de Dios como «luz verdadera que ilumina a todo hombre, viniendo a este mundo» (Jn 1,9). El evangelista dice que en Jesús hemos contemplado «la gloria que el Hijo recibe del Padre como Unigénito, lleno de gracia y de verdad» (1,14). El nacimiento de Cristo es el amanecer de la luz que ilumina a judíos y gentiles, Jesús ilumina la vida de las naciones todas, por eso dice el profeta: «caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora» (Is 60,2).

La Epifanía del Señor celebra la mostración de Cristo como Salvador de las naciones representadas en los magos venidos del Oriente, que ha de entenderse de manera genérica: «la región por excelencia de los sabios astrólogos que son los “magos”» (Biblia de Jerusalén: Nota a Mt 2,1). La tradición evangélica sitúa el relato en el contexto del cultivo en el mundo antiguo de la astrología y la contemplación de las estrellas, en las cuales se creía estaba inscrita la vida de los seres humanos nacidos a su luz.

Hemos de tener presente que la celebración de la Epifanía del Señor no queda encerrada en el episodio de la adoración de los magos. La liturgia incluye en la celebración de la Epifanía aquellos acontecimientos de salvación que la crónica evangélica coloca al comienzo del ministerio público de Jesús por medio de los cuales reveló su misión: el bautismo de Jesús y la conversión del agua en vino en las bodas de Caná. Las antífonas del cántico del Benedictus de laudes y del Magníficat de las vísperas de la solemnidad aluden a los tres signos que Jesús ofrece como Mesías y Salvador: la adoración de los magos, el bautismo de Jesús y la conversión del agua en vino Estos tres acontecimientos. Luego con la evolución de la liturgia, se celebrará cada uno de estos acontecimientos por separado.

  Hoy en la adoración de los magos la liturgia celebra en este acontecimiento la revelación del Mesías a las naciones, la manifestación de Cristo al mundo que como acontecimiento de salvación se prolonga en la misión universal de la Iglesia como extensión en el tiempo de la misión de Cristo. El Resucitado envía a sus apóstoles a proclamar la buena noticia de la salvación acontecida en su muerte y resurrección, porque Cristo Jesús es anunciado y creído como Redentor y Salvador del mundo por medio de la predicación. Cuando san Pablo quiere resumir el que él llama «misterio de la piedad» aludiendo a la encarnación y redención de la humanidad, que Cristo ha realizado en persona y por medio de su misión de evangelizador del Padre, el Apóstol de las gentes recapitula la obra redentora de Cristo diciendo: «Él (Jesucristo) ha sido manifestado en la carne, / justificado en el Espíritu, / aparecido a los ángeles, / proclamado a los gentiles, creído en el mundo, levantado a la gloria» (1 Tim 3,16).

Probablemente esta confesión de fe sea el fragmento de un himno litúrgico que cantaba la redención realizada por Cristo de la encarnación a la ascensión gloriosa. Misterio proclamado a los gentiles y creído en el mundo por medio de la misión apostólica y la obra evangelizadora de la Iglesia, a la que Cristo confió la misión de anunciar la salvación.

Para manifestar este misterio al mundo pagano, fue designio de Dios que Cristo se revelara a san Pablo para convertirlo de perseguidor en vaso de elección. Hasta la proclamación evangélica, la universalidad de la salvación del Dios de Israel había sido anunciada por la palabra de los profetas, y sugerida por medio de la apertura de la historia de Israel a las naciones. Isaías contempla a Jerusalén como centro de las naciones, al cual peregrinan los pueblos «cuando vuelquen —dice el profeta— sobre ti los tesoros del mar, y te traigan las riquezas de los pueblos… Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor» (Is 5.6b). Sin embargo, sólo mediante la misión apostólica se abrió a la entera humanidad «el misterio que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos como ha sido revelado ahora por el Espíritu a los santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo (de Cristo: la Iglesia) y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio» (Ef 3,6).

