Lecturas bíblicas: Hech 10,14a.37-443; Sal 117, 1-2.16ab-17.22-23; 1 Cor 5,6b-8; Jn 20,1-9

         Queridos hermanos y hermanas:

         Hemos vivido el tiempo santo de la Cuaresma, que nos ha preparado para la celebración solemne del Triduo pascual, que hoy culminamos con esta solemne misa estacional del Domingo de Pascua. Los apóstoles se presentaron como testigos de la acción de Dios que ha cambiado la historia de los hombres, al resucitar a Cristo de entre los muertos. El misterio pascual de la muerte y resurrección de Cristo fue pregonado por los testigos de primera hora, para que nosotros hoy prosigamos el anuncio destinado a todas las generaciones, con conciencia clara de que nuestra fe está fundada sobre acontecimientos de salvación de los que Dios mismo es el protagonista.

Como enseña la Iglesia, el misterio pascual «no puede permanecer tan sólo como acontecimiento del pasado, porque por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así a todos los tiempos, y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1085).

         Vosotros, queridos cofrades, apoyados en la piedad popular, habéis puesto el mayor empeño en que la celebración de esta Semana Santa sea expresión pública de la fe profesada por la Iglesia en el misterio redentor de Cristo, para que nadie quede fuera del anuncio. Con vuestros desfiles procesionales habéis conseguido que, mediante la representación de las imágenes de la vía dolorosa y del escenario del Calvario, todos los que acuden a contemplar el paso de esta representación de la pasión y muerte de Cristo, se sientan interpelados por el mayor amor que el ser humano puede recibir: el amor que brota del corazón de Dios y revela su misericordia. En este Año Santo de la Misericordia, las imágenes de la pasión, muerte y resurrección de Cristo se hacen anuncio y misión, para atraer a todos a la fe en el Redentor del hombre, el enviado del Padre para devolverle al hombre pecador la vida perdida a causa del pecado.

Nunca se hubiera podido hacer realidad este anuncio, si la resurrección de Jesús no hubiera acontecido como hecho extraordinario e inesperado, aunque prometido en las figuras del Antiguo Testamento y predicho proféticamente por el mismo Señor. La incapacidad para leer las Escrituras de los apóstoles y discípulos, les impidió comprender «que el Cristo tenía que padecer eso para entrar así en su gloria» (Lc 24,26); y porque tenía que padecer y ellos no lo habían entendido, su falta de inteligencia de las Escrituras y del poder de Dios, que resucita a los muertos, les impidió esperar lo que cabía esperar de él, pues el Dios de  Abrahán, de Isaac y de Jacob «no es un Dios de muertos, sino de vivos» (Mc 12,27a). La fe en la resurrección futura tenía que haberles dado a entender las palabras de Jesús sobre su muerte y resurrección, pero se lo impedía la idea que tenían de un rey mesiánico, al cual no convenía en modo alguno la pasión y la muerte.

Fue precisamente la muerte ignominiosa de la cruz la que cegó su fe en él y quebró su esperanza, aunque no plenamente, ya que permanecieron unidos en el cenáculo intentando comprender unos acontecimientos que les sobrepasaban. En realidad no comprendían ni la idea de un Mesías destinado a la pasión y a la muerte, ni tampoco la idea misma de la resurrección. Frente a la cruda experiencia de la ejecución de Jesús en el madero de la cruz, los apóstoles y los discípulos necesitaron la experiencia sensible del Resucitado a través del sepulcro vacío y de las apariciones.

El evangelio de san Juan nos informa del descubrimiento del sepulcro vacío la mañana de la resurrección, el día tercero contando el de su ejecución y el mismo día de la resurrección. María Magdalena había pensado en un primer momento en lo más razonable desde el punto de vista de los acontecimientos  naturales, y por eso dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto» (Jn 20,2). Para el evangelista la fe en la resurrección no es resultado de un fenómeno meramente psíquico o interior, sino que la fe en la resurrección cuenta con ambos elementos la experiencia de la realidad y la deducción de la fe, que expresa mediante  la fórmula «ver y creer».

La fe en la resurrección no es creación del miedo o del temor, de la ilusión que había suscitado en ellos el proyecto del reino de Dios o la fascinación de la personalidad de Jesús como líder religioso o moral, sino que la fe se levanta como la más correcta interpretación de las cosas sucedidas. Por eso la enseñanza de la Iglesia que el discípulo al que Jesús tanto quería, que fue con Pedro a ver lo sucedido en el sepulcro de Jesús, al entrar en él y verlo vacío, y ver «las vendas en el suelo» (Jn 20,6), «vio y creyó» (Jn 20,9): «Esto supone que constató en el estado del sepulcro vacío que al ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro» (CCE, n. 640).

El sepulcro vacío se convierte en un signo que Dios ofrece a los discípulos de Jesús y requiere interpretación, y a ella llegan los discípulos al recibir el otro gran signo de la resurrección de Jesús que son las apariciones. Los encuentros con Jesús resucitado, que son las apariciomnes, impiden pensar que el anuncio que los apóstoles hicieron de  la resurrección de Jesús fue sólo resultado de una ilusión o de un deseo de sacar una empresa apostólica adelante. La fe en la resurrección tampoco fue el resultado, o meramente el resultado de “caer en la cuenta” de que lo sucedido a Jesús no había terminado con él. Muy por el contrario, fue resultado de una experiencia histórica que hizo posible el mismo Resucitado, haciéndose reconocer por ellos en unas apariciones que le dieron a experimentar a  los discípulos que Jesús resucitado era partícipe de la vida divina: «En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que san Pablo puede decir de Cristo que es el hombre celestial» (CCE, n.646).

Es el mismo san Pablo el que exhorta a los cristianos a celebrar la Pascua «no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad, sino con los panes ácimos de la sinceridad y de la verdad» (1 Cor 5,8). Vivamos, pues, la Pascua como quienes están convencidos de la resurrección de Jesús porque comprenden las Escrituras y saben que Cristo está vivo y lo saben por experiencia. Saben que Cristo, «una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte ya no tiene dominio sobre él. Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; más su vida es un vivir para Dios» (Rom 6,9bc-10).

Igual que la levadura hace fermentar el pan así los cristianos debemos ser la levadura del mundo, para que se transforme mediante la fe en la resurrección. Es el modo de celebrar la Pascua, reafirmando la fe en la resurrección y  proponiendo a Cristo a los hombres que viven sin esperanza de vida eterna, la vida plena y feliz que Dios dará a quienes participan de la fe en Cristo resucitado.

Salgamos con María el encuentro con Cristo resucitado, para que nuestra fe se afiance la experiencia de su presencia en la Iglesia y en cada uno de los creyentes, presencia que infunde un deseo de vida nueva libre de «la levadura de la corrupción y de la maldad» (1 Cor 5,8).

S.A. I. Catedral de la Encarnación

27 de marzo de 2016

Pascua de Resurrección

                              X Adolfo González Montes

                                   Obispo de Almería

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