Lecturas bíblicas: Is 62,1-5; Sal 95,1-3.7-10; Cor 12,4-11; Jn 2,1-12

Queridos hermanos y hermanas:

Esta «Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado» ofrece un marco singular a la congregación de fieles cristianos, que se reúnen cada domingo en torno a la Palabra de Dios y la celebración eucarística para obtener del Padre de las misericordias la limpieza de corazón. La regeneración del perdón trae consigo la transformación interior y el don de la paz, fruto de la reconciliación con Dios.

Si reconocemos que necesitamos la misericordia de Dios es porque nos consideramos pecadores, reconocemos que necesitamos pacificar nuestro corazón para poder encontrarnos como hermanos. El perdón y la misericordia abren nuestro corazón al prójimo y a sus necesidades. Vivimos en un mundo en el que todos somos dependientes unos de otros. La globalización de la economía y los cambios sociales y culturales, transmitidos y al mismo tiempo promovidos por los medios de comunicación de masas, nos afectan a todos y están transformado muy pocas décadas el mundo que recibimos de las generación es que nos precedieron.

Uno de los fenómenos sociales de nuestro tiempo lo constituyen las migraciones. Se han dado siempre en formas diversas desde los comienzos de la humanidad. Los pueblos han padecido guerras crueles que han traído consigo deportaciones masivas y desarraigos de poblaciones enteras. Hoy las migraciones se dan en forma nueva vemos afectados por los movimientos migratorios que tanto están influyendo sobre las sociedades de acogida. Las sociedades de origen de los emigrantes pierden personas capacitadas y mano de obra, que han ganado las sociedades de acogida, pero el desarraigo de las personas que llegan a una sociedad nueva y el desconcierto que produce en ellas la nueva situación en la que se encuentran, con las dificultades de la integración reclaman soluciones acertadas sólo posibles con la colaboración de todos.

A los cristianos, la fe que compartimos nos ayuda a orientar la nueva situación, contribuyendo a que nuestro comportamiento y actuaciones sean las mejores para lograr una convivencia bienhechora; es decir, que nuestra formar de hacer las cosas sea conforme con la mente de Dios. La fe nos abre al designio universal de salvación de Dios, que «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4). La fe nos ayuda a crear relaciones de fraterno entendimiento y recíproco reconocimiento, sabiendo que el respeto y el servicio mutuo nos enriquecen a todos.

El designio universal de salvación nos ha sido revelado en Jesucristo, y el evangelio de hoy nos muestra a Jesús realizando su primer milagro, al convertir el agua en vino en las bodas de Caná. El evangelista llama a este milagro el «primer signo» de los muchos que acompañaron la vida pública  de Jesús. Sus milagros según san Juan son signos que revelaban su origen y su misión: que Jesús venía de Dios, y era el enviado por él como Hijo de Dios su Padre. Según el evangelista los signos obrados por Jesús daban testimonio de él y por eso dice del primero de los milagros que con él «Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él» (Jn 2,11).

En las bodas de Caná Jesús se acredita como enviado de Dios mediante la conversión del agua en vino por iniciativa de María su Madre, que había sido invitada a las bodas de Caná con Jesús acompañado de algunos de sus discípulos. Antes de comentar la función de María, hemos de considerar que la liturgia ha unido siempre las bodas de Caná a la epifanía del Señor y a su bautismo por el bautista en el río Jordán. El primer milagro de Jesús forma con su manifestación a los Magos y el bautismo el conjunto de acontecimientos de salvación mediante los cuales Dios da conocer al que ha viene a salvar al pueblo elegido, a Israel su pueblo, pero dan asimismo a conocer que el mesías de Israel es al mismo tiempo el Salvador del mundo. Él ha venido a traer la salvación a todas las naciones, como lo había profetizado Isaías.

El profeta anuncia un tiempo último en el que Dios resarcirá a Israel de todas sus penalidades, poniendo fin a su destierro y sufrimiento. Isaías compara este retorno de Dios con su pueblo a unas bodas en las que Jerusalén es la novia que recapitula a todo el pueblo de Dios en sí misma. La ciudad santa va a ser desposada con el esposo divino, el que ha elegido para sí a su pueblo. Dios perdona a un pueblo que le ha abandonado y se ha apartado de él por la rotura de la alianza y la desobediencia de los mandamientos; y dando por cancelado el tiempo de la desgracia, vuelve su rostro al pueblo de su elección. Refiriéndose a estos desposorios de Dios con Jerusalén dice el profeta: «Ya no te llamarán ‘abandonada’, ni a tu tierra ‘devastada’; a ti te llamarán ‘Mi favorita’, y a tu tierra ‘Desposada’; porque el Señor te prefiere a ti y tu tierra tendrá marido. Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó…» (Is 62,4-5a).