Para prolongar en el tiempo la misión ha querido Jesucristo incorporar a su propia obra a los que llama para el ejercicio del ministerio del apostolado, del ministerio universal de anunciar a Cristo Jesús y de cuidar pastoralmente de cuantos vienen a la fe por la palabra predicada. Mediante el ministerio pastoral la Iglesia es el mismo Cristo quien sigue anunciando el evangelio de la salvación universal. Esta misión adquiere en nuestros días un particular significado ante el reto que supone la nueva evangelización de la sociedad. Nuestro pasado cristiano se diluye en una cultura y unos hábitos de conducta que se alejan de la confesión de fe en Cristo y de la concepción cristiana del hombre y de la vida.

La misión a la que estamos hoy convocados es de doble proyección: hacia fuera, para llevar el evangelio a los que aún no conocen a Cristo; y hacia dentro, si se entiende que la sociedades cristianas necesitan volver a escuchar el Evangelio y dejarse convertir a Cristo como sentido último y abarcador de la existencia humana, que abre una nueva comprensión de la convivencia y de la paz social.

No podremos responder a este reto, si toda Iglesia no se pone hoy «en salida», como nos pide el Santo Padre Francisco. Nos recuerda el Papa que «la alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera… siempre tiene la dinámica del éxodo y del don, del salir de sí, del caminar y sembrar siempre nuevo, siempre más allá» (Francisco, Exhortación Evangelii gaudium, n. 21).

En la comunidad, donde sus miembros poseen dones diversos del Espíritu, Jesús llama a algunos a estar con él y les confía la misión apostólica. La amistad de Jesús, fruto de su invitación a estar con él, es para acompañarle y prolongar su misión en favor de los hombres de todos los tiempos. Citando al santo papa Juan Pablo II, dice Francisco que «la intimidad de la Iglesia con Jesús es una intimidad itinerante, y la “comunión esencialmente se configura como comunión misionera”» (EG, n. 23). No se puede decir mejor.

Acojamos esta reflexión del Papa dispuestos a salir de nosotros mismos, para llevar a Cristo al mundo,  a la sociedad de nuestros días la alegre noticia del amor de Dios revelado en el nacimiento en nuestra carne de aquel que era eterno desde  antes de los siglos, para darnos a nosotros la posibilidad de nacer de nuevo y ver el reino de Dios llegado en él para salvación del mundo. Pidamos a Jesús hecho Enmanuel (Dios-con- nosotros) las vocaciones sacerdotales que alienten la vida misionera de la Iglesia, una vida tan apasionante como para suscitar entre los adolescentes y los jóvenes la que el beato Pablo VI llama «la dulce y  confortadora alegría de evangelizar» (Pablo VI, Exhortación ap. Evangelii nuntiandi, n. 80; EG, n. 10).

Estamos urgidos a vivir como miembros de una comunidad  misionera que hace de la caridad signo visible del amor de Dios, a quien la Iglesia da a conocer mediante el ejercicio de la caridad cristiana, la diakonía, distintivo del ministerio del diácono, que siembra amor en los corazones desolados y abatidos por la miseria, el hambre y la falta de recursos que permitan vivir con dignidad la propia condición humana. Caridad que se manifiesta en los dones que cada uno puede ofrecer a los demás, imitando la generosidad de los magos, que abriendo sus cofres de oro, incienso y la mirra al Niño Dios.

Jesús espera el don de vosotros mimos, queridos jóvenes seminaristas, que le ofrezcáis vuestras vidas para propagar su nombre y llevar la salvación al mundo, que contagiéis de vuestro amor por Jesús a los adolescentes y jóvenes que conocéis para que de ellos sigan llegando hasta Jesús amigos fuertes de Dios dispuestos a propagar su reino de amor.

Que la Virgen María y San José intercedan por nosotros y el Señor nos dé las vocaciones que necesitamos para llevar el Evangelio al mundo y cuidar pastoralmente de la comunidad de los creyentes.

S. A. I. Catedral de la Encarnación

6 de enero de 2016

                                               X Adolfo González Montes

                                                       Obispo de Almería

           

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