Lecturas bíblicas: Gn 1,1-31 y 2,1-2; 22,1-18; Ex 14,15-15,1+ [Cantico] 2-6.17-18; Is 54,5-14; 55,1-11; Sal 29,2.4-611-13; Ba 3,9-15.32-4,4; Sal 18,8-11; Ez 36,16-28; Rom 6,3-11; Lc 24,1-12

                       

Queridos sacerdotes y seminaristas;        

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos escuchado las lecturas que nos hablan de las gestas de Dios en favor de los hombres. Son los “mirabilia Dei”, los “hechos admirables” que Dios ha realizado por nosotros a lo largo de una historia de salvación, que alcanza la historia de la humanidad, aunque no se confunde con ella. La creación es la gran obra de Dios, que sacó el mundo de la nada, fruto de su amor, porque el amor es difusivo de sí mismo y no se repliega sobre sí mismo, sino que es entrega y donación, por eso Dios creó al hombre como interlocutor de su propio amor. Sin embargo, «la creación del mundo en el comienzo de los siglos no fue obra de mayor grandeza que el sacrificio pascual de Cristo en la plenitud de los tiempos» (Misal Romano: Oración de la eucología de la Vigilia Pascual).

El misterio pascual de Cristo lleva plenitud la revelación del amor por el cual Dios creó el mundo: el amor al hombre, al cual rescató del pecado y de la muerte eterna mediante el sacrificio de Cristo, ya prefigurado en el sacrificio de Isaac. De este modo el Creador, autor de la vida, anunciaba que en la muerte de su Hijo recuperaría la vida de quienes por el pecado se habían hecho reos de muerte. La gran misericordia de Dios con el mundo se manifestó en que Dios entregó a su Hijo «para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Por eso se pregunta san Pablo: «El que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?» (Rom 8,32).

La alianza de Dios con los patriarcas sería renovada en el Sinaí, con la promulgación de la Ley. Dios, que prometió a Abrahán que sería padre de un pueblo numeroso, convirtió a los israelitas nuestros padres el pueblo de su elección, al cual había librado de la esclavitud del Faraón, haciéndolos pasar el Mar Rojo y dándoles la celebración de la Pascua como memorial de la liberación de Egipto. Con gozo cantaron los israelitas el cántico de acción de gracias por aquella liberación que los puso a salvo tras el paso del Mar Rojo, en cuyas aguas sepultó a los egipcios:

«Cantemos al Señor, sublime es su victoria:

caballos y carros ha arrojado en el Mar.

Mi fuerza y mi poder es el Señor.

Él fue mi salvación» (Ex 15,1s).

Las aguas del Mar Rojo, en las que fueron sepultados el Faraón y los egipcios y de las que salieron a pie enjuto los israelitas, aguas de muerte y de vida, se convirtieron en figura de las aguas bautismales, en las que somos sepultados con Cristo en su muerte y renacidos a la nueva vida de la gracia

Una vez asentados en la tierra prometida, Dios fue llevando a su pueblo con la esperanza de la salvación, y mediante el mensaje de los profetas les hacía saber que su amor por el pueblo elegido se podía comparar al amor del esposo por su esposa, un amor redentor capaz de perdonar las infidelidades: «En un arrebato de ira te escondí un instante mi rostro, pero con misericordia eterna te quiero —dice el Señor, tu redentor» (Is 54,8). La imagen del amor de los esposos utilizada por los profetas anticipaba las nupcias de Cristo con la Iglesia, a las que se refiere san Pablo para iluminar el significado sacramental del matrimonio cristiano. De él dice el Apóstol: «Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia» (Ef 5,32).

 Dios, que por medio de los profetas reveló amor eterno por su pueblo, prometía el agua viva que manaría un día del costado abierto de su Hijo en la cruz. El agua viva que hace de los que creen en Cristo hijos de Dios, los cuales por medio del agua y del Espíritu Santo son convertidos en nueva criatura. Revestidos de Cristo, los neófitos son marcados con el sello del don del Espíritu Santo mediante la unción del sacramento de la Confirmación: el sello de la pertenencia de los bautizados a Cristo.

Los profetas llamaban a Israel a la fidelidad a la ley, garantía de la amistad de Dios y de su amor eterno, que dio a conocer a Israel lo que a Dios le agrada y en cuyo cumplimiento ha de consistir su verdadera dicha (cf. Ba 4,4). Ante la violación de la alianza y el incumplimiento de la ley, que es presentada como vida del hombre sobre la tierra, Dios promete inscribir la ley en sus corazones, cambiándoles el corazón de piedra por un corazón de carne; e infundiendo en ellos su Espíritu, para que puedan guardar los mandamientos y mantenerse como pueblo de Dios: «Vosotros seréis mi pueblo y yo será vuestro Dios» (Ez 36,28).

En esta noche de gracia, la Iglesia suplica de Dios misericordioso, que es la luz que brilla en Cristo resucitado como luz sin ocaso, simbólicamente representado por el Cirio pascual, que mire con bondad a su Iglesia. Suplica que, según su designio de salvación lleve a término la obra que comenzó con su pueblo para que por medio de la Iglesia, sacramento de salvación, todos alcancen la integridad perdida y la renovación que llega por las aguas bautismales y la unción del Espíritu.

Esta es una noche dichosa, como ha cantado el diácono en el Pregón pascual, porque sólo esta noche santa fue testigo de la resurrección de Cristo saliendo triunfante del sepulcro. Como enseña la Iglesia, sólo Dios conoce el modo de la resurrección y nadie puede decir cómo sucedió físicamente, pero siendo un acontecimiento trascendente no deja de ser al mismo tiempo un acontecimiento con efectos reales en la historia; porque la resurrección se dio a conocer por la señal del sepulcro vacío y por la realidad de los encuentros de los Apóstoles con Cristo resucitado, que los convirtió en testigos elegidos y cualificados por el Espíritu Santo, para dar a conocer al mundo el gran anuncio, del cualo fueron mensajeras primeras las santas mujeres: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Acordaos de los que os dijo estando todavía en Galilea: “El Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar”» (Lc 24,6-7).

El bautismo nos configura con la muerte y resurrección del Señor, por él hemos entrado en la comunidad de los redimidos, la comunidad eclesial y de los santos, que son permanentemente rescatados del pecado por el perdón y la gracia. Miembros del cuerpo de Cristo participamos de la vida divina al recibir el sacramento de la Eucaristía, plenitud de los sacramentos de la iniciación cristiana. Los catecúmenos vienen esta noche a formar parte de este cuerpo místico del Señor para insertarse en la vida de la Iglesia como medio de inserción en Cristo; y nosotros, los bautizados, renovamos nuestras promesas bautismales, porque en verdad «si nuestra existencia está unida a él (Cristo) en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya» (Rom 6,5).

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Vigilia del Sábado Santo

26 de marzo de 2016

                          X Adolfo González Montes

                                  Obispo de Almería

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