Lecturas bíblicas: Is 42,1-4.6-7; Sal 28,1a.2.3ac; 3b.9b-10;Hech 10,34-38; Lc 3,15-16

Queridos hermanos y hermanas:

La romería de nuestra Patrona nos trae hasta la playa de Torregarcía, lugar del hallazgo de su sagrada imagen, para celebrar con la amorosa presencia espiritual de la Virgen, representada por su imagen, el Bautismo de Cristo. Esta fiesta del Señor cierra el tiempo de la Navidad.

En este Año jubilar de la Misericordia, convocado por el Papa Francisco, la liturgia de la palabra de este día alcanza un significado especial. Refiriéndose al Mesías esperado por el Israel piadoso, el “resto” de un pueblo de elección divina, el profeta consuela al pueblo por sus padecimientos y lo llama a volver a la fidelidad primera a la alianza. Esta fidelidad es necesaria para recibir el cumplimiento de las promesas de la salvación, las promesas que Dios hiciera a los padres desde Abrahán, al que Dios llamó a salir de su tierra y aventurarse en una peregrinación de esperanza hacia un futuro que sólo estaba en manos de Dios.

En el fragmento del libro de la Consolación del profeta Isaías que hemos escuchado, se dice que al siervo de Dios que ha de venir se le ha confiado una misión de sanación y cura: «No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará» (Is 42,2-3). Su misión no está marcada por decisiones impuestas, sino por la misericordia y conmiseración con los pecadores, porque viene a curar las heridas y sanar lo enfermo. Viene a llevar al hombre a una vida de justicia, fruto de la sanación del corazón y el cambio profundo de la mentalidad. Promoverá el derecho atrayendo a los hombres a la alianza duradera con Dios, y por la misión que llevará a cabo será él mismo «alianza de un pueblo, luz de las naciones» (Is 42,6b).

         La comunidad cristiana apostólica comprendió a la luz de la pasión y resurrección del Señor que Jesús era el verdadero siervo de Dios de quien hablaba el profeta. Jesús se expresará de en esta misma perspectiva al decir de sí mismo y de su misión: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28; cf. par.). El que ha de venir detrás del Bautista es Jesús, Mesías de Israel y Salvador de las naciones, el Hijo de Dios y al mismo tiempo Hijo del hombre, nacido de la Virgen María. Jesús es aquel de quien Juan Bautista da testimonio diciendo: «Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego» (Lc 3,16).

El evangelio de san Juan dice de Juan y de Jesús: «No era él [Juan] la luz, sino el que daba testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre viniendo a este mundo» (Jn 1,8-9). La diferencia que hay entre Juan y Jesús es la que da fundamento a la diferencia que hay entre el bautismo de Juna y el de Jesús. El bautismo que ha traído Jesús no es un bautismo de penitencia como el de Juan, sino de transformación interior, de plena sanación del ser humano, porque produce la recreación interior plena, nos hace verdaderamente hijos de Dios, cambiando nuestra injusticia por la justicia de Jesús. Jesús no necesitaba ser bautizado, porque Jesús en cuanto hombre es el único hombre justo y santo según la mente de Dios, pero quiso hacer suya nuestra humanidad para purificarla y crearla de nuevo, transformando nuestra condición de pecadores en justos.

         Jesús fue bautizado para que el Espíritu Santo fuera derramado sobre nuestra humanidad al descender sobre él. Por eso, por medio de nuestro bautismo recibimos por vez primera el Espíritu Santo; ya que el bautismo para nosotros es, como también se le llama, «baño del regeneración y de renovación del Espíritu Santo» (Ti 3,5) «porque significa y realiza ese nacimiento del agua y del Espíritu sin el cual “nadie puede entrar en el reino de Dios” (Jn 3,5) » (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1215).

         El profeta Isaías se refiere al que había de venir como aquel que será  «luz de las naciones». Jesús se convierte para nosotros en luz que nos ilumina por nuestro bautismo. Por eso al bautismo se le ha llamado también «iluminación» (San Justino, Apol 1,61), porque en Jesucristo, Verbo encarnado de Dios «estaba la vida y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1,4). San Pablo añade a esto que quien ha sido bautizado se convierte en «hijo de la luz» y él mismo en luz (Ef 5,8; cf. CCE, n. 1216).

Veis, queridos diocesanos, que no es lo mismo estar bautizado que no estar bautizado, porque el bautismo es necesario para salvarse, por voluntad de Dios. Hay que excluir, claro está, aquellas situaciones de ignorancia invencible y tener en cuenta la buena voluntad de tantas personas no bautizadas y la situación en aquellas otras que no habiendo recibido el bautismo lo buscan o lo desean y se preparan para recibirlo. Son casos que se asimilan legítimamente al bautismo el llamado “bautismo de deseo”. No hablo de estos casos, que son muchos innumerables y que sólo Dios conoce plenamente. Hablo de quienes han llegado a conocer el Evangelio y frívolamente posponen el bautismo propio o el de sus hijos, o no lo toman en serio y se alejan culpablemente de la purificación y regeneración bautismal por pereza, prejuicios ideológicos o por vivir alejados de la vida de la Iglesia, o porque les incomoda sobremanera la idea de la conversión. Quienes así rechazan de hecho el bautismo que Dios les ofrece, como medio de salvación y de gracia por la acción del agua y del Espíritu Santo, arriesgan su alejamiento definitivo no sólo de la Iglesia sino del mismo Cristo.