En las bodas de Caná Dios da a conocer a su enviado, al esposo de la humanidad redimida y salvada en la alianza que Dios establecerá en la sangre de su Hijo, prefigurada también en el vino de las bodas, anticipando en Caná el vino de la eucaristía convertido en su sangre redentora, derramada para purificar a la Iglesia, su esposa; pues «se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada» (Ef 5,27).

Son verdaderamente ricas las reflexiones que suscitan los textos sagrados de esta misa, pero en este día de las migraciones, ¿cómo no reparar en la intervención de María en el milagro de Caná? María encarna la plena disposición al servicio del prójimo. Atenta a sus necesidades, María repara en que los jóvenes esposos no tienen vino en medio de las bodas. Con su intervención  María adelanta la que el evangelista llama la “hora” de Jesús, que dice a María: «Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora» (Jn 2,4), pero se deja llevar por la diligencia atenta de su madre. María indica a los criados cómo han de actuar: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Podemos decir que la actitud de servicio y atención a las necesidades del prójimo que vemos en María  adelanta la hora de Jesús.

La apertura al otro, a sus necesidades exige de nosotros poner todos los dones recibidos en común, porque todos proceden, como dice san Pablo a los corintios, del mismo Espíritu: hay diversidad de dones y de servicios, «pero un mismo Espíritu… un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común» (1 Cor 12,4-6). Para descubrirlo hay que abrirse al mundo de ideas y formas de vida de los otros, que nos ayudan a descubrir que no todo lo que conocemos de siempre es lo permanente y duradero; que hay formas diversas de entender el mundo sin que por eso se destruya la común condición humana, ni nuestra común aspiración a una vida mejor y al ejercicio de las libertades y respeto de los derechos fundamentales de todos. Como reza el lema de esta jornada: el emigrante y el refugiado nos interpelan, y la respuesta es, en efecto, el evangelio de la Misericordia. Interpelados por su presencia entre nosotros, hemos de aprender a estar dispuestos a socorrer a los que necesitan de nuestra ayuda y de nuestra cooperación en la solución de sus necesidades, sin por ello coartar su libertad de acción y su propio protagonismo.

Jesús y María nos enseñan a estar disponibles para los demás, como ellos estuvieron abiertos para socorrer a los nuevos esposos que en el día de su boda ya se encontraban escasos de medios para celebrar sus propias nupcias. En el evangelio hay pasajes que así lo sugieren, en los que vemos a Jesús ir más allá de las fronteras patrias que delimitan su actuación. Sucede así en el caso de la mujer siro-fenicia, que pide a ser atendida, en un episodio en el que Jesús elogia la fe de aquella mujer extranjera (cf. Mc 7,26-29 y par.). Jesús elogió al samaritano que hizo con su prójimo lo debido mientras los que se tenían por ortodoxos en la fe pasaron a su lado sin prestarle ayuda (cf. Lc 10,30-37); como elogió la gratitud del único leproso que vino a darle gracias mientras los restantes de los diez curados no lo hicieron (cf. Lc 17,15-19). Jesús ponderó con alabanza la fe del centurión romano que pidió con la mayor humildad la curación de su criado, considerándose indigno de que Jesús fuera a su casa, y exclamó: «En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe… vendrán de oriente y de occidente y sse sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos… » (Mt 8,10b-11a).

En la acogida a los emigrantes y a los que huyen de sus países en una proporción desconocida hasta el presente desde la segunda guerra mundial, acosados por la violencia de las guerras civiles y el terrorismo, han de encontrar la respuesta por la verdad evangélica que proponemos al mundo como mensajeros y testigos de Jesús. Con esta disposición ellos mismos han de verse obligados a respetar a su vez la cultura y los valores, la religión y el sentido de la vida de las sociedades de los acogen. Que nos ayude a recorrer este camino hacia el verdadero encuentro la Virgen María, que supo estar atenta a las necesidades del prójimo en las bodas de Caná y acompaña hoy espiritualmente nuestra reunión eucarística en la comunión de los santos, intercediendo por nosotros.

Catedral de la Encarnación

17 de enero de 2016

                                   X Adolfo González Montes

                                             Obispo de Almería

  

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