Lecturas bíblicas: Mal 3,1-4; Sal 23,7-10; Hb 2,14-18; Lc 2,22-40

 

Queridos hermanos sacerdotes, religiosos y religiosas:

En esta fiesta de la Presentación del Señor clausuramos hoy el Año dicado a la Vida consagrada, que el Papa Francisco convocó con motivo del quincuagésimo aniversario de la aprobación del Decreto sobre la adecuada renovación de la vida religiosa Perfectae caritatis el 29 de octubre de 1965.

Un año beneficioso para todo el pueblo de Dios, que ha podido visualizar los movimientos de la vida religiosa y de especial consagración en general en reuniones,  exposiciones, ciclos de conferencias y retiros, pero sobre todo celebraciones litúrgicas y diversas prácticas de piedad que han hecho patente la importancia de la vida consagrada en la Iglesia. En nuestra diócesis hemos celebrado el V Centenario de las Concepcionistas Franciscanas, uno de los dos monasterios de clausura que son una referencia de vida consagrada en nuestra ciudad. Todo el pueblo de Dios y se unido a los religiosos y religiosas apostólicos y de clausura para dar gracias por los carismas que alientan la vida religiosa y pedir las vocaciones a la vida consagrada que la Iglesia necesita. Damos gracias a Dios por los dones derramados sobre las comunidades religiosas y encomendamos a la intercesión de la Virgen María la promoción en la Iglesia de las vocaciones consagradas.

El año que hoy clausuramos ha sido un año sobre todo para que religiosos y religiosas, agradeciendo a Dios el don de la vocación, pudieran revisaran la situación de la vida religiosa y de consagración hoy en la Iglesia, y la imagen que de ella tiene la sociedad, la percepción que de la vida de especial consagración percibe el pueblo de Dios y la misma sociedad. Un año para ver en qué medida se ha llevado a la práctica en las dos últimas décadas la rica Exhortación Vita consecrata de san Juan Pablo II publicada en 1996 y resultado del sínodo de 1994.

Sin duda que ha sido un año lleno de iniciativas que habrán dado un impulso, como así lo deseamos, a la renovación que hoy necesita la vida religiosa propiamente conventual, y necesitan también las comunidades de especial consagración formadas por pequeños equipos de vida apostólica.

Nos viene a iluminar en este empeño, que lo es de todo el pueblo cristiano, la palabra de Dios que en esta fiesta de la Presentación del Señor, verdadera fiesta de la luz, que ilumina la vida cristiana. Hoy la Virgen María y san José acudieron al templo de Jerusalén por segunda vez, para cumplir la ley mosaica, de suerte que la humanidad de Jesús adquiere su propia densidad: la plena comunión del Hijo de Dios con nuestra condición, «nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la condición de hijo» (Gál 4,4). Su solidaria comunión con nosotros «tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos» (Hb 2,17) y «ser probado en todo como nosotros, excepto en el pecado» (cf. Hb 4,15). Por esto puede compadecerse de nuestras flaquezas. Él mismo hubo de someterse a la obediencia del Padre, «y aun siendo Hijo, por los padecimientos aprendió la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación para todos los que le obedecen» (Hb 5,8-9).

Jesús hizo el sacrifico de su propia voluntad, adelantando así el ejemplo de obediencia de la fe que todos hemos de seguir, y que tiene una singular realización y valor en la obediencia a los legítimos superiores en la vida religiosa. El suyo fue un camino de humanidad compartida que comenzó con el sacrificio de su pobreza naciendo humildemente, y con el sacrificio de su propia carne en la circuncisión a los ocho días de su nacimiento, cuando fue llevado por primera vez al templo. Conforme a la ley mosaica hubo de ser rescatado del templo por su condición de primogénito varón. Este sacrificio de Jesús queda simbolizado, dice Orígenes, en que siendo demasiado pobre para poder ofrecer un cordero sus padres hubieron de rescatarlo por un par de tórtolas (Orígenes, Homilías sobre el Levítico 8, 4); y de esta manera adelantó del mismo modo en sí mismo la vida pobre que habría de llevar de adulto al consagrarse a anunciar la llegada del reino de Dios y pedir la conversión a Dios para recibirlo. Su pobreza fue la de María y José, y la vida pobre de la sagrada Familia fue el marco espiritual en el que aconteció el sacrificio ofrecido por sus padres para su rescate.

Su entrada en el templo fue para ofrecer el sacrifico de sí mismo, anticipando en la ofrenda sacrificial presentada por sus padres, para rescatarlo y realizada en pobreza, el despojo pleno de sí mismo, que alcanzó en su desnudez en la cruz la expresión más radical y extrema, consecuencia del escarnio de la cruz infligido por los hombres. A la pobreza y a la obediencia de Jesús se une su castidad y la de sus padres; y de este modo —como quiere san Ambrosio, al interpretar alegóricamente el pasaje evangélico de la Presentación del Señor— el verdadero sacrificio de Cristo, simbolizado en la pureza de la tórtola, es el de «la castidad de su cuerpo y la gracia de su espíritu». (San Ambrosio, Hexaemeron V, 19,62).

Jesús consuma en sí mismo la perfección del amor que es obediencia al Padre y amor que trae la salvación a los hombres. Así lo profetiza Simeón, que ve en Jesús aquel ha venido al mundo como «luz para alumbrar a las naciones y gloria del pueblo de Israel» (Lc 2,30). Jesús trae la luz al mundo que brilló en su nacimiento en la noche de Belén, anticipando la gloria luminosa de su resurrección de entre los muertos. Con toda verdad pudo decir Jesús de su propia misión: «Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que cree en mí no siga en las tinieblas» (Jn 12,46). Jesús ilumina la vida de cuantos creen en él, porque él es la luz del mundo. Jesús ilumina la vida de cuantos creen en él,  porque él mismo es la luz y puede decirnos «El que me sigue no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida».

También nosotros hemos de ser la luz que alumbre a todos los de la casa, como la lámpara que se coloca sobre la mesa. Nuestra luz tiene que alumbrar a todos los de la casa como alumbra la lámpara doméstica de la que habla Jesús, que exhorta en el sermón de la montaña a brillar ante los hombres diciendo: «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). El testimonio que Jesús pide de nosotros no puede ser equívoco ni llevar a la confusión a los que nos ven. Los religiosos, al consagrar su vida han de ofrecer un testimonio de los valores trascendentes del reino, aun cuando su obra apostólica se expanda con la fuerza que tienen los gestos humanitarios y de solidaridad con los más pobres. No es posible dejar de ser «signo de contradicción», como profetizó Simeón. ¿Cómo podrá contentar al mundo quien ha renunciado al mundo para anunciar el reino de Dios que lo trasciende? La fuerza de la caridad está en su genuina dinámica, que hace ver el amor de Dios en los gestos de solidaridad de los hombres, aun cuando sean heroicos, y lo son de verdad en las fronteras del mundo, allí donde los religiosos y las religiosas y los misioneros seglares llevan el amor de Dios a quien no tienen en el mundo ningún otro amor que los socorra.

Encomendamos a la Madre del Señor y madre de la Iglesia, en esta fiesta de la Virgen Candelaria, que brille siempre en nosotros la luz que brilló en Cristo para iluminar el mundo.

S. A. I. Catedral de la Encarnación

Fiesta de la Presentación del Señor

                                   X Adolfo González Montes

                                           Obispo de Almería

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