En este sentido, con relación al bautismo de los recién nacidos hay que decir que no existe una supuesta educación  neutral de la infancia y de la adolescencia. Privar a los niños del bautismo es arriesgar seriamente su educación cristiana. La responsabilidad de los padres cristianos es la de decidir el bautismo de sus hijos, por eso han de ser conscientes de la responsabilidad que tienen que ejercer no pueden desplazarla o derivarla a terceras personas. Tienen la obligación de prepararse ellos mismos al bautismo de sus hijos y colaborar en la transmisión de la fe y en la educación cristiana de los hijos.

Hoy es la fiesta del bautismo de Cristo y hacemos memoria de nuestro propio bautismo, por el cual hemos venido a ser partícipes de la vida divina. Jesús en cuanto hombre fue divinamente habilitado por su bautismo en el Jordán para llevar a cabo su misión evangelizadora; y también nosotros que participamos por el bautismo del Espíritu Santo dado a Jesús, somos habilitados por el bautismo para prolongar la misión evangelizadora de Jesús, que él confió a los Apóstoles, conmendándoles: «Id, pues, y haced discípulos de todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 20, 19-20).

El bautismo regenera al hombre, lo hace hijo de Dios y partícipe de su divina misión, porque Jesús es el enviado del Padre, el primer evangelizador. El bautismo de Jesús revela su filiación divina y nos descubre el misterio de Dios trinitario de Dios. La “santa teofanía”, como llamaron los santos Padres de la antigüedad al bautismo de Jesús, da a conocer que «el que se llamó hijo de José, es mi Unigénito según la esencia divina» (San Hipólito Romano, Sermón de la santa Teofanía, n. 2). Cuando se oye la voz del Padre: «Este es mi Hijo amado» Lc 3,22), Dios manifiesta la divinidad del Unigénito. Jesús se nos aparece en su bautismo como el que de verdad es, como agrega san Hipólito Romano: Jesús, el Hijo amado de Dios es «aquel que pasó hambre, y dio de comer a innumerables multitudes; que trabajaba, y confortaba a los que trabajaban; que no tenía donde reclinar su cabeza, y lo había creado todo con su mano; que padeció y curaba los padecimientos; que recibió bofetadas, y dio al mundo la libertad; que fue herido en el costado, y curó el costado de Adán» (San Hipólito Romano, cit., n. 2, 6-8).

Este Jesús es el que nos configura con él por medio del agua bautismal y del Espíritu Santo que el bautismo nos comunica. ¿Cómo no celebrar la grandeza y belleza de nuestro bautismo? ¿Cómo podremos vivir como si no hubiéramos sido bautizados? El mundo necesita de nuestro testimonio de bautizados, para llegar a conocer a aquel que Dios nos reveló como su Hijo amado y es el Salvador de las naciones, la luz que las ilumina y descubriendo a cada persona bautizada que el bautismo recibido es la horma que nos hace hijos de Dios.

Algunos, alejados de la Iglesia o sin fe alguna, hablan hoy con gran insensatez y falta de sentido de un supuesto “bautismo laico” para sus hijos. Es un sin sentido, porque el bautismo es un sacramento cristiano y se recibe o no se recibe.  Hay que tener la responsabilidad de aceptarlo o de rechazarlo, sin atentar contra su santidad, porque no es posible convertirlo en un rito laico de celebración pagana del nacimiento. Siempre es hermoso celebrar la vida de un hijo que ha venido al mundo, pero esa alegría por la vida nacida es independiente del bautismo del recién nacido. El bautismo es el sacramento de la fe que nos injerta en Cristo al introducir en la Iglesia, cuerpo de Cristo, a quien es bautizado. El bautismo nos hace partícipes de la vida de Dios.

Es lo que justamente celebramos hoy con gozo los bautizados, teniendo en medio de nosotros a María, a cuya ermita de la playa de Torregarcía hemos venido en romería, para bendecir a Dios porque de ella, de la Virgen Madre de Dios, nació nuestro Salvador según la carne, Jesucristo nuestro Señor, que por nosotros se hizo hombre en sus entrañas y por medio de ella tomó nuestra naturaleza humana para hacernos a nosotros partícipes de su divinidad. Que la celebración de la Eucaristía nos ayude a unirnos más a Cristo por medio de la Comunión, que nos convierte en morada de Cristo, asemejándonos así a la Virgen que lo llevó en su seno.

Ermita de Torregarcía,

10 de enero de 2016

                          X Adolfo González Montes

                                  Obispo de Almería

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