Lecturas bíblicas: Gn 15,5-12.17-18; Sal 26,1.7-9.13-14: Fil 3,17-4,1;Lc 9,28b-36

         Queridos hermanos sacerdotes y fieles laicos:

En este segundo domingo de Cuaresma, la liturgia de la Palabra nos coloca ante el misterio de la Transfiguración del Señor, tal como transmite esta acontecimiento el evangelio de san Lucas. Este evangelista nos dice que Jesús «tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan y subió al monte a orar» (Lc 9,28). La transfiguración es según san Lucas esto una experiencia que vive el propio Jesús: «mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó y sus vestidos eran de una blancura fulgurante» (v. 29). Es una experiencia personal de Jesús parecida a la que tuvo en las aguas del Jordán, al ser bautizado pro Juan Bautista. También la experiencia que entonces vivió aconteció mientras estaba Jesús en oración.  Jesús vio que los cielos se abrían y se escuchaba la voz del Padre: «Tú eres mi hijo; yo te engendrado hoy»  (Sal 2,7). Son las palabras recogidas en el versículo de este salmo real que presenta al rey como hijo de Dios, «engendrado» por Dios por su unción como Rey-Mesías de Israel. Un salmo que a la luz de la revelación de Jesús adquiere su pleno significado. En la transfiguración la voz del Padre dice: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle» (Lc 9,35).

San Lucas contempla a Jesús como el verdadero Mesías de Israel y al mismo tiempo como el Hijo amado del Padre. Lo que escandalizaba a los discípulos era justamente que el Mesías hubiera de padecer la pasión y la cruz. La experiencia de la transfiguración viene en el evangelio de san Lucas detrás del primer anuncio de la pasión, que ha de acontecer en Jerusalén, la ciudad santa a la cual están subiendo Jesús y sus discípulos. Días antes Pedro ha confesado que Jesús es el Mesías y poco después escucha con los discípulos que Jesús les dice: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día» (Lc 9,22). Los discípulos no comprenden estas palabras, a las que Jesús añade: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (v.23).

El sufrimiento y la pasión asustan a los discípulos y Jesús mismo siente temor ante su propia pasión; este estremecimiento angustioso le llevará en la agonía de Getsemaní a sudar sangre. Sin embargo Jesús acepta la voluntad del Padre, la hace suya, porque sabe que le ama y sólo su amor por los hombres le lleva a la entrega del Hijo, al que nunca dejará. Pedro, por el contrario rechaza la misma idea de sufrimiento y pasión. Así, después de haber confesado que es el Cristo, el Mesías de Dios, trata de apartar a Jesús de su pasión y es durante reprendido. Jesús le dice: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!» (Mt 16,23). Estas palabras no vienen en san Lucas, sino en san Mateo, pero en ambos evangelistas vienen las palabras de Jesús invitando a seguirle por el camino de la cruz.

La experiencia de la transfiguración no es, por eso mismo, una experiencia que queda oculta en la interioridad de Jesús, en su conciencia, sino que se manifiesta en la transformación que su rostro y sus vestidos experimentan, reflejando la gloria de Hijo de Dios. Jesús recibe la luz que ilumina su «éxodo», su salida hacia la ciudad santa de Jerusalén donde ha de consumar su ministerio. Jesús es iluminado por el Padre en la oración ante su próxima muerte, que debe consumarse en Jerusalén, la ciudad que mata a los profetas y «no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén» (Lc 13,33).

Los dos hombres que aparecen en la escena hablan con Jesús sobre esa partida hacia Jerusalén: son Moisés y Elías, que representan la Ley y los profetas. La ley de Moisés y las promesas mesiánicas de los profetas encuentran su cumplimiento pleno en Jesús. Moisés y Elías hablan con Jesús de su éxodo al Padre mediante su muerte en Jerusalén, su resurrección y su ascensión gloriosa. Jesús realizará la redención y salvación de los hombres a través de este éxodo que le llevará a la cruz y a la gloria de la resurrección. El suyo es un ministerio de muerte y resurrección que los discípulos no comprenden, y al que tendrán acceso sólo después de la resurrección de Jesús de entre los muertos. San Cirilo de Alejandría dirá que Moisés y Elías, la Ley y los profetas, manifestaban cómo la muerte y resurrección Jesús ponían de manifiesto el misterio de Cristo (San Cirilo de Alejandría, Comentario al evangelio de Lucas 51: Biblia comentada por los Padres: Nuevo Testamento 3, 230).

Es lo que comprenderían más tarde los apóstoles y discípulos. La transfiguración les ha abierto el entendimiento para comprender el camino que el designio del Padre había dispuesto para Jesús con miras a la salvación del mundo. La luz que iluminó el rostro de Jesús y sus vestidos eran la luz de su gloria. Que sucediera «al octavo día de la semana», después de la enseñanza de Jesús sobre el significado redentor de su muerte, es una alusión al «octavo día» de la semana, el día de la resurrección del Señor, el acontecimiento que da fundamento al domingo como día del Señor (dies Domini), en torno al cual gira toda la semana; como en torno al domingo de Pascua gira todo el año litúrgico.

La santificación del domingo es fundamental en la vida cristiana y así el domingo es el día de la asamblea litúrgica y de la celebración de la Eucaristía, donde el sacrificio de nuestra redención se hace presente en el altar. La práctica dominical es asimismo el eje de la espiritualidad sacramental cristiana. Todo el esfuerzo evangelizador tiende a la celebración eucarística, sacramento admirable que nos permite participar de la vida divina, meta y culmen de la acción evangelizadora de la Iglesia. La predicación y de la preparación catequística de los niños que se educan en la fe, igual que de los adultos que vienen mediante la conversión al catecumenado que les prepara para el Bautismo. De ahí la importancia tanto de ordenar bien la catequesis de la infancia y de la adolescencia, con miras a que los sacramentos de la iniciación cristiana  tengan  la consistencia que se supone da fundamento a la práctica ordinaria de la fe.

En la Eucaristía se hace presente el sacrificio que sustituye a los sacrificios de la alianza antigua y funda la nueva alianza en la sangre de Jesús. La primera lectura que hemos escuchado del libro del Génesis nos presenta el sacrificio de animales que fueron consumidos por el fuego que Dios mismo encendió para consumirlos y sellar con Abrán el pacto o alianza antigua, figura de lo que había de venir: el sacrificio de Jesús en su sangre como alianza nueva y eterna. La transfiguración abre la mente de los discípulos para prepararlos a comprender el alcance renovador del culto espiritual que Dios instituye en su Hijo entregado por nosotros. Por eso, la religiosidad y piedad popular no puede sustituir el culto de la alianza nueva, verdadero contenido de la liturgia eucarística. La piedad popular debe preparar y extender la realidad contenida en la acción litúrgica.

Este culto espiritual debe asimismo dar consistencia a la conducta del cristiano, cuya vocación a la santidad re realiza mediante la permanente configuración con Cristo. Son muchos —dice san Pablo a los Filipenses— los que «andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas» (Fil 3,18-19). La vida del cristiano no puede amoldarse a los criterios de una sociedad en la que priman los intereses materialistas y hedonistas: el tener a toda costa y sin miramientos morales de ningún género, el enriquecimiento fácil y sin escrúpulos, olvidando que el bienestar sólo puede ser resultado del esfuerzo y de la honradez de conducta. La corrupción, que tanto nos escandaliza, no es sólo cosa de unos pocos, sino de una sociedad que puede llegar incluso a envilecerse hasta su descomposición, si lo que quienes forman parte de ella no buscan sino tan sólo tener y tener más; y gozar del placer de los sentidos, prostituyendo el cuerpo, sacrificando a mediante la trata de personas, a aquellos a los que esta práctica criminal convierte en meros instrumentos de placer. El Papa Francisco viene denunciando con energía profética estas acciones incalificables.

Queridos hermanos y hermanas, hemos vivido unos días el encuentro entre el Pastor de la Iglesia diocesana y los miembros de la comunidad parroquial, en el marco de una visita pastoral que hoy termina y que, al mismo tiempo, prosigue. El Obispo vuelve siempre a la comunidad y ésta permanece en la comunión de la Iglesia diocesana en la cual se insertan todas las comunidades cristianas de nuestra Iglesia. Es misión del Pastor predicar la Palabra de vida, confirmar en la fe y presidir la celebración eucarística y administrar los sacramentos; vigilar la vida de cada comunidad diocesana, atender sus necesidades, alentar sus empresas apostólicas y la comunión de bienes, teniendo presentes a cuantos necesitan nuestra ayuda, a los enfermos y a los más pobres, a los inmigrantes extranjeros y a los refugiados.

Quiera el Señor que esta visita pastoral dé abundante frutos, que la comunidad se sienta confirmada en su fe y alentada en el testimonio cristiano que todos sus miembros han de dar justamente cuando la sociedad en su conjunto se va alejando de la comprensión de la vida que emerge del Evangelio de Cristo. Una comunidad parroquial debe dejar sentir la presencia viva de sus miembros en la sociedad en la cual se inserta y vive, sobre la cual debe influir mediante el testimonio, intentando que se renueve a la luz del Evangelio, que nos descubre el designio de Dios.

Manteneos unidos a vuestro párroco y responded a las llamadas a colaborar en todas las empresas parroquiales, abiertos a la Iglesia universal en la cual se inserta nuestra Iglesia diocesana como porción de la Iglesia universal en la cual es toda la Iglesia de Cristo la que se hace presente. La Iglesia universal que preside y gobierna en la caridad el Santo Padre Francisco, a la cual él da unidad y cohesión; del mismo modo que la Iglesia diocesana está presidida por el Obispo, eslabón que la une a la Iglesia universal. El Obispo como sucesor de los Apóstoles es miembro del colegio episcopal y donde él va, con él va también su Iglesia. Rogad por mí al Señor y a la Santísima Virgen, para que identificado con el Buen Pastor, que es sólo Cristo, pueda representarlo ante vosotros y serviros como él quiere que le hagamos presente.

El Obispo es el fundamento visible de la unidad de la Iglesia diocesana y por eso es el ministro por excelencia de la Eucaristía, sacramento que edifica la Iglesia; es el Obispo quien envía y da mandato a los sacerdotes de celebrar la Eucaristía, por eso se pide por el Obispo junto con el Papa en cada misa. Cuando resuene el nombre del Obispo en la Eucaristía acordaos de esto. Ahora vemos a unirnos al sacrificio de Cristo que se hace presente en el altar; pongamos cada uno cuanto somos y tenemos y dejemos que el Señor nos transfigure según el modelo que tenemos en Cristo, para que así nos vayamos preparando para la gran transfiguración de la humanidad redimida en la gloria del Resucitado. Que la Virgen María y san Antonio de Padua, vuestro patrón, intercedan por todos nosotros.

Iglesia parroquial de San Antonio de Padua

Almería, a 21 de febrero de 2016

                                            X Adolfo González Montes

                                                     Obispo de Almería

